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sábado, 17 de diciembre de 2011

EL PAPA, LA PEDOFILIA Y LA LUCHA DE CLASES

Estados Unidos
Sara Flounders : Escritora, periodista y activista social
(International Action Center – Wolkers World Party )
Hace más de 150 años , en El Manifiesto Comunista, Marx y Engels explicaron que toda la historia escrita de la humanidad ha sido una historia de lucha de clases: “ hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos…opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de la clase en pugna… La moderna sociedad burguesa que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha, por otras nuevas”
Ahora bien, el marxismo es una ciencia que explica los asuntos de la clase subyacentes a hechos sociales que parecen oscuros y alejados de la lucha inmediata a los trabajadores. Desde esta perspectiva, una lucha feroz ha amenazado a la iglesia católica durante los últimos 25 años, conforme algunos de los más oprimidos sobrevivientes de abusos sexuales durante su infancia iban exigiendo cada vez que se actuase contra sacerdotes individuales y, últimamente, contra la poderosa jerarquía eclesiástica , incluidos obispos y cardenales que de forma constante han protegido a los violadores. Esta exigencia de injusticia, surgida desde abajo, ha logrado lo impensable: sacar a la luz, el papel del papa actual, Benedicto XVI, en un monstruoso y punible encubrimiento internacional. La actual controversia , por mucho que se esconda tras vestimentas clericales, no deja de ser una lucha de clases en el interior de la iglesia católica. Se trata de una pequeña parte de la lucha de clases global que aspira a la plena igualdad de derechos y autoridad.
Lo que antes se aceptaba por que parecía no haber otro remedio, hoy se ha vuelto intolerable. Los miles de víctimas de abusos sexuales que hoy presentan cargos de pedofilia, eran leales creyentes de la clase obrera y del pueblo sin ningún poder hasta ahora (años después) para oponer resistencia o confesar a sus propias familias los delitos de los que fueron víctimas. Eran niños violados en hospicios, reformatorios, escuelas para sordomudos y discapacitados, escuelas parroquiales locales e iglesias. Este desafío desde abajo contra el secretismo y la represión, es una clara ruptura contra el pasado. El maltrato sexual había permanecido impune por que las autoridades religiosas eran impunes. En muchas escuelas parroquiales las violaciones eran clandestinas, pero los maltratos físicos y psicológicos y las humillaciones eran tan habituales que parecían formar parte de la norma.
Una vez que las víctimas supervivientes empezaron a hablar, los sacerdotes que se ponían de su parte fueron silenciados y excluido de las enseñanzas o de posiciones de poder. Pero la jerarquía eclesiástica, un pequeño grupo, que detenta absoluta autoridad religiosa, no ha logrado silenciar o detener este movimiento.
Prácticamente ninguna de las denuncias surgió del exterior o de autoridades laicas aprensivas de ofender a una institución tan poderosa, sino de individuos católicos sin ningún poder aparente en el interior de la iglesia que se negaron a seguir manteniendo silencio. Presentaron quejas, hicieron declaraciones y, por último, entablaron demandas judiciales, una tras otra. Dieron conferencias de prensa, iniciaron sitios en web, organizaron manifestaciones y grupos de apoyo , así como servicios religiosos dominicales en los que distribuían panfletos. Incluso si ellos mismos no se consideran parte integrante de la lucha mucho más amplia por los derechos y la dignidad, han utilizado muchas de las mismas tácticas que otra incontable lucha de clases.
La jerarquía eclesiástica empeñada en defender su incuestionable potestad, riqueza y privilegios ha exigido absoluto silencio, ha amenazado con excomunión a aquellos que presentasen cargos y exigiesen la intervención de las autoridades civiles. Este esfuerzo para mantener el control absoluto de los sacerdotes se enfrenta a una lucha interna mucho más amplia, que trata de esclarecer cuales son los intereses a los qyue esta poderosa institución religiosa debería supeditarse. El escándalo internacional que hoy conmociona a la iglesia incluye pruebas irrefutables de decenas de miles de casos de violaciones infantiles y maltratos sexuales cometidos por miles de sacerdotes. Los delitos denunciados ocurrieron durante décadas. La lucha más encarnizada empezó en ciudades que hasta ahora albergan a los creyentes más devotos de los ee.uu. De ahí pasó a Irlanda, luego a Italia y, más tarde a regiones de Alemania con nutridas poblaciones católicas. Lo novedoso, lo que ahora recibe un trato casi cotidiano en los medio9s, es la certeza de que Benedicto XVI ha sido personalmente responsable décadas de la ocultación , del encubrimiento y la reasignación sigilosa de los depredadores sexuales. Las condenas más enérgicas provienen de aquellos que todavía se consideran parte integrante de la Iglesia.
El teólogo católico HANS KÚNG ha descrito así el papel de Benedicto XVI en el auge, la ocultación y el silencio que rodeaba a las violaciones: “No había ni un solo hombre en toda la iglesia católica que supiese más de los casos de abusos sexuales que él, puesto que tales casos formaban parte de su labor oficial….lo que él no puede hacer es señalar con el dedo a los obispos y decirles que no hicieron lo suficiente. Fue el quién dio las instrucciones en calidad de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, luego volvió a darlas siendo Papa”
El 26 de Marzo del 2010, el National Catholic Reporter afirmaba editorialmente; “El Santo Padre tiene que responder directamente, en un foro creíble a las preguntas sobre cuál fue su responsabilidad como Arzobispo de Múnich (1977 – 1982) como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1982 – 2005) y, como papa ( desde 2005 hasta la actualidad) en la ineptitud con la que se ha manejado crisis de los abusos sexuales del Clero”.
Antes de su nombramiento al cargo máximo de la jerarquía católica en abril del 2005, Benedicto XVI era conocido como Cardenal Joseph Ratsinger. Sus adversarios se referían a él como “ el pitbull” y como el “ rottweiller de Dios”. Era por entonces un protegido de la extrema derecha del papa Juan Pablo II, quién lo nombró para que impusiese “disciplina, conformidad y autoridad” eclesiástica en una institución sumida en una profunda agitación . Durante 24 años Ratzinger presidio la institución más poderosa e históricamente represoras de la iglesia católica, la Congregación para la Doctrina de la Fe, entidad que durante siglos había sido conocida como el Santo Oficio de la Inquisición responsable del establecimiento de tribunales religiosos para la condena y tortura de decenas de miles de personas acusadas de brujería y herejía. La Inquisición dio lugar a persecuciones, encarcelamientos y expropiaciones masivas de judíos y musulmanes. A través de este Oficio en el interior de la iglesia , Juan Pablo trató de implantar una moderna Inquisición.
UN VASTO ENCUBRIMIENTO PERFECTAMENTE DOCUMENTADO
La escala de la criminal conspiración del silencio, destinada a proteger a delincuentes sexuales en serie y a poner los intereses de la iglesia por delante del bienestar y seguridad de los niños quedó perfectamente demostrada el año pasado con la manera en que se llevó el caso de abusos sexuales en Irlanda, un país mayoritariamente católico. Tras años de peticiones de víctimas de violación para que la iglesia tomase medidas y el gobierno juzgase a los responsables y, tras una serie de filtraciones en los medios irlandeses, el gobierno de Dublín comisionó un estudio que tardó nueve años en completarse. El 20 de mayo del 2009, la Comisión publicó un informe de 2,600 páginas que incluía el testimonio de miles de antiguos internos y de responsables de más de 250 instituciones controladas por la iglesia. La comisión encontró que tanto sacerdotes como monjas católicas habían aterrorizado a miles de niños y niñas durante décadas y que los inspectores del gobierno habían fracasado a la hora de cortar de raíz las palizas, las violaciones y las humillaciones crónicas cotidianas. El informe calificó las violaciones y los abusos sexuales de “endémicos” en las escuelas industriales y en los orfanatos católicos dirigidos por la iglesia de Irlanda. (www.childabusecommission.com/rpt/)
La magnitud de los abusos en Irlanda y la fuerza del movimiento que exigía su reconocimiento hicieron que Benedicto XVI se viese forzado a emitir una débil disculpa en nombre de la iglesia , en la cual culpó a los obispos irlandeses. Esta negativa a admitir la menor responsabilidad por su bien conocido proceder como dirigente ( ya que había insistido siempre en el silencio), encolerizó a millones de católicos sinceros y fervorosos , y los enardeció todavía más para asumir una oposición que ha estado creciendo en el interior de la iglesia durante décadas. En Sprinfields(Massachusetts), el reverendo James J. Scahill, criticó desde hace años el encubrimiento eclesiástico, respondió durante un sermón a la blanda disputa, calificando a algunos clérigos de “criminales” y pidiendo la dimisión del papa: “debemos de declarar personal y colectivamente que dudamos mucho de la veracidad del papay de aquellas autoridades eclesiásticas que están defendiéndolo o incluso compartiendo responsabilidades en su nombre. Empieza a ser evidente que , durante décadas sino siglos, los dirigentes de la iglesia han acultado los abusos sexuales de niños y menores para proteger su imagen institucional y la imagen del sacerdocio”( The NEW York Times, 12 de abril 2010).
Scahill añadió que había empezado a hablar claro después que sus propios feligreses le contaran los abusos sexuales que habían sufrido durante décadas en Boston y pidiesen que hiciera algo.
El Cardenal BERBARD LAW , de la Archidiócisis de Bostón, representó un destacado papel en la protección de sacerdotes implicados en abusos sexuales de niños para que no sufriesen castigo alguno ( ni religioso ni civil), trasladándolos a otro destino de forma sigilosa. Este hecho se convirtió en un escándalo nacional en el 2002, cuando un juez de Massachusetts permitió la liberación de miles de páginas de documentos, memorándum y declaraciones legales. Tales documentos mostraban una clara tendencia a la ocultación que protegía a los culpables y marginaba a las víctimas, al revelar que más de 1000 niños habían sufrido abusos sexuales por parte de 250 sacerdotes y trabajadores eclesiásticos en la archidiócisis desde 1940. El cardenal LAW fue obligado a dimitir de forma deshonrosa y la archidiócesis de Boston fue condenada a desembolsar entre 85 y 100 millones de dólares en compensación de 552 casos. Esta multimillonaria condena , el aumento de los escándalos en otras ciudades y la amplia cobertura mediática que tuvieron los hechos , forzaron a los obispos norteamericanos a publicar una “ Declaración para la protección de niños y jóvenes, en la cual se insinúa una política de tolerancia cero, con expulsión inmediata de los sacerdotes implicados tras un solo de tales actos. Pero dicha Declaración no propuso ninguna otra medida contra los obispos que habían encubierto los delitos .
El entonces Cardenal Ratzinger, desde el Vaticano , se negó incluso a poner en marcha este modesto esfuerzo de limpieza. En vez de ello, exigió que todas las acusaciones de abusos sexuales fuesen transferidas al oficio que presidía ( La Congregación para la Doctrina de la Fe), antes de que los curas fuesen expulsado del sacerdocio . Uno de los primeros actos como papa consistió en ascender al Cardenal de Boston , BERNARD LAW , A UN PUESTO DE PRESTIO EN EL VATICANO .
En una carta de infausta memoria que Ratsinger envió a los obispos en el 2001 y que suele citarse con profusión , utilizó su influencia para que las alegaciones de abusos sexuales se matuvieran en secreto bajo amenaza de excomunión. Los sacerdotes acusados de delitos sexuales y sus víctimas recibieron la orden de “mantener el más estricto secreto” y “ guardar perpetuo silencio”. El sacerdote Tom Doyle , antiguo abogado de Vaticano, denunció asi esta política de la cúpula exlesiástica: “se trata de una medida explícita de encubrimiento de casos de abusos sexuales infantiles por parte del clero y de castigo para quiénes divulguen este tipo de delitos cometidos por sacerdotes . Cada vez que se descubrían curas delincuentes, la respuesta no era investigar los casos y juzgarlos, sino transferirlos de un sitio a otro”. ( comentario breve: no hay duda que Ratsinger era de la estirpe de sadanápalo, atila, Pinochet, nerón, o montesinos y fujimori)
Nota: las negritas y los subrayados son nuestros, y han sido hecho para precisar la lectura, en muchas de ellas abominablemente asquerosa desde el punto de vista cristiano y moral).
El artículo No. 03 : ¿ Negligencia o complicidad criminal?

viernes, 16 de diciembre de 2011

BENEDICTO XV: ¿Crisis irreversible del catolicismo?

REVUISTA DOCENCIA. AÑO 2010. AGOSTO. NUMERO 33
De cultura y sociedad
Trasmitimos el magnifico artículo del venezolano
Por EDGAR E. QUINTERO .
Periodista y escritor ( Aporrea)
TITULO:
“La encrucijada actual de la iglesia Católica”:
Muchos estudiosos de los asuntos vaticanos, y algunos teólogos del catolicismo, previeron un pontificado muy difícil dentro de la iglesia des que Benedicto XVI fue elegido papa en abril de 2005. La razón de esas predicciones se basó en las posturas extremadamente ortodoxas y poco flexibles exhibidas por Ratzinger como cardenal y como Prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe. Según esos especialistas, según los especialistas él representa un modelo extremadamente conservador dentro de la iglesia. Representa a una iglesia apegada a criterios inamovibles y muy ortodoxos en la forma de manejar los asuntos del Vaticano y en el modo de interpretar las doctrinas eclesiales, opuestas en todo sentido a la iglesia renovadora, abierta y liberadora no solo desde el punto de vista de la “salvación espiritual de las almas, sino también desde la perspectiva de la inclusión de nuevas posturas y nuevos movimientos católicos nacidos a partir del modernismo y de la dinámica del mundo actual. Resulta hoy incuestionable que al interior del Vaticano existen dos corrientes distintas con respecto a como debe de ser la iglesia: una conservadora apegada a valores tradicionales muy poco cambiante que apoya el libre mercado y justifica el statu quo; y otra más abierta, proclive a interpretar la doctrina católica en términos de cambios que deben de relacionarse más con asuntos de justicia social y económica para los pueblos, es decir, que no ve la religión solo como un mecanismo necesario para la “salvación de las almas”, sino como una oportunidad para promover transformaciones sociales pacíficas que lleven a una sociedad más justa y equilibrada.
Actualmente, la iglesia católica está, sin lugar a dudas, rebasada frente al cúmulo de desajustes y desequilibrios sociales, económicos y espirituales tanto internos como en el mundo. Sus autoridades no tienen respuestas oportunas y apropiadas a esta realidad de cambios y problemas; su férrea ortodoxia les impide ver más allá de sus demostradas cortas percepciones, sus miedos a perder privilegios y preponderancia política les impiden ver y analizar adecuadamente el contexto y los escenarios que dinamizan, para bien o para mal, la actualidad internacional y su propia realidad interna, que está bastante deteriorada. La Iglesia Ortodoxa, tal y como la concibe Benedicto XVI y la actual realeza vaticana, es a todas luces autocrática y opresora . Impone una sumisión y un silencio que impiden la aplicación y el desarrollo del concepto de universalidad y lo remiten al simple ejercicio de la obediencia, ciega y sin réplica a la autoridad eclesial, lo cual dificulta la conformación de espacios donde se discutan abiertamente y a todo nivel los problemas éticos, sociales, económicos y políticos que afectan la existencia humana y a la iglesia misma. En el Vaticano están más preocupado por el aborto, matrimonios entre homosexuales y el uso de métodos anticonceptivos que por los millones de seres humanos que mueren anualmente víctimas del hambre, y la falta de facilidades, para la vida; les interesa más , por ejemplo: “ la independencia” de esa pequeña región llamada Tibet y las quejas del Dalai Lama sobre el supuesto atropello de los derechos humanos por aprte de China, que el genocidio real cometido por Israel en Gaza o los cientos de miles de muertos en Irak y Afganistan , fruto de una invasión amparada en la violación del Derecho Internacional y montada sobre una gran mentira por parte de los ee.uu y sus satélites europeos.
El Vaticano siempre ha sido parte importante del mecanismo mundial de dominación planetaria y mercantilista. La religión cristiana del “status”, nunca ha sido en lo más mínimo, contención alguna para evitar la actual realidad de injusticias, exclusión y pobreza que azota a la mayoría de los países del Tercer Mundo e incluso dentro de los países más ricos. Al contrario, a pesar de su retórica en supuesta “defensa de los valores cristianos”, estas realidades se han acentuado a nivel de irracionalidad, sin que exista una denuncia sincera y una lucha real para combatir la pobreza, la injusticia y la exclusión social, simplemente por que es sostenedora, multiplicadora y beneficiaria del sistema que la genera.
No solo estas posturas ortodoxas y estas cegueras conceptuales son causa importante de la muy recurrente crisis por la que atraviesa la iglesia católica. Hoy el Vaticano y el catolicismo enfrentan uno de los más severos conflictos de su existencia lo cual amenaza muy seriamente la preponderancia religiosa y política de esta organización. La causa central de esta última y continuada crisis es la impunidad de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y prelados católicos contra niños y niñas que asisten a la iglesia o están bajo su cuidado y amparo en varias instituciones del catolicismo alrededor del mundo.
Es tan grave la crisis actual que, para muchos, ya el catolicismo ha dejado de ser una alternativa espiritual liberadora para convertirse en una entelequia a la cual le es muy difícil( por no decir imposible) hacer coincidir los preceptos y la moralidad cristiana con las “particulares” posturas nada moralizantes de la cúpula vaticana y obispal. Existe una objetiva inmovilidad de acción para enfrentar las graves y reiteradas acusaciones de pedofilia y consecuente encubrimientos de esos delitos de parte de las más altas autoridades eclesiásticas en muchos países.
La contradicción para el catolicismo es que siempre se ha presentado como una guía moral indiscutible, depositaria( según la versión eclesiástica) de un legado sagrado heredado directamente del mismo Jesucristo. El problema se evidencia cuando ya no se puede seguir esgrimiendo ese legado para defender determinados `principios y valores, pues éstos han sido violentados por sus propios miembros de forma repetitiva sin que las autoridades eclesiales hayan puesto freno a tale crímenes que, por el contrario, han sido silenciado sistemáticamente, recibiendo sus autores una odiosa e insultante solidaridad automática.
En Alemania e Irlanda , por ejemplo, existen más de 500 denuncias recientes de abusos sexuales cometidos por clérigos católicos. Hasta el propio hermano del papa ha estado involucrado en abusos y castigos a niños y niñas. Mientras que surgen cada vez más denuncias. Tarcisio Bertone , Secretario de Estado del Vaticano, planteó frente a estos escándalos que “ alguien esta tratando de socavar la confianza de los jóvenes en la iglesia católica”. Esta infeliz conclusión del jerarca vaticano no hace sino ratificar la pérdida de rumbo en que se encuentra el catolicismo: ahora resulta que no son los pedófilos los que están propiciando con sus abominables actos el descalabro actual de la iglesia, sino “alguien”, que al parecer de forma planificadas esta tratando de descalificarla. Por su parte, el cardenal José Saravia Martin, asesor del papa, dijo periodistas italianos que “existe una conspiración en contra de la iglesia”, pero no indicó a los responsables de esta supuesta conjura. Resulta hasta infantil creer en esta excusa para tratar de esconder lo que casi todo el mundo sabe y supone. Otro prelado, el obispo de Tenerife Bernado Alvarez , declaró al Diario “ La Opinión”, respecto a los abusos sexuales de algunos clérigos : “puede haber menores que los consientan y de hecho , si los hay. Hay adolescentes de trece años que están perfectamente de acuerdo y además deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan. Esto de la sexualidades es algo más complejo de lo que parece” ( a esta altura de la lectura mi indignación es tal, que ese cura , representante de la doctrina de Cristo, no merece siguiera ni mentarle la madre ni desearle la muerte; es un gusano y a los gusanos hay que dejarlos vivir nada más)
Esta descalificación de las víctimas no hace sino enlodar aún más la credibilidad y la seriedad de las altas autoridades del catolicismo, que recurren a tan insultantes respuestas para defender lo que a todas luces no tiene defensa.
La impúdica ley del silencio y la sumisión prevaleciente en la iglesia parece estar llegando a su fin .

domingo, 13 de noviembre de 2011

¿ANTE QUÈ SE INDIGNAN “LOS INDIGNADOS”?

“¿Por qué se amotinan las gentes y los pueblos piensan cosas vanas?
Parafraseemos el texto bíblico que sirve como primera cita, utilizando eventos de última, y vayamos primero por los motines: En Londres la famosa catedral de San Pablo –hace tan solo semanas escenario de una “boda real” asistida por multitudes y televisada en todo el mundo, la cual costó millones de euros… y de lo cual nadie se quejó- se convierte en lugar de campamento de cientos de indignados que protestan por un lado contra los abusos del sistema bancario y por el otro exigen mejoras en el nivel de vida y el empleo; los manifestantes reunidos el pasado sábado 15 de octubre, unas tres mil personas en la plaza, portaron carteles donde expresaron tanto su descontento con entidades crediticias y la difícil situación económica como el hecho de que sus contribuciones al Estado que debe responderles no revierten como ellos desean. “Nosotros los contribuyentes somos los estafados", decía una de las pancartas.
En Madrid, los indignados más airados -los que provienen de los movimientos anti sistema- y sus simpatizantes se reúnen a decidir qué hacer con el Hotel Indignación, el edificio que ocuparon en Carretas en la madrugada del domingo 16 de Octubre, una oficina para la vivienda, una casa de realojo para desahuciados por el drama hipotecario. Además, está el ejemplo de Barcelona, en donde los indignados también ocuparon un edificio el cual ya aloja a varias familias de desahuciados.
Pasados los días, los amotinados no pierden su ánimo soñador: según el acta de la asamblea del pasado lunes 17 de Octubre, una interviniente propuso crear en el edificio de Carretas nada menos que "una Universidad Popular como alternativa al capitalismo imperante".
En México, D.F, tan solo 20 casas de campaña instaladas desde la noche del 15 de octubre, diminutas frente a la Bolsa Mexicana de Valores albergan a medio centenar de jóvenes, quienes buscan convertir su campamento en una revolución pacífica. Son los “indignados” mexicanos. Entre sus peticiones están la de instaurar un modelo económico diferente, más recursos para la educación y el cese de la actual estrategia contra el narco. Y en ello acompañan al profesor de la UAM Edur Velasco, quien desde una semana, y cinco kilos menos, está en huelga de hambre para exigir al Gobierno Federal que destine el 2 por ciento del PIB a las universidades públicas.
En Nueva York, el movimiento “Ocupa Wall Street” cumplió un mes el 17 de Octubre y lo celebraron en Twitter. “¡Cumplimos un mes! Es un milagro en sí mismo que hayamos durado tanto tiempo”, expresó en su cuenta el movimiento. El 17 de septiembre pasado, sin generar demasiada atención mediática, poco menos de un centenar de jóvenes estudiante decidieron ocupar un parque para presentar una lista inarticulada de quejas. La lista incluía la desigualdad, la corrupción, la discriminación, la pobreza y el quebrado sistema migratorio de Estados Unidos, entre otras.
Es suficiente mirar estas y otras ocurrencias ”anti sistema” de las últimas semanas en casi todo el mundo, incluyendo en ciudades de Latinoamérica para deslizarnos fluidamente a lo que viene a ser lo medular en el tema: Determinar si estas protestas provienen de un impulso revolucionario auténtico, y si constituyen la expresión de un deseo de cambio sustancial, con una propuesta de algo coherente, racional y por supuesto, que si funcione en bien de inmensas mayorías que por su condición de pobreza ni siquiera tienen el tiempo de amotinarse. Por ahora, es evidente que las protestas siguen insistiendo en lograr mejoras a través de los mismos métodos estatistas, los que nunca se podrán sostener sin el acusado mayor, el renegado culpable de estos motines: el “liberal capitalismo“. Vano pensamiento de los pueblos, creer que se puede sustentar lo uno sin lo otro, no darse cuenta de que ambos mutuamente alimentados son el resultado de un devenir de la estupidez de dejar de lado lo que es más importante: La verdad de la identidad humana y la manera cómo, en consecuencia, debe conducir sus eventos políticos y económicos. Vale anotar aquí que el Salmo 2 se ha escrito hace unos tres mil años.
Y es paradójico que las protestas se originan en el territorio originario del modernismo: occidente –antes y por 15 siglos Cristiano- ese “occidente” que hoy, a través de la tecnología y la globalización se expande y hace que fronteras antes imposibles de cruzar se disipen como niebla de la mañana. Berrinches de seres humanos frustrados porque no pueden alcanzar las metas que ese mundo moderno les ofreció, cual “Dorado” de hedonismo, un mundo que ha rechazado a Dios, a la dimensión espiritual y filosófica de la vida, y quienes no llegan a entender que los medios del modernismo son en sí una contradicción, y que sus propuestas materialistas y al mismo tiempo socializantes se cancelan unas a otras. Porque ni el capitalismo sin el impulso vital del progreso y bienestar general, ni el socialismo reciclado que ahora se aferra al Estado coercitivo pueden ser al mismo tiempo parte de las misma solución, y en realidad son tan sólo míseras versiones de lo que queda siempre al fondo de un mar de ideas puras que ha dejado de ser explorado.
Ya Alexander Solzhenitsin lo dijo en el zenit de su vida , el hombre moderno está muy ocupado en ganar un mundo. Pero en el proceso de acceder a más y más modernidad, y conocimiento sin más objetivos que el placer propio, ha realizado un canje de una perspectiva teísta cristiana –hasta ahora la mejor manera de concebir al hombre en toda su dignidad y no sólo como el sujeto y el objeto del consumo- de la vida al humanismo de hoy, y ha perdido en ello su esencia, la percepción de la naturaleza de su alma sedienta de trascendencia. Por ser en sí pluralistas, la modernidad falsa y el humanismo han traído confusión y caos, la pérdida de la pista que conduce a hallar lo que es esencial al hombre, y la manera como debe vivir.
Lo lamentable es que “Occidente” original, en ese proceso de perder de vista los principios que llevan a resultados, ha reemplazado los primeros por los últimos, poniendo al mundo en una carrera caprichosa y ciega hacia un vacío hedonismo. Desprovisto de verdades, de sustento a sus métodos, el mundo se indigna hoy ante el fraude. Pero no basta protestar, es necesario entender en que medida somos responsables
de resultados históricos, y de corregir posturas –aunque hayan sido las intocables ideas adoradas de la modernidad que se nos desmorona- que fueron concebidas unas por emergencia y otras por resentimiento, y por lo mismo, no responden a un concepto eterno del hombre y de la sociedad.
Finalmente, no se trata de retornar a ideas religiosas del pasado. La espiritualidad y la verdad hallada por la filosofía congruente no tienen que ver con legalismos ni ritualismos inadecuados al ser humano de hoy. Quienes son conscientes de esa esencia inmutable del hombre tienen la responsabilidad de alcanzar al hombre moderno, y dar una respuesta, aquí, ahora… aún en medio del amotinamiento, vale levantar la voz del pensamiento que no es vano.

Ana Roncal Villanueva.


Referencias:
(1) La Biblia. Salmo 2: 1. La similitud de las condiciones mundiales, provocadas en el continente europeo, no solo post-cristiano sino como ente organizado mediante la Unión Europea, abiertamente pluralista religiosa y aún cristofóbica, con el texto citado , proveen la línea de pensamiento para este artículo.
“¿Por qué se amotinan las gentes y los pueblos piensan cosas vanas?
Se levantarán lo reyes dela tierra y príncipes consultarán unidos
Contra Jehová y su Ungido, diciendo:
Rompamos sus ligaduras y echemos de nosotros sus cuerdas.
El que mora en los cielos se reirá;
El Señor se burlará de ellos”.
(2) www.prensa-latina.cu recuperado el 18.10.11
(3) www.elmundo.es recuperado el 18.10.11
(4) www.vanguardia.com.mx recuperado el 18.10.11
(5) www.eluniversal.com.mx recuperado el 18.10.11
(6) Solzhenitsin, Alexander. 2008. “Sin el hálito de Dios, el capitalismo y el socialismo son repulsivos”. Diario El Comercio. 15 de Agosto 2008

POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PERSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL

ZS11102503 - 25-10-2011
Permalink: http://www.zenit.org/article-40757?l=spanish


Nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz

CIUDAD DEL VATICANO, martes 25 octubre 2011 (ZENIT.org).- A continuación les ofrecemos el texto en español tomado de Radio Vaticano de la Nota del Consejo Pontificio Justicia y Paz de la que dimos amplia información este lunes.
* * * * *
Prólogo
«La presente situación del mundo exige una acción de conjunto que tenga como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados, “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido”».
Con estas palabras Pablo VI, en la profética y siempre actual Encíclica Populorum progressio de 1967, trazaba de manera límpida «las trayectorias» de la íntima relación de la Iglesia con el mundo: trayectorias que se cruzan en el valor profundo de la dignidad del ser humano y en la búsqueda del bien común, y que además hacen a los pueblos responsables y libres de actuar según sus más altas aspiraciones.
La crisis económica y financiera que está atravesando el mundo convoca a todos, personas y pueblos, a un profundo discernimiento sobre los principios y de los valores culturales y morales que son fundamentales para la convivencia social. Pero no sólo eso. La crisis compromete a los agentes privados y a las autoridades públicas competentes a nivel nacional, regional e internacional a una seria reflexión sobre las causas y sobre las soluciones de naturaleza política, económica y técnica.
En esta prospectiva, la crisis, enseña Benedicto XVI, «nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada, más que resignada».
Los líderes mismos del G20, en la declaración adoptada en Pittsburgh en el año 2009, han afirmado que “The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility”.
Recogiendo el llamamiento del Santo Padre y, al mismo tiempo, haciendo propias las preocupaciones de los pueblos – sobre todo de aquellos que en mayor medida sufren los efectos de la situación actual – el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, en el respeto de las competencias de las autoridades civiles y políticas, desea proponer y compartir la propia reflexión “Por a una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal”.
Esta reflexión desea ser una contribución a los responsables de la tierra y a todos los hombres de buena voluntad; un gesto de responsabilidad, no sólo respecto de las generaciones actuales, sino sobre todo hacia aquellas futuras, a fin de que no se pierda jamás la esperanza de un futuro mejor y la confianza en la dignidad y en la capacidad de bien de la persona humana.
Peter K. A. Card. Turkson † Mario Toso, SDB
Presidente Secretario

POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PERSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL
Premisa
Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partícipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así] a la voluntad de Dios».
1. Desarrollo económico y desigualdades.
La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las políticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones políticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economía mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.
En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un límite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.
Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo, hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un límite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.
Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habían otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economía.
A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los títulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.
Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Países en vías de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.
La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.
Mientras las crisis en los Países en vías de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los países más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008, se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economía y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remiten todavía la gran mayoría de los intercambios internacionales.
Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.
Las consecuencias sobre la denominada «economía real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Países desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en vías de desarrollo, es inmenso.
En Países y áreas donde se carece todavía de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.
El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.
Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Países y entre ellos. Mientras que algunos Países y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Países han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economía, e incluso han empeorado en su situación.
Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encíclica Populorum progressio. El Pontífice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».
A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocía, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.
Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economía mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.
¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?
Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideología, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teoría las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideología económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Países que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.
Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.
A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideología del liberalismo económico, la ideología utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legítimo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espíritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.
En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habían puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorías, que hoy se han transformado en ideologías y praxis dominantes a nivel internacional.
Un efecto devastante de estas ideologías, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.
Benedicto XVI, en su encíclica social, ha individuado de manera precisa la raíz de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economía, en efecto – observa el Pontífice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y políticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideología, la «ideología de la tecnocracia».
2. El rol de la técnica y el desafío ético.
El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economía y, en primer lugar, a las finanzas.
Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideología neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparían a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encíclica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideología de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales víctimas de la crisis.
También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoísmo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Países en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, político y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.
Por el reconocimiento de la primacía del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economía, los pueblos de la tierra deberían asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoísmo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberían, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».
Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II había puesto en guardia contra el peligro de «una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintonía con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.
3. El gobierno de la globalización.
En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encíclica Pacem in terris del 1963, él advertía ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, había disminuido la correspondencia entre la organización política a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un día, una «Autoridad pública mundial».
Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economía real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en día, aún más vital y digna de urgente concretización.
El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad política mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economía y en las políticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.
Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».
La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoísmo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economía real», en especial de los Países más débiles.
Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurídico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que debería ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Debería surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recíproca, la autonomía y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Países que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial debería, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.
La constitución de una Autoridad política mundial debería estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guía eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada País exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Países más desarrollados sobre los Países más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.
Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Países, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitaría la eficacia de la correspondiente Autoridad.
Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Países miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, políticas y jurídicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por políticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.
En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantía tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.
Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrínsecamente inadecuados o no logran hacer por sí mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.
«El gobierno de la globalización» - se lee en la Caritas in veritate - «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente». Sólo así se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correría el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podría fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.
Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearía que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas debería ser una mayor capacidad de adopción de políticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las políticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: políticas financieras y monetarias que no dañen los Países más débiles; políticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.
En el proceso de la constitución de una Autoridad política mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad política mundial. La constitución de una Autoridad política mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión política a interdependencias y cooperaciones preexistentes.
4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos.
En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economía y de las finanzas internacionales.
¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?
Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.
El segundo factor es la necesidad de un corpus mínimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economía real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.
En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.
Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la política económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Países más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Países menos desarrollados o emergentes.
La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Países ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economía y las finanzas globales, la responsabilidad de Países con una población más elevada, en vías de desarrollo y emergentes.
En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.
Los líderes mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economía global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las políticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».
Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo vías creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.
Una atención específica debería reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implícita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Países emergentes y en vías de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.
En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podría realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requeriría, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel político, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.
Estas medidas se deberían ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy día sería en vano tratar de prever.
En dicho proceso, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primacía de la política – responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.
En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,
a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alícuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición sería muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podría contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Países afectados por la crisis, así como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;
b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economía real»;
c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitiría una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de límites.
Un sano realismo requeriría el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.
El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.
Conclusiones
En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.
Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, político, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarío entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.
Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.
Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberanía al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y políticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.
Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tímidamente ya se está en curso, aseguraría a los ciudadanos de todos los Países – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así como dentro de cada Estado [...] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».
Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí solos.
Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westfaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberanías para el bien común de los pueblos.
Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economía, y el progreso de la tecnología trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.
La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.
En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espíritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».
En un mundo en vías de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.
La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehículo de egoísmo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoísmos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrínseca dignidad trascendente y su fraternidad.
El espíritu de Babel es la antítesis del Espíritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espíritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común.
[Traducción tomada de Radio Vaticana]
[©Libreria Editrice Vaticana]

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿QUIENES SON LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ Y CUALES SON SUS CREENCIAS?

La secta actualmente conocida como los Testigos de Jehová, comenzó en Pensilvania en 1870 como un estudio Bíblico iniciado por Charles Taze Russell quien nombró a su grupo “Millennial Dawn Bible Study”. (Estudio Bíblico del Amanecer Milenial). Charles T. Russel comenzó a escribir una serie de libros a los que llamó “The Millennial Dawn” (El Amanecer Milenial) y que se extendieron hasta seis volúmenes antes de su muerte, conteniendo mucha de la teología que los Testigos de Jehová siguen hasta hoy. Después de la muerte de Russel en 1916, el Juez J. F. Rutherford, amigo y sucesor de Russel, escribió el séptimo y último volumen de la serie El Amanecer Milenial, “The Finished Mystery” (El Misterio Consumado) en 1917. “The Watchtower Bible and Tract Society”(La Sociedad Bíblica del Atalaya) fue fundada en 1886 y rápidamente se convirtió en el vehículo a través del cual el movimiento “The Millennial Dawn” (El Amanecer Milenial) comenzó a compartir sus opiniones a otros. El grupo fue conocido como los “Russelitas” hasta 1931, cuando a causa de una división en la organización, fue renombrada como “Los Testigos de Jehová”. El grupo del cuál se separó, se conoce como los “Estudiantes de la Biblia.”
¿En qué creen los Testigos de Jehová?

Un minucioso escrutinio de su posición doctrinal en temas como la Deidad de Jesús, la Salvación, la Trinidad, el Espíritu Santo, la Expiación, etc., demuestra más allá de toda duda, que ellos no se ajustan a una posición cristiana ortodoxa sobre estos temas. Los Testigos de Jehová creen que Jesús es el arcángel Miguel, el más alto ser creado. Esto contradice muchas Escrituras, las cuales declaran que Jesús es Dios (Juan 1:1, 14; 8:58; 10:30; Romanos 9:5; Galatas 3:20; 1 Timoteo 3:16; Juan 14:9; Tito: 2:13). Así mismo, los Testigos de Jehová creen que la salvación se obtiene mediante una combinación de fe, buenas obras, y obediencia. Esto contradice innumerables Escrituras, las cuales declaran que la salvación se recibe por medio de la fe (Juan 3:16; Efesios 2:8-9; Tito 3:5; Galatas 2:16;21; Salmo 143:2; Romanos 3;20,22 ) Los Testigos de Jehová rechazan la Trinidad, creyendo que Jesús fue un ser creado, y que el Espíritu Santo es esencialmente el poder de Dios.(1 de Juan 5:7,8) Los Testigos de Jehová también mantienen una errada teoría sobre la expiación, en la cual la muerte de Jesús pagó únicamente por lo que la raza humana perdió cuando Adán pecó llamándolo, el derecho a la vida perfecta en la tierra. Por lo tanto, ellos creen en una combinación de fe más la realización de obras acordadas, donde el pecado y la muerte son generosamente expiadas por Cristo; pero la perfección física es alcanzada a través del esfuerzo personal, aparejada con la fe en Cristo.
¿Cómo justifican los Testigos de Jehová esas doctrinas anti-bíblicas?

(1) Ellos argumentan que a través de los siglos, la iglesia ha corrompido la Biblia, y (2) Ellos han re-traducido la Biblia en lo que ellos llaman La Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. “La Sociedad Bíblica del Atalaya” alteró el texto original de la Biblia para lograr que encajen sus falsas doctrinas , en vez de basar sus creencias en lo que la Biblia enseña. La Traducción del Nuevo Mundo ha pasado por numerosas ediciones, en la medida que los Testigos de Jehová descubren más y más Escrituras que contradicen sus doctrinas.
Los Testigos de Jehová ya han demostrado ser un culto que está muy vagamente basado en la Escritura.

El Atalaya basa sus creencias y doctrinas en las originales y expandidas enseñanzas de Charles Taze Russel, el juez Joseph Franklin Rutherford, y sus sucesores. El Cuerpo Gobernante de La Sociedad Bíblica del Atalaya (“Watchtower Bible and Tract Society”) es el único grupo en su organización que clama tener la autoridad para interpretar la Escritura. En otras palabras, lo que el Cuerpo Gobernante dice concerniente a cualquier pasaje de la Escritura, es visto como la última palabra, así que el pensamiento independiente es fuertemente desanimado. Esto es en directa oposición a la exhortación de Pablo a Timoteo (y a nosotros también) que estudie y se muestre aprobado ante Dios, como un obrero que no sea avergonzado, que utiliza correctamente la Palabra de Dios. Esta exhortación encontrada en 2 Timoteo 2:15, es una clara instrucción de Dios para cada uno de Sus hijos en el Cuerpo de Cristo, que sean como los Cristianos de Berea e investiguen en las Escrituras diariamente para ver si las cosas que les son enseñadas coinciden con lo que la Palabra de Dios dice al respecto.
Los Testigos de Jehová deben ser admirados por sus “esfuerzos evangelísticos”.

Probablemente no exista un grupo religioso que sea más fiel que los Testigos de Jehová en esparcir su mensaje. Desgraciadamente, el mensaje está lleno de decepcionantes distorsiones y falsa doctrina. Quiera Dios abrir los ojos de los Testigos de Jehová a la verdad del Evangelio y a la verdad de las enseñanzas de la Palabra de Dios; porque ellos adulteran y falsifican la palabra de Dios.
El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocera si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. (Juan 7: 15-17). Porque lo insensato de Dios es mas sabios que los hombres, y lo debil de Dios es mas fuerte que los hombres. Sino que lo necio del mundo escogio Dios, para avergonzar a los sabios, y lo debil del mundo escogio Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogio Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por el estaís vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios Sabiduría, Justificación, Santificación y Redención. (1 Corintios 1:25-30).
Que Dios Todopoderoso te de espíritu de Sabiduría, de Inteligencia, de Conocimiento y de discernimiento. Amén.

domingo, 30 de octubre de 2011

NUEVO ANTE PROYECTO DE REGLAMENTO DE LEY DE LIBERTAD RELIGIOSA

por: JesúsLavado
Octubre 28, 2011
De acuerdo al Comunicado del 17 de Octubre del 2011, de la Dirección Nacional de Asuntos Inter-Confesionales, despacho adscrito a la Dirección Nacional de Justicia del Ministerio de Justicia, se informa de manera implícita, la voluntad política de derogar el actual Reglamento de la Ley de Libertad Religiosa, el cual consagraba la desigualdad de trato entre el Estado con las entidades religiosas no-católicas, en el marco de su trato preferencial con la Iglesia Católica.
Cabe precisar, que el impulso de derogar dicho reglamento, se inicia en el espacio del Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP), en el marco de sus principios y misión institucional. Este proceso fue acompañado por otras confesiones religiosas no-católicas, quienes coincidieron en compartir esta preocupación y aspiración.
Como consecuencia a este conjunto de impulsos, el equipo de trabajo de la Dirección Nacional de Asuntos Inter-Confesionales (del actual gobierno) elaboró un nuevo Ante-Proyecto de Reglamento de la Ley de Libertad Religiosa, en donde -según ellos- atiende las observaciones planteadas por las entidades religiosas no-católicas (revisar Comunicado). Además, precisan que existe un plazo de 5 días útiles, a partir de su publicación en el diario oficial El Peruano para que las entidades y personas interesadas ofrezcan su opinión al respecto. El plazo referido, se inicia el día Viernes 28 de Octubre (hoy) y concluye el Viernes 4 de Noviembre del 2011.
Es necesario y urgente, que las entidades religiosas no-católicas analicen el texto con el objeto de ir afinando su contenido en el marco de un proceso conciliar; es decir, las entidades interesadas aborden a un consenso a fin de afirmar un proceso institucional inclusivo; con el objeto de no construir un reglamento sobre soluciones pragmáticas (toma y daca) y acuerdos de mayorías, que solo expresan, un desarrollo normativo que se aleja de los principios de la equidad y de la inclusión social.
Este ante-proyecto de reglamento, supera en mucho al actual reglamento; no obstante, no refleja la totalidad de aspiraciones de las confesiones religiosas no-católicas; lo que significa, que estamos próximos a un avance en la construcción social de la libertad religiosa en el marco de la diversidad de manifestaciones religiosas; este proceso, no implica, que haya empezado la construcción de la igualdad religiosa, tanto en la dimensión privada como en la dimensión colectiva de quienes confiesan una religión distinta a la católica; este, es un asunto que seguirá pendiente en la agenda nacional, mientras subsista el Art.50 de la Constitución Política del Perú (actual).

lunes, 17 de octubre de 2011

Albert Benjamin Simpson

WEB EN PERÚ
http://www.iacymperu-cdn.org/miembros_regiones.html#


Alberto Benjamín Simpson nació en la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá) el 15 de diciembre de 1843 y fallecido el 29 de octubre de 1919. Fue dedicado al Señor mediante las oraciones de John Geddie, el pastor de la familia, quien fuera él mismo, más tarde, un gran misionero conocido por su labor en las islas Nuevas Hébridas, en el Pacífico Sur, y también por ser el fundador de la Alianza Cristiana y Misionera.
BIOGRAFÍA
En 1847, la familia Simpson se trasladó a la provincia de Ontario, donde adquirieron una granja. Allí, Alberto recibió la influencia espiritual de la estricta tradición calvinista y puritana de la Iglesia Presbiteriana Escocesa, influencia que fue balanceada por la lectura de la obra de Walter Marshall acerca del Misterio Evangélico de la Salvación, la que llevó a este joven de 15 años a comprender los conceptos de salvación y de santificación de cristianos.




Al terminar sus estudios escolares, hizo clases durante un tiempo, con el fin de reunir el dinero necesario para poder matricularse en el Colegio Knox de la Universidad de Toronto, graduándose a los 21 años, luego de lo cual fue recibido como pastor de la Iglesia Presbiteriana de Knox, en Hamilton, Ontario. A la edad de 32 años, en diciembre de 1875, Simpson fue llamado a ocupar el púlpito de la mayor iglesia presbiteriana de Louisville, Kentucky, la iglesia presbiteriana de la calle Chestnut.




Allí se embarcó en un esfuerzo evangelístico a nivel de toda la ciudad, que le sirvió para apreciar la trascendencia del ministerio evangelístico. Al cabo de cinco años allí, su atención fue atraída por las masas de inmigrantes recién llegados a la ciudad de Nueva York, fundando una misión junto a las puertas de la Iglesia Presbiteriana de la Calle Trece, donde, después da haber llevado hasta el Señor una cantidad de más o menos 100 inmigrantes italianos, la congregación le sugirió que buscara otra parte para proseguir este ministerio.




En consecuencia, Simpson, dandose cuenta que Dios lo llamaba a un "ministerio diferente", dejó su cargo para dedicarse de lleno a su labor con las masas de Nueva York. Producto de ello ahora las congregaciones protestantes han surgido con el nombre de Alianza Cristiana Y Misionera, que se ha expandido en latinoamérica y ha conseguido gran cantidad de seguidores.
BIBLIOGRAFÍA
Hartzfeld, David F., y Charles Nienkirchen, eds., The Birth of a Vision, (Beaverlodge, Alberta: Buena Books, 1986). Una exposición sobre varios aspectos importantes de la visión y escritos de Simpson.
Nienkirchen, Charles W., A.B. Simpson and the Pentecostal Movement, (Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1992).
Pardington, George, Twenty-five Wonderful Years 1889-1914, (New York: Christian Alliance, 1914). Es el relato oficial de los primeros 25 años de existencia de la Alianza. (No está en prensa)
Thompson, A.E., A. B. Simpson, His Life and Work. Christian Publications. (No está en prensa)
Tozer, A.W., Wingspread, (Harrisburg, Christian Publications, 1943). Una lectura de la vida, época y ministerio de Simpson.

HACIA UNA CRISTOLOGÍA DE LA SOLIDARIDAD

Escrito el 16 octubre 2011 por Juan Stam

Sobre Juan Stam
Costarricense, Doctor en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Por muchos años fue profesor del Seminario Bíblico Latinoamericano (hoy UBL), de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica, y de otras instituciones teológicas en San José. Es autor de muchos artículos y varios libros, en especial, el comentario a Apocalipsis de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano

Introducción
En la teología sistemática, mayormente bajo el capítulo de Soteriología (doctrina de la salvación), se suele incluir el tema de “nuestra identificación con Cristo” y también, de unos con otros en el cuerpo de Cristo. Escritores devocionales lo describen como nuestra “unión mística” con Dios en Cristo. En estas charlas, queremos interpretar esa “identificación” y “unión” con el término más contemporáneo de “solidaridad”. Lo estudiaremos en torno a tres de los momentos principales de la Cristología: la encarnación, crucifixión y resurrección del Hijo de Dios.
Por un lado, vamos a afirmar que la persona y la obra salvífica de Jesucristo tienen importantes implicaciones para nuestra vida y compromiso hoy. Cuando los grandes momentos cristológicos se entienden como solidaridad, se convierten en exigencias de solidaridad para nosotros hoy en América Latina.
Por otro lado, trataremos de demostrar que esos tres momentos se entienden mejor desde la perspectiva de la solidaridad. De hecho, la cruz no se entiende, o se entiende mal, sin este enfoque decisivo. La encarnación y la resurrección también (como igualmente el Pentecostés) encuentran su sentido más profundo cuando se interpretan como actos de solidaridad.
En otras palabras, la Cristología nos ayuda a entender la solidaridad, y la solidaridad nos ayuda, y mucho, a entender la Cristología.

I. La Encarnación como motivo y modelo de solidaridad
(Jn 1:14)
El prólogo del cuarto evangelio se mueve sobre tres ejes: “el Verbo era Dios” (1:1), “el Verbo fue hecho carne” (1:14), y “el Hijo unigénito… nos lo ha dado a conocer” (1:18). El pasaje plantea la encarnación del Verbo como la máxima revelación de Dios; conocemos al Dios invisible en una vida de carne y hueso. En las palabras de Heb 1:1-2, Dios culminó su proceso de auto-revelación cuando “nos habló en hijo” (elalêsen hêmin en huiô).
Juan 1:14 es un texto sumamente denso, en que cada palabra concentra una gran riqueza de significado. La frase medular reza, “Y el Verbo fue hecho carne” (kai ho logos sarx egeneto). Lo primero que llama la atención es la paradójica yuxtaposición del sujeto logos (quien es Dios según 1:1-4) y el verbo egeneto, que implica “devenir”, “hacerse”, cuando supuestamente Dios debe ser inmutable (según las categorías de la filosofía griega y la teología sistemática). En este acto de encarnación comienza la solidaridad de Jesucristo con nosotros. Del mundo eterno del “puro ser” (como lo conciben los teólogos), al que correspondería el verbo eimi pero no ginomai, el Verbo entró en las dialécticas del proceso histórico. Quizá podríamos decir que en su encarnación el Verbo “se contradice a sí mismo”, para inmiscuirse en nuestro mundo del “devenir”. Cambia su eternidad supuestamente estática por nuestro mundo dinámico de constante cambio. Filosíficamente, diríamos que optó por Heráclito contra Parmenides.
La encarnación del Verbo eterno fue el acto de solidaridad por excelencia, fundamento de toda la Cristología y clave para su entendimiento. Al tomar nuestra “carne” (fragilidad humana; ser-carente-de, ser-para-la muerte), Cristo se identificó incondicionalmente con nuestra condición humana en toda su vulnerabilidad. También se identificó con nuestra condición de criaturas y con la creación misma. Aquel por quien todas las cosas fueron hechas (1:2-3, egeneto), pues el mundo fue hecho por él (1:10 egeneto), también “fue hecho” (1.14 egeneto), el mismo, creación y “criatura” (feto prenatal y bebé en los procesos normales de crecimiento; Lc 2:40,52; cf. 1:0).
En esa vida humana — tan humana como la nuestra, pero sin pecado y por eso más humana — el Verbo-hecho-carne nos dió la máxima revelación de Dios (Jn 1:18; cf. Heb 1:1-2). El Verbo no sólo asumió nuestra carne sino también “habitó entre nosotros” (1:14), “tomó residencia en la tierra” y vivió en la más dolorosa y peligrosa cercanía con nosotros y con nuestro pecado. Y de esa manera “visibilizó” a Dios (“y vimos”) ante nuestros ojos. Un Verbo es invisible, como lo es Dios mismo (1:18), pero en su radical identificación con nosotros, Jesús volvió visible al Invisible. En eso ejemplificó el ejemplo del valor de una vida encarnada en solidaridad.
Hay varios otros textos que señalan a estas “mutaciones” del Verbo divino. Cristo, “siendo por naturaleza Dios, … se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo (doulos), y haciéndose semejante a los seres humanos … ” (Fil 2:6-8: se identificó con la humanidad y con todos los humillados de la tierra); “siendo rico, se hizo pobre (II Cor 8:9: se identificó, en su encarnación y su estilo de vida, con la clase pobre); “Dios lo hizo pecado por nosotros” (II Cor 5:21, huper hêmôn hamartian epoiêsen; se identificó aun con nuestro pecado y su consecuencia, la muerte).
Por la Virgen María el Verbo se unió plena e incondicionalmente con nuestra humanidad, y por el Espíritu Santo nosotros y nosotras somos incorporados en un solo cuerpo en esa humanidad solidaria del Encarnado. Nuestra incorporación en Cristo por la fe crea toda una nueva realidad de solidaridad. Por eso San Pablo tiene tanta predilección por la frase en Cristô y por los verbos con sun (“con”) de prefijo, a veces aparentemente acuñados por el mismo. Hemos sido co-crucificados con Cristo (Gal 2:20), co-sepultados (Rom 6:4,5; Col 2:12), co-resucitados y co-sentados con él en lugares celestiales (Col 2:13; 3:1; Ef 2:6) y co-viviremos con él (Rom 6:8). Somos co-herederos con él, y si co-sufrimos con él, también co-reinaremos con él (Rom 8:17; Fil 3.10; Apoc 20:4). Todo eso habla de la solidaridad que él ha creado con nosotros, y de nosotros con él.
Por otra parte, como consecuencia de su encarnación y solidaridad, Cristo ha hecho de su pueblo un solo cuerpo que practica entre sí la misma solidaridad con que él se identificó con nosotros. Aquí también abundan los verbos con el prefijo sun. Entre muchos tenemos: en Cristo estamos co-articulados en un solo cuerpo (Ef 2:21; 4:16). Como tal co-combatimos (Fil 1:27) y co-luchamos en oración (Rom 15:30, sunagonizô); co-actuamos (1 Cor 16:16) y nos co-ayudamos (2 Cor 1:11). Estamos unidos para co-morir y co-vivir (2 Cor 7:3) y co-reinaremos juntamente (1 Cor 4:8). En esa solidaridad del cuerpo de Cristo, cuando un miembro sufre, a todos los miembros les duele, y cuando un miembro recibe honra, todos se llenan de gozo (I Cor 12:26). En esa solidaridad, no caben las rivalidades.
No podríamos encontrar expresiones más enfáticas de la solidaridad. Y todo procede de la solidaria encarnación del Verbo.

II. La solidaridad como sentido más profundo de la Cruz
(2 Cor 5:21; Gal 3:13)[1]
Con razón dijo Pablo que la cruz es una locura y un escándalo (1 Cor 1:18-23); si su “irracionalidad” no nos escandaliza, no hemos comenzado a entender su significado. La tradicional teoría de “substitución” (yo debo dinero en el almacén pero un amigo lo paga en mi lugar; estoy preso bajo sentencia de muerte, pero un amigo me visita en la celda, cambiamos de ropa, yo salgo libre y el amigo muere en mi lugar) es una simplificación que traiciona los datos bíblicos, y hace de la muerte de Jesús una crasa injusticia (Camus, Bernard Shaw, Domenic Crossan). La muerte de Cristo no puede entenderse como una transacción externa y objetiva, una especie de intercambio o trueque.
Sin pretender “explicar” la cruz, dos puntos importantes pueden por lo menos comenzar a aclarar su sentido. Primero, nunca debemos olvidar que en el plano humano e histórico, la muerte de Jesús en la cruz no fue un mero episodio desconectado de toda su vida sino que fue la consecuencia inevitable de su manera de ser y de vivir. Polemizaba osadamente con los líderes y toda la “buena gente”, y defendía a los que eran “mala gente” ante los ojos de la sociedad. Comenzó la semana final de su vida con una marcha pública, seguida por un violento acto de protesta en el mismo templo. Su manera de ser y su conducta eran insoportables para las autoridades. Así entendido, lo mataron por subversivo.
La segunda pista, que ayuda aun más, nos la proporciona Juan Calvino, junto con otros. Calvino introduce el tercer libro de Institución de la religión cristiana, precisamente sobre la salvación, con un párrafo muy importante:
Ante todo hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, no nos aprovecha en lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado “nuestra Cabeza” y “primogénito entre muchos hermanos”; y de nosotros se afirma que somos “injertados en Él” (Rom 8.29; 11. 17; Gál 3.27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una cosa con Él (Calvino Inst 3.1).
Interesantemente, fue sólo en la última edición de su magnum opus que Calvino introdujo este fuerte énfasis sobre la identificación solidaria de Cristo con nosotros como clave a su obra redentora.[2] Parece que le fascinó tanto el tema, que acuñó una serie muy rica de expresiones latinas al respecto (“nostrae cum Deo coniunctionis” 3.6.2; “cum ipse in unum coalescimos” 3.1.1; “in Christi participatione” 3.16.1; Cristo “se nobis agglutinavit societatem” 3.2.24 etc.). Para Calvino, el Cristo que nos justifica y redime no es un “Christus extra nos” sino que nos redime en “la más íntima coalescencia” con nosotros (3.11.10), en un “sagrado matrimonio” (3.1.3 “sacrum coniugium“) entre él y nosotros. No debemos considerar a Cristo “como separado de nosotros” (procul stantem) sino “más bien habitando en nosotros” (3.2.24). Por la ” habitatio Christi in cordibus nostris” (3.11.10) compartimos “vita in consortio” (3.8.1; cf. 3.6.5). Esta relación es una especie de amalgama aglutinada, en que el Espíritu Santo es el “vinculum” (3.1.1). “Incorporados nosotros a su cuerpo, nos hace partícipes, no solamente de sus bienes, sino incluso de sí mismo” (3.2.24).
Todo eso puede entenderse como lo que hoy llamamos “solidaridad”. Cristo se hizo carne y uña con nosotros, e hizo a nosotros carne y uña con él. Puede verse como una especie de “trasplante total”. Cristo tomó nuestro pecado porque nos tomó a nosotros dentro de sí y entró él dentro de nosotros, en un mismo cuerpo solidario. El fue más que un “representante”, y mucho más que un “sustituto”. Su solidaridad llegó a tal grado de identificación, que sería más fácil para dos gemelos siameses separarse que para él separarse de nosotros.[3]
Jesucristo maniféstó y practicó esta solidaridad en su nacimiento, en su estilo de vida y en su muerte:
Cuando el Verbo fue hecho carne, identificándose así con toda nuestra fragilidad, pasó también, como todos nosotros, sus nueve meses como feto pre-natal. Es más, fue concebido en el vientre de una madre soltera, lo que a los y las vecinos seguramente no les parecía un milagro sino un escándalo. Por eso después sus enemigos se lo echaron en la cara diciendo, “nosotros no hemos nacido de fornicación” (Jn 8:41), y posteriormente algunos rabinos lo llamaban “el bastardo de Nazaret”. Al octavo día Jesús fue circuncidado (sin duda sangraba, como cualquier niño) y después sus padres ofrecieron dos tórtolas para la purificación del niño y su madre (Lc 2:21-23; el padre no tenía culpa en el asunto y no necesitaba purificación). Como joven Jesús tuvo ciertos roces con sus padres (Lc 2:48-49) y trabajó unos dieciocho años de carpintero como uno más de la clase obrera. Al iniciar su ministerio, se sometió al humillante “bautismo de arrepentimiento” de Juan el Bautista, “para cumplir toda justicia”. Aunque él no tenía pecados de que arrepentirse, en esto también se identificó con nosotros los pecadores para nuestra redención (“toda justicia”).
En su conducta y su estilo de vida también Jesús se identificaba con los pecadores; los fariseos le condenaban por ser amigo de pecadores (Lc 15:1-2; 5:29-32; 7:33-39). Extendió su mano a tocar a los enfermos, los leprosos y los muertos, lo que le contaminaba ceremonialmente y le incapacitaba para entrar al templo. Era amigo de la “mala gente” por lo que fue mal visto por la “buena gente”. Fue tierno y compasivo con los pecadores, pero muy severo con los hipócritas; agresivo e insultante; hasta afirmó que los publicanos y las prostitutas entrarían al reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21:31). En todo eso, ante los sacerdotes y maestros de la ley, él fue “hecho pecado” por vía de su solidaridad inseparable con pecadores.
Esa clase de solidaridad con los marginados y los desvalidos de la sociedad nunca está bien visto por los poderosos. Para nada sorprende que muy temprano comenzaron a confabular para matarlo. Y mucho menos cuando se dejaba llamar “Rey de los judíos”, defendía siempre a las víctimas del sistema, entró en la ciudad capital en una marcha triunfal y trastornó el sucio comercio de los poderosos en la misma casa de Yahvé, denunciándoles a ellos por convertir el templo en una cueva de ladrones. Toda esa solidaridad profética le granjeó la muerte. La cruz fue instrumento de ejecución pública de los enemigos del sistema. Fue el precio de su solidaridad con nosotros, en servicio osado al Reino de Dios y su justicia.
Finalmente, la misma muerte fue la expresión definitiva de esa solidaridad que comenzó con su nacimiento. Al asumir la condición humana, lo hizo incondicionalmente, sin reservas en su solidaridad (“Acepto nacer y vivir en carne, pero no morir, porque soy Dios y Dios no muere, mucho menos puedo hacerme pecado y maldición”. ¿Cómo es posible eso para Dios mismo?) Ahí podemos ver la locura y el escándalo de la cruz.
Pero en Cristo la cruz tiene también su lógica, y es la lógica de la solidaridad incondicional. Humanamente hablando, esa muerte violenta fue la consecuencia lógica e inevitable de una vida que los poderosos jamás iban a tolerar. Pero evangélicamente hablando, Cristo hizo suyos nuestros pecados para hacer nuestra su justicia; hizo suya nuestra muerte, para liberarnos de ella. Cristo fue desamparado por su propio Padre (de nuevo, lo incomprensible para el entendimiento humano; “¡Dios desamparado por Dios! ¿Cómo puede ser?”, exclamó Lutero. “No lo puedo entender”). Pero él fue desamparado por su Padre, para que nosotros nunca lo seamos. Y en esa muerte solidaria, “Dios mostró su justicia, para que él [Dios] sea justo y el que justifica a los injustos”, con los que se ha solidarizado (cf. Rom 3:25-26).
“Oh Cristo”, dijo Lutero, “Yo soy tu pecado, y tu eres mi justicia” (2 Cor 5:21). Y eso, no por alguna transacción externa y abstracta, sino por su solidaridad hasta las últimas consecuencias. “Fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8). Habiéndonos amado, nos amó hasta el fin (Jn 13:1).

La Resurrección como reafirmación de la solidaridad
(Lucas 24:13-49)
En la teología de la resurrección volvemos a encontrar lo inadecuado de una explicación meramente forense, externa y transaccional, o la clásica teoría de “satisfacción” (teoría “comercial” de Anselmo). Si Cristo ya había expiado toda la culpa del pecado y ya había pagado en pleno todo el precio de nuestra redención, ¿qué papel le queda a la resurrección en ese plan salvífico? ¿Por qué no ascendió directamente a la diestra de Dios, en vez de pasar cuarenta días más en la tierra (según nos narra Lucas)? Y aun más, si Cristo ya nos ha redimido plenamente, ¿para qué la resurrección corporal nuestra en vez de un traslado espiritual del alma al cielo?
Una parte importante de la respuesta a estas preguntas será precisamente la solidaridad de Jesucristo con nuestra humanidad.
En primer lugar la resurrección fue una nueva afirmación de la carne, del valor de nuestra condición física y su lugar decisivo en el plan salvífico de Dios para nosotros. En cierto sentido, sin negar la continuidad del Resucitado con el Crucificado y la identidad de ambos en la persona de Jesús, la resurrección puede considerarse como una especie de “segunda encarnación”. Habiéndonos redimido por su muerte en la cruz, Jesús opta, por decirlo así, por tomar de nuevo nuestra carne y solidarizarse con nuestra corporalidad, pero ahora liberada y glorificada. Por eso Lucas insiste en que Jesús comía, caminaba y conversaba. Por eso también el credo apostólico habla con todo acierto de “la resurrección de la carne” (no sólo “del cuerpo”)… Eso significa hoy un compromiso cristiano con el cuerpo, con la carne, en tiempos cuando se ha hecho común la tortura y la mutilación de los cadáveres de los asesinados. Por eso también deben preocuparnos no sólo los muertos en guerra sino también todos los heridos y lisiados, que llevan en sus cuerpos, de por vida, las llagas del nefasto militarismo de nuestro tiempo. Esto debe significar también un compromiso con la salud pública, la buena alimentación para todos, y la lucha contra la pobreza.
En segundo lugar, la resurrección de Jesús fue una nueva afirmación de la vida. En su obra redentora, Cristo no sólo logró el perdón de nuestros pecados sino también venció para siempre la muerte. “Oh Cristo”, reza un antiguo himno alemán, “muerte de mi muerte, vida de mi vida”. “En él estaba la vida” (Jn 1:3), y su resurrección significó su compromiso con ella, frente a la muerte, hasta las últimas consecuencias. Él vino para darnos vida, y vida en abundancia (Jn 10:10), y ratificó ese compromiso con su resurrección. Por eso, porque en Cristo la vida venció a la muerte, los y las cristianos debemos dar nuestro mayor esfuerzo para que todos y todas disfrutan de esa vida abundante, en todas sus dimensiones (vivienda, alimentación, educación, dignidad, y esperanza en Jesucristo como su Salvador). Y por eso, debemos ser “forjadores de la paz” (Mt 5:9) contra las fuerzas de muerte, guerra y opresión que nos rodean.
La resurrección de Cristo significa también su compromiso con lo humano. Llama la atención que, según los relatos evangélicos, el Cristo Resucitado no tenía nada de apariencia angelical. María lo confundió con el jardinero, los discipulos lo confundieron con otro pescador (ambos de la clase obrera), y los caminantes a Emaús lo toman por un extranjero que no sabía nada de lo que había pasado. En ese relato, también, Lucas revela un sentido de humor, sutil y simpático, en el Jesús Resucitado que caminaba con ellos: su inocente “¿Qué cosas? Cuéntenme, por favor” (Lucas 24:19), la conversación que sigue en que ellos narran al mismo Jesús lo que a él le había pasado, como si él no lo supiera, y las palabras finales de ellos, “pero a él no le vieron” (24:24), cuando ellos mismos están viendo a Jesús con sus propios ojos.[4]
Gracias a Dios, la resurrección no nos va a convertir en ángeles sino en seres humanos auténticos. Igual que el Primogénito de los resucitado, no seremos menos humanos; seremos plenamente humanos, aun más humanos que nunca. Y Lucas nos permite entender que no perderemos ese precioso don que es el sentido de humor. Podemos estar seguros de que en el Reino de Dios también contaremos chistes, con alegría perfecta e infinita.
La resurrección de Jesús inaugura también el proceso hacia la nueva tierra, y como tal significa un compromiso con lo terrenal. Cristo resucitado tuvo dos pies para caminar tras los caminantes a Emaús y aclanzarlos en el camino, pero nadie puede caminar sin tierra, aunque tenga pies. ¿Por qué insistimos en alegorizar las calles de la Nueva Jerusalén, en la nueva tierra? En la primera página de la Biblia, Dios crea la tierra y la declara buena. En el segundo relato de la creación, lo primero que Dios da a Adán es tierra, un huerto para cultivar. Cristo proclamó que los mansos heredarán la tierra (Mt 5:5); la gran liturgía en el cielo anuncia que reinaremos con Cristo sobre la tierra (Ap 5:10). La resurrección de Cristo, precursora de la nueva creación, nos obliga ahora a comprometernos con el medio ambiente, la justa distribución de la tierra, y la adoración al Creador como momento obligado en nuestra liturgia (Ap 4:4,6,11; 5:13).
La resurreción nos llama a un compromiso con el futuro, un compromiso con la esperanza. Desde que Cristo resucitó, su Reino es invencible y nada es imposible. Su resurrección nos asegura que un mundo diferente es posible, ahora en medida relativa y sentido penúltimo, y finalmente en la plenitud de su reino. Los que dicen que “todas las cosas permanecen así desde el principio de la creación” son los burladores incrédulos (2 Pedro 3:3-4), no los que están identificados con Cristo en la solidaridad de su resurrección. Al contrario, nuestro Dios es el que hace nuevas todas las cosas (Apoc 21:5), hoy, mañana y siempre. Creer en la resurrección significa solidarizarnos con Dios en Cristo, en su proyecto de transformación radical del mundo.

Conclusión
La identificación incondicional de Jesucristo con nosotros (solidaridad) es clave pare entender la Cristología, y la Cristología, bien entendida, es una poderosa motivación a la solidaridad.
En su encarnación, Jesús asumió nuestra humanidad corporal, nos hizo un solo cuerpo, y nos llama a ser también solidarios como fue y es él.
En su cruz, la solidaridad de Cristo fue hasta el extremo, hasta hacer suyos nuestro pecado y muerte.
En su resurreción, Cristo reafirmó su solidaridad con la corporalidad, la vida y la esperanza.
Bendición franciscana

Que Dios te bendiga con la inconformidad
frente a las respuestas fáciles, las medias verdades,
las relaciones superficiales,
para que seas capaz de profundizar dentro de tu corazón.
Que Dios te bendiga con la ira,
frente a la injusticia, la opresión y la explotación de la gente,
para que puedas trabajar por la justicia, la libertad y la paz.
Que Dios te bendiga con lágrimas,
para derramarlas por aquellos que sufren dolor,
rechazo, hambre y guerra,
para que seas capaz de extender tu mano, reconfortarlos
y convertir su dolor en alegría.
Y que Dios te bendiga con suficiente locura,
para creer que tu puedes hacer una diferencia en este mundo,
para que tu puedas hacer lo que otros proclaman que es imposible.
NOTAS

[1] La traducción de 2 Cor 5:21 en la Nueva Versión Internacional, “Dios lo trató como pecador”, queda corto del sentido del texto griego, huper hêmôn hamartian epoiêsen; “por nosotros lo hizo pecado”.
[2] El primer capítulo del Libro III (3.1) es completamente nuevo en la edición de 1559, como es también el lugar definitivo asignado a la unión con Cristo en todo el tercer libro (Barth, Church Dogmatics, IV/3: 552-3).
[3] Sin duda estas formulaciones pueden prestarse para exageraciones o malos entendidos, pero captamos mejor su fuerza y su profundo sentido, según Calvino mismo, si lo sobreformulamos.
[4] ) Sobre este pasaje, véase Stam, Profecía bíblica y misión de la iglesia (Quito: CLAI, 2001), pp. 42-44