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domingo, 30 de octubre de 2011

NUEVO ANTE PROYECTO DE REGLAMENTO DE LEY DE LIBERTAD RELIGIOSA

por: JesúsLavado
Octubre 28, 2011
De acuerdo al Comunicado del 17 de Octubre del 2011, de la Dirección Nacional de Asuntos Inter-Confesionales, despacho adscrito a la Dirección Nacional de Justicia del Ministerio de Justicia, se informa de manera implícita, la voluntad política de derogar el actual Reglamento de la Ley de Libertad Religiosa, el cual consagraba la desigualdad de trato entre el Estado con las entidades religiosas no-católicas, en el marco de su trato preferencial con la Iglesia Católica.
Cabe precisar, que el impulso de derogar dicho reglamento, se inicia en el espacio del Concilio Nacional Evangélico del Perú (CONEP), en el marco de sus principios y misión institucional. Este proceso fue acompañado por otras confesiones religiosas no-católicas, quienes coincidieron en compartir esta preocupación y aspiración.
Como consecuencia a este conjunto de impulsos, el equipo de trabajo de la Dirección Nacional de Asuntos Inter-Confesionales (del actual gobierno) elaboró un nuevo Ante-Proyecto de Reglamento de la Ley de Libertad Religiosa, en donde -según ellos- atiende las observaciones planteadas por las entidades religiosas no-católicas (revisar Comunicado). Además, precisan que existe un plazo de 5 días útiles, a partir de su publicación en el diario oficial El Peruano para que las entidades y personas interesadas ofrezcan su opinión al respecto. El plazo referido, se inicia el día Viernes 28 de Octubre (hoy) y concluye el Viernes 4 de Noviembre del 2011.
Es necesario y urgente, que las entidades religiosas no-católicas analicen el texto con el objeto de ir afinando su contenido en el marco de un proceso conciliar; es decir, las entidades interesadas aborden a un consenso a fin de afirmar un proceso institucional inclusivo; con el objeto de no construir un reglamento sobre soluciones pragmáticas (toma y daca) y acuerdos de mayorías, que solo expresan, un desarrollo normativo que se aleja de los principios de la equidad y de la inclusión social.
Este ante-proyecto de reglamento, supera en mucho al actual reglamento; no obstante, no refleja la totalidad de aspiraciones de las confesiones religiosas no-católicas; lo que significa, que estamos próximos a un avance en la construcción social de la libertad religiosa en el marco de la diversidad de manifestaciones religiosas; este proceso, no implica, que haya empezado la construcción de la igualdad religiosa, tanto en la dimensión privada como en la dimensión colectiva de quienes confiesan una religión distinta a la católica; este, es un asunto que seguirá pendiente en la agenda nacional, mientras subsista el Art.50 de la Constitución Política del Perú (actual).

lunes, 17 de octubre de 2011

Albert Benjamin Simpson

WEB EN PERÚ
http://www.iacymperu-cdn.org/miembros_regiones.html#


Alberto Benjamín Simpson nació en la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá) el 15 de diciembre de 1843 y fallecido el 29 de octubre de 1919. Fue dedicado al Señor mediante las oraciones de John Geddie, el pastor de la familia, quien fuera él mismo, más tarde, un gran misionero conocido por su labor en las islas Nuevas Hébridas, en el Pacífico Sur, y también por ser el fundador de la Alianza Cristiana y Misionera.
BIOGRAFÍA
En 1847, la familia Simpson se trasladó a la provincia de Ontario, donde adquirieron una granja. Allí, Alberto recibió la influencia espiritual de la estricta tradición calvinista y puritana de la Iglesia Presbiteriana Escocesa, influencia que fue balanceada por la lectura de la obra de Walter Marshall acerca del Misterio Evangélico de la Salvación, la que llevó a este joven de 15 años a comprender los conceptos de salvación y de santificación de cristianos.




Al terminar sus estudios escolares, hizo clases durante un tiempo, con el fin de reunir el dinero necesario para poder matricularse en el Colegio Knox de la Universidad de Toronto, graduándose a los 21 años, luego de lo cual fue recibido como pastor de la Iglesia Presbiteriana de Knox, en Hamilton, Ontario. A la edad de 32 años, en diciembre de 1875, Simpson fue llamado a ocupar el púlpito de la mayor iglesia presbiteriana de Louisville, Kentucky, la iglesia presbiteriana de la calle Chestnut.




Allí se embarcó en un esfuerzo evangelístico a nivel de toda la ciudad, que le sirvió para apreciar la trascendencia del ministerio evangelístico. Al cabo de cinco años allí, su atención fue atraída por las masas de inmigrantes recién llegados a la ciudad de Nueva York, fundando una misión junto a las puertas de la Iglesia Presbiteriana de la Calle Trece, donde, después da haber llevado hasta el Señor una cantidad de más o menos 100 inmigrantes italianos, la congregación le sugirió que buscara otra parte para proseguir este ministerio.




En consecuencia, Simpson, dandose cuenta que Dios lo llamaba a un "ministerio diferente", dejó su cargo para dedicarse de lleno a su labor con las masas de Nueva York. Producto de ello ahora las congregaciones protestantes han surgido con el nombre de Alianza Cristiana Y Misionera, que se ha expandido en latinoamérica y ha conseguido gran cantidad de seguidores.
BIBLIOGRAFÍA
Hartzfeld, David F., y Charles Nienkirchen, eds., The Birth of a Vision, (Beaverlodge, Alberta: Buena Books, 1986). Una exposición sobre varios aspectos importantes de la visión y escritos de Simpson.
Nienkirchen, Charles W., A.B. Simpson and the Pentecostal Movement, (Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1992).
Pardington, George, Twenty-five Wonderful Years 1889-1914, (New York: Christian Alliance, 1914). Es el relato oficial de los primeros 25 años de existencia de la Alianza. (No está en prensa)
Thompson, A.E., A. B. Simpson, His Life and Work. Christian Publications. (No está en prensa)
Tozer, A.W., Wingspread, (Harrisburg, Christian Publications, 1943). Una lectura de la vida, época y ministerio de Simpson.

HACIA UNA CRISTOLOGÍA DE LA SOLIDARIDAD

Escrito el 16 octubre 2011 por Juan Stam

Sobre Juan Stam
Costarricense, Doctor en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Por muchos años fue profesor del Seminario Bíblico Latinoamericano (hoy UBL), de la Universidad Nacional Autónoma de Costa Rica, y de otras instituciones teológicas en San José. Es autor de muchos artículos y varios libros, en especial, el comentario a Apocalipsis de la serie Comentario Bíblico Iberoamericano

Introducción
En la teología sistemática, mayormente bajo el capítulo de Soteriología (doctrina de la salvación), se suele incluir el tema de “nuestra identificación con Cristo” y también, de unos con otros en el cuerpo de Cristo. Escritores devocionales lo describen como nuestra “unión mística” con Dios en Cristo. En estas charlas, queremos interpretar esa “identificación” y “unión” con el término más contemporáneo de “solidaridad”. Lo estudiaremos en torno a tres de los momentos principales de la Cristología: la encarnación, crucifixión y resurrección del Hijo de Dios.
Por un lado, vamos a afirmar que la persona y la obra salvífica de Jesucristo tienen importantes implicaciones para nuestra vida y compromiso hoy. Cuando los grandes momentos cristológicos se entienden como solidaridad, se convierten en exigencias de solidaridad para nosotros hoy en América Latina.
Por otro lado, trataremos de demostrar que esos tres momentos se entienden mejor desde la perspectiva de la solidaridad. De hecho, la cruz no se entiende, o se entiende mal, sin este enfoque decisivo. La encarnación y la resurrección también (como igualmente el Pentecostés) encuentran su sentido más profundo cuando se interpretan como actos de solidaridad.
En otras palabras, la Cristología nos ayuda a entender la solidaridad, y la solidaridad nos ayuda, y mucho, a entender la Cristología.

I. La Encarnación como motivo y modelo de solidaridad
(Jn 1:14)
El prólogo del cuarto evangelio se mueve sobre tres ejes: “el Verbo era Dios” (1:1), “el Verbo fue hecho carne” (1:14), y “el Hijo unigénito… nos lo ha dado a conocer” (1:18). El pasaje plantea la encarnación del Verbo como la máxima revelación de Dios; conocemos al Dios invisible en una vida de carne y hueso. En las palabras de Heb 1:1-2, Dios culminó su proceso de auto-revelación cuando “nos habló en hijo” (elalêsen hêmin en huiô).
Juan 1:14 es un texto sumamente denso, en que cada palabra concentra una gran riqueza de significado. La frase medular reza, “Y el Verbo fue hecho carne” (kai ho logos sarx egeneto). Lo primero que llama la atención es la paradójica yuxtaposición del sujeto logos (quien es Dios según 1:1-4) y el verbo egeneto, que implica “devenir”, “hacerse”, cuando supuestamente Dios debe ser inmutable (según las categorías de la filosofía griega y la teología sistemática). En este acto de encarnación comienza la solidaridad de Jesucristo con nosotros. Del mundo eterno del “puro ser” (como lo conciben los teólogos), al que correspondería el verbo eimi pero no ginomai, el Verbo entró en las dialécticas del proceso histórico. Quizá podríamos decir que en su encarnación el Verbo “se contradice a sí mismo”, para inmiscuirse en nuestro mundo del “devenir”. Cambia su eternidad supuestamente estática por nuestro mundo dinámico de constante cambio. Filosíficamente, diríamos que optó por Heráclito contra Parmenides.
La encarnación del Verbo eterno fue el acto de solidaridad por excelencia, fundamento de toda la Cristología y clave para su entendimiento. Al tomar nuestra “carne” (fragilidad humana; ser-carente-de, ser-para-la muerte), Cristo se identificó incondicionalmente con nuestra condición humana en toda su vulnerabilidad. También se identificó con nuestra condición de criaturas y con la creación misma. Aquel por quien todas las cosas fueron hechas (1:2-3, egeneto), pues el mundo fue hecho por él (1:10 egeneto), también “fue hecho” (1.14 egeneto), el mismo, creación y “criatura” (feto prenatal y bebé en los procesos normales de crecimiento; Lc 2:40,52; cf. 1:0).
En esa vida humana — tan humana como la nuestra, pero sin pecado y por eso más humana — el Verbo-hecho-carne nos dió la máxima revelación de Dios (Jn 1:18; cf. Heb 1:1-2). El Verbo no sólo asumió nuestra carne sino también “habitó entre nosotros” (1:14), “tomó residencia en la tierra” y vivió en la más dolorosa y peligrosa cercanía con nosotros y con nuestro pecado. Y de esa manera “visibilizó” a Dios (“y vimos”) ante nuestros ojos. Un Verbo es invisible, como lo es Dios mismo (1:18), pero en su radical identificación con nosotros, Jesús volvió visible al Invisible. En eso ejemplificó el ejemplo del valor de una vida encarnada en solidaridad.
Hay varios otros textos que señalan a estas “mutaciones” del Verbo divino. Cristo, “siendo por naturaleza Dios, … se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo (doulos), y haciéndose semejante a los seres humanos … ” (Fil 2:6-8: se identificó con la humanidad y con todos los humillados de la tierra); “siendo rico, se hizo pobre (II Cor 8:9: se identificó, en su encarnación y su estilo de vida, con la clase pobre); “Dios lo hizo pecado por nosotros” (II Cor 5:21, huper hêmôn hamartian epoiêsen; se identificó aun con nuestro pecado y su consecuencia, la muerte).
Por la Virgen María el Verbo se unió plena e incondicionalmente con nuestra humanidad, y por el Espíritu Santo nosotros y nosotras somos incorporados en un solo cuerpo en esa humanidad solidaria del Encarnado. Nuestra incorporación en Cristo por la fe crea toda una nueva realidad de solidaridad. Por eso San Pablo tiene tanta predilección por la frase en Cristô y por los verbos con sun (“con”) de prefijo, a veces aparentemente acuñados por el mismo. Hemos sido co-crucificados con Cristo (Gal 2:20), co-sepultados (Rom 6:4,5; Col 2:12), co-resucitados y co-sentados con él en lugares celestiales (Col 2:13; 3:1; Ef 2:6) y co-viviremos con él (Rom 6:8). Somos co-herederos con él, y si co-sufrimos con él, también co-reinaremos con él (Rom 8:17; Fil 3.10; Apoc 20:4). Todo eso habla de la solidaridad que él ha creado con nosotros, y de nosotros con él.
Por otra parte, como consecuencia de su encarnación y solidaridad, Cristo ha hecho de su pueblo un solo cuerpo que practica entre sí la misma solidaridad con que él se identificó con nosotros. Aquí también abundan los verbos con el prefijo sun. Entre muchos tenemos: en Cristo estamos co-articulados en un solo cuerpo (Ef 2:21; 4:16). Como tal co-combatimos (Fil 1:27) y co-luchamos en oración (Rom 15:30, sunagonizô); co-actuamos (1 Cor 16:16) y nos co-ayudamos (2 Cor 1:11). Estamos unidos para co-morir y co-vivir (2 Cor 7:3) y co-reinaremos juntamente (1 Cor 4:8). En esa solidaridad del cuerpo de Cristo, cuando un miembro sufre, a todos los miembros les duele, y cuando un miembro recibe honra, todos se llenan de gozo (I Cor 12:26). En esa solidaridad, no caben las rivalidades.
No podríamos encontrar expresiones más enfáticas de la solidaridad. Y todo procede de la solidaria encarnación del Verbo.

II. La solidaridad como sentido más profundo de la Cruz
(2 Cor 5:21; Gal 3:13)[1]
Con razón dijo Pablo que la cruz es una locura y un escándalo (1 Cor 1:18-23); si su “irracionalidad” no nos escandaliza, no hemos comenzado a entender su significado. La tradicional teoría de “substitución” (yo debo dinero en el almacén pero un amigo lo paga en mi lugar; estoy preso bajo sentencia de muerte, pero un amigo me visita en la celda, cambiamos de ropa, yo salgo libre y el amigo muere en mi lugar) es una simplificación que traiciona los datos bíblicos, y hace de la muerte de Jesús una crasa injusticia (Camus, Bernard Shaw, Domenic Crossan). La muerte de Cristo no puede entenderse como una transacción externa y objetiva, una especie de intercambio o trueque.
Sin pretender “explicar” la cruz, dos puntos importantes pueden por lo menos comenzar a aclarar su sentido. Primero, nunca debemos olvidar que en el plano humano e histórico, la muerte de Jesús en la cruz no fue un mero episodio desconectado de toda su vida sino que fue la consecuencia inevitable de su manera de ser y de vivir. Polemizaba osadamente con los líderes y toda la “buena gente”, y defendía a los que eran “mala gente” ante los ojos de la sociedad. Comenzó la semana final de su vida con una marcha pública, seguida por un violento acto de protesta en el mismo templo. Su manera de ser y su conducta eran insoportables para las autoridades. Así entendido, lo mataron por subversivo.
La segunda pista, que ayuda aun más, nos la proporciona Juan Calvino, junto con otros. Calvino introduce el tercer libro de Institución de la religión cristiana, precisamente sobre la salvación, con un párrafo muy importante:
Ante todo hay que notar que mientras Cristo está lejos de nosotros y nosotros permanecemos apartados de él, todo cuanto padeció e hizo por la redención del humano linaje no nos sirve de nada, no nos aprovecha en lo más mínimo. Por tanto, para que pueda comunicarnos los bienes que recibió del Padre, es preciso que Él se haga nuestro y habite en nosotros. Por esta razón es llamado “nuestra Cabeza” y “primogénito entre muchos hermanos”; y de nosotros se afirma que somos “injertados en Él” (Rom 8.29; 11. 17; Gál 3.27); porque, según he dicho, ninguna de cuantas cosas posee nos pertenecen ni tenemos que ver con ellas, mientras no somos hechos una cosa con Él (Calvino Inst 3.1).
Interesantemente, fue sólo en la última edición de su magnum opus que Calvino introdujo este fuerte énfasis sobre la identificación solidaria de Cristo con nosotros como clave a su obra redentora.[2] Parece que le fascinó tanto el tema, que acuñó una serie muy rica de expresiones latinas al respecto (“nostrae cum Deo coniunctionis” 3.6.2; “cum ipse in unum coalescimos” 3.1.1; “in Christi participatione” 3.16.1; Cristo “se nobis agglutinavit societatem” 3.2.24 etc.). Para Calvino, el Cristo que nos justifica y redime no es un “Christus extra nos” sino que nos redime en “la más íntima coalescencia” con nosotros (3.11.10), en un “sagrado matrimonio” (3.1.3 “sacrum coniugium“) entre él y nosotros. No debemos considerar a Cristo “como separado de nosotros” (procul stantem) sino “más bien habitando en nosotros” (3.2.24). Por la ” habitatio Christi in cordibus nostris” (3.11.10) compartimos “vita in consortio” (3.8.1; cf. 3.6.5). Esta relación es una especie de amalgama aglutinada, en que el Espíritu Santo es el “vinculum” (3.1.1). “Incorporados nosotros a su cuerpo, nos hace partícipes, no solamente de sus bienes, sino incluso de sí mismo” (3.2.24).
Todo eso puede entenderse como lo que hoy llamamos “solidaridad”. Cristo se hizo carne y uña con nosotros, e hizo a nosotros carne y uña con él. Puede verse como una especie de “trasplante total”. Cristo tomó nuestro pecado porque nos tomó a nosotros dentro de sí y entró él dentro de nosotros, en un mismo cuerpo solidario. El fue más que un “representante”, y mucho más que un “sustituto”. Su solidaridad llegó a tal grado de identificación, que sería más fácil para dos gemelos siameses separarse que para él separarse de nosotros.[3]
Jesucristo maniféstó y practicó esta solidaridad en su nacimiento, en su estilo de vida y en su muerte:
Cuando el Verbo fue hecho carne, identificándose así con toda nuestra fragilidad, pasó también, como todos nosotros, sus nueve meses como feto pre-natal. Es más, fue concebido en el vientre de una madre soltera, lo que a los y las vecinos seguramente no les parecía un milagro sino un escándalo. Por eso después sus enemigos se lo echaron en la cara diciendo, “nosotros no hemos nacido de fornicación” (Jn 8:41), y posteriormente algunos rabinos lo llamaban “el bastardo de Nazaret”. Al octavo día Jesús fue circuncidado (sin duda sangraba, como cualquier niño) y después sus padres ofrecieron dos tórtolas para la purificación del niño y su madre (Lc 2:21-23; el padre no tenía culpa en el asunto y no necesitaba purificación). Como joven Jesús tuvo ciertos roces con sus padres (Lc 2:48-49) y trabajó unos dieciocho años de carpintero como uno más de la clase obrera. Al iniciar su ministerio, se sometió al humillante “bautismo de arrepentimiento” de Juan el Bautista, “para cumplir toda justicia”. Aunque él no tenía pecados de que arrepentirse, en esto también se identificó con nosotros los pecadores para nuestra redención (“toda justicia”).
En su conducta y su estilo de vida también Jesús se identificaba con los pecadores; los fariseos le condenaban por ser amigo de pecadores (Lc 15:1-2; 5:29-32; 7:33-39). Extendió su mano a tocar a los enfermos, los leprosos y los muertos, lo que le contaminaba ceremonialmente y le incapacitaba para entrar al templo. Era amigo de la “mala gente” por lo que fue mal visto por la “buena gente”. Fue tierno y compasivo con los pecadores, pero muy severo con los hipócritas; agresivo e insultante; hasta afirmó que los publicanos y las prostitutas entrarían al reino de Dios antes que los fariseos (Mt 21:31). En todo eso, ante los sacerdotes y maestros de la ley, él fue “hecho pecado” por vía de su solidaridad inseparable con pecadores.
Esa clase de solidaridad con los marginados y los desvalidos de la sociedad nunca está bien visto por los poderosos. Para nada sorprende que muy temprano comenzaron a confabular para matarlo. Y mucho menos cuando se dejaba llamar “Rey de los judíos”, defendía siempre a las víctimas del sistema, entró en la ciudad capital en una marcha triunfal y trastornó el sucio comercio de los poderosos en la misma casa de Yahvé, denunciándoles a ellos por convertir el templo en una cueva de ladrones. Toda esa solidaridad profética le granjeó la muerte. La cruz fue instrumento de ejecución pública de los enemigos del sistema. Fue el precio de su solidaridad con nosotros, en servicio osado al Reino de Dios y su justicia.
Finalmente, la misma muerte fue la expresión definitiva de esa solidaridad que comenzó con su nacimiento. Al asumir la condición humana, lo hizo incondicionalmente, sin reservas en su solidaridad (“Acepto nacer y vivir en carne, pero no morir, porque soy Dios y Dios no muere, mucho menos puedo hacerme pecado y maldición”. ¿Cómo es posible eso para Dios mismo?) Ahí podemos ver la locura y el escándalo de la cruz.
Pero en Cristo la cruz tiene también su lógica, y es la lógica de la solidaridad incondicional. Humanamente hablando, esa muerte violenta fue la consecuencia lógica e inevitable de una vida que los poderosos jamás iban a tolerar. Pero evangélicamente hablando, Cristo hizo suyos nuestros pecados para hacer nuestra su justicia; hizo suya nuestra muerte, para liberarnos de ella. Cristo fue desamparado por su propio Padre (de nuevo, lo incomprensible para el entendimiento humano; “¡Dios desamparado por Dios! ¿Cómo puede ser?”, exclamó Lutero. “No lo puedo entender”). Pero él fue desamparado por su Padre, para que nosotros nunca lo seamos. Y en esa muerte solidaria, “Dios mostró su justicia, para que él [Dios] sea justo y el que justifica a los injustos”, con los que se ha solidarizado (cf. Rom 3:25-26).
“Oh Cristo”, dijo Lutero, “Yo soy tu pecado, y tu eres mi justicia” (2 Cor 5:21). Y eso, no por alguna transacción externa y abstracta, sino por su solidaridad hasta las últimas consecuencias. “Fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8). Habiéndonos amado, nos amó hasta el fin (Jn 13:1).

La Resurrección como reafirmación de la solidaridad
(Lucas 24:13-49)
En la teología de la resurrección volvemos a encontrar lo inadecuado de una explicación meramente forense, externa y transaccional, o la clásica teoría de “satisfacción” (teoría “comercial” de Anselmo). Si Cristo ya había expiado toda la culpa del pecado y ya había pagado en pleno todo el precio de nuestra redención, ¿qué papel le queda a la resurrección en ese plan salvífico? ¿Por qué no ascendió directamente a la diestra de Dios, en vez de pasar cuarenta días más en la tierra (según nos narra Lucas)? Y aun más, si Cristo ya nos ha redimido plenamente, ¿para qué la resurrección corporal nuestra en vez de un traslado espiritual del alma al cielo?
Una parte importante de la respuesta a estas preguntas será precisamente la solidaridad de Jesucristo con nuestra humanidad.
En primer lugar la resurrección fue una nueva afirmación de la carne, del valor de nuestra condición física y su lugar decisivo en el plan salvífico de Dios para nosotros. En cierto sentido, sin negar la continuidad del Resucitado con el Crucificado y la identidad de ambos en la persona de Jesús, la resurrección puede considerarse como una especie de “segunda encarnación”. Habiéndonos redimido por su muerte en la cruz, Jesús opta, por decirlo así, por tomar de nuevo nuestra carne y solidarizarse con nuestra corporalidad, pero ahora liberada y glorificada. Por eso Lucas insiste en que Jesús comía, caminaba y conversaba. Por eso también el credo apostólico habla con todo acierto de “la resurrección de la carne” (no sólo “del cuerpo”)… Eso significa hoy un compromiso cristiano con el cuerpo, con la carne, en tiempos cuando se ha hecho común la tortura y la mutilación de los cadáveres de los asesinados. Por eso también deben preocuparnos no sólo los muertos en guerra sino también todos los heridos y lisiados, que llevan en sus cuerpos, de por vida, las llagas del nefasto militarismo de nuestro tiempo. Esto debe significar también un compromiso con la salud pública, la buena alimentación para todos, y la lucha contra la pobreza.
En segundo lugar, la resurrección de Jesús fue una nueva afirmación de la vida. En su obra redentora, Cristo no sólo logró el perdón de nuestros pecados sino también venció para siempre la muerte. “Oh Cristo”, reza un antiguo himno alemán, “muerte de mi muerte, vida de mi vida”. “En él estaba la vida” (Jn 1:3), y su resurrección significó su compromiso con ella, frente a la muerte, hasta las últimas consecuencias. Él vino para darnos vida, y vida en abundancia (Jn 10:10), y ratificó ese compromiso con su resurrección. Por eso, porque en Cristo la vida venció a la muerte, los y las cristianos debemos dar nuestro mayor esfuerzo para que todos y todas disfrutan de esa vida abundante, en todas sus dimensiones (vivienda, alimentación, educación, dignidad, y esperanza en Jesucristo como su Salvador). Y por eso, debemos ser “forjadores de la paz” (Mt 5:9) contra las fuerzas de muerte, guerra y opresión que nos rodean.
La resurrección de Cristo significa también su compromiso con lo humano. Llama la atención que, según los relatos evangélicos, el Cristo Resucitado no tenía nada de apariencia angelical. María lo confundió con el jardinero, los discipulos lo confundieron con otro pescador (ambos de la clase obrera), y los caminantes a Emaús lo toman por un extranjero que no sabía nada de lo que había pasado. En ese relato, también, Lucas revela un sentido de humor, sutil y simpático, en el Jesús Resucitado que caminaba con ellos: su inocente “¿Qué cosas? Cuéntenme, por favor” (Lucas 24:19), la conversación que sigue en que ellos narran al mismo Jesús lo que a él le había pasado, como si él no lo supiera, y las palabras finales de ellos, “pero a él no le vieron” (24:24), cuando ellos mismos están viendo a Jesús con sus propios ojos.[4]
Gracias a Dios, la resurrección no nos va a convertir en ángeles sino en seres humanos auténticos. Igual que el Primogénito de los resucitado, no seremos menos humanos; seremos plenamente humanos, aun más humanos que nunca. Y Lucas nos permite entender que no perderemos ese precioso don que es el sentido de humor. Podemos estar seguros de que en el Reino de Dios también contaremos chistes, con alegría perfecta e infinita.
La resurrección de Jesús inaugura también el proceso hacia la nueva tierra, y como tal significa un compromiso con lo terrenal. Cristo resucitado tuvo dos pies para caminar tras los caminantes a Emaús y aclanzarlos en el camino, pero nadie puede caminar sin tierra, aunque tenga pies. ¿Por qué insistimos en alegorizar las calles de la Nueva Jerusalén, en la nueva tierra? En la primera página de la Biblia, Dios crea la tierra y la declara buena. En el segundo relato de la creación, lo primero que Dios da a Adán es tierra, un huerto para cultivar. Cristo proclamó que los mansos heredarán la tierra (Mt 5:5); la gran liturgía en el cielo anuncia que reinaremos con Cristo sobre la tierra (Ap 5:10). La resurrección de Cristo, precursora de la nueva creación, nos obliga ahora a comprometernos con el medio ambiente, la justa distribución de la tierra, y la adoración al Creador como momento obligado en nuestra liturgia (Ap 4:4,6,11; 5:13).
La resurreción nos llama a un compromiso con el futuro, un compromiso con la esperanza. Desde que Cristo resucitó, su Reino es invencible y nada es imposible. Su resurrección nos asegura que un mundo diferente es posible, ahora en medida relativa y sentido penúltimo, y finalmente en la plenitud de su reino. Los que dicen que “todas las cosas permanecen así desde el principio de la creación” son los burladores incrédulos (2 Pedro 3:3-4), no los que están identificados con Cristo en la solidaridad de su resurrección. Al contrario, nuestro Dios es el que hace nuevas todas las cosas (Apoc 21:5), hoy, mañana y siempre. Creer en la resurrección significa solidarizarnos con Dios en Cristo, en su proyecto de transformación radical del mundo.

Conclusión
La identificación incondicional de Jesucristo con nosotros (solidaridad) es clave pare entender la Cristología, y la Cristología, bien entendida, es una poderosa motivación a la solidaridad.
En su encarnación, Jesús asumió nuestra humanidad corporal, nos hizo un solo cuerpo, y nos llama a ser también solidarios como fue y es él.
En su cruz, la solidaridad de Cristo fue hasta el extremo, hasta hacer suyos nuestro pecado y muerte.
En su resurreción, Cristo reafirmó su solidaridad con la corporalidad, la vida y la esperanza.
Bendición franciscana

Que Dios te bendiga con la inconformidad
frente a las respuestas fáciles, las medias verdades,
las relaciones superficiales,
para que seas capaz de profundizar dentro de tu corazón.
Que Dios te bendiga con la ira,
frente a la injusticia, la opresión y la explotación de la gente,
para que puedas trabajar por la justicia, la libertad y la paz.
Que Dios te bendiga con lágrimas,
para derramarlas por aquellos que sufren dolor,
rechazo, hambre y guerra,
para que seas capaz de extender tu mano, reconfortarlos
y convertir su dolor en alegría.
Y que Dios te bendiga con suficiente locura,
para creer que tu puedes hacer una diferencia en este mundo,
para que tu puedas hacer lo que otros proclaman que es imposible.
NOTAS

[1] La traducción de 2 Cor 5:21 en la Nueva Versión Internacional, “Dios lo trató como pecador”, queda corto del sentido del texto griego, huper hêmôn hamartian epoiêsen; “por nosotros lo hizo pecado”.
[2] El primer capítulo del Libro III (3.1) es completamente nuevo en la edición de 1559, como es también el lugar definitivo asignado a la unión con Cristo en todo el tercer libro (Barth, Church Dogmatics, IV/3: 552-3).
[3] Sin duda estas formulaciones pueden prestarse para exageraciones o malos entendidos, pero captamos mejor su fuerza y su profundo sentido, según Calvino mismo, si lo sobreformulamos.
[4] ) Sobre este pasaje, véase Stam, Profecía bíblica y misión de la iglesia (Quito: CLAI, 2001), pp. 42-44

domingo, 16 de octubre de 2011

Las 95 tesis de Martín Lutero

Disputación acerca de la determinación del valor de las indulgencias (*)
En 1517 fray Martín Lutero envio al arzobispo de Magdeburgo, Alberto de Brandeburgo una carta pidiendo se pusiera fin a los abusos en la predicación de las indulgencias en la diócesis e instándole a una controversia sobre el tema. Adosaba sus 95 tesis sobre las indulgencias que aquí presentamos. En la carta el fraile agustino le decía al arzobispo:
«Perdóname, reverendísimo padre en Cristo y príncipe ilustrísimo, que yo, hez de los hombres, sea tan temerario, que me atreva a dirigir esta carta a la cumbre de tu sublimidad.... Bajo tu preclarísimo nombre se hacen circular indulgencias papales para la fábrica de San Pedro, en las cuales yo no denuncio las exclamaciones de los predicadores, pues o las he oído, sino que lamento las falsísimas ideas que concibe el pueblo por causa de ellos. A saber: que las infelices almas, si compran las letras de indulgencia, están seguras de su salvación eterna; ítem, que las almas vuelan del purgatorio apenas se deposita la contribución en la caja; además que son tan grandes los favores, que no hay pecado por enorme que sea, que no pueda ser perdonado aunque uno hubiera violado —hipótesis imposible— a la misma Madre de Dios; y que el hombre queda libre, por estas indulgencias, de toda pena y culpa. ¡Oh Dios Santo! Tal es la doctrina perniciosa que se da, Padre óptimo, a las almas encomenadas a tus cuidados. Y se hace cada vez más grave la cuenta que has de rendir de todo esto. Por eso, no pude por más tiempo callar.... ¿Qué hacer, excelentísmio prelado e ilustrísimo prícipe, sino rogar a tu Reverendísima Paternidad se digne mirar esto con ojos de paternal solicitud y suprimir el librito e imponer a los predicadores de las indulgencias otra forma de predicació, no sea que alguien se levante por fin, y con sus publicaciones los refute a ellos y a tu librito, con vituperio sumo de tu Alteza?... Desde Wittenberg 1517, en la vigilia de Todos los Santos. Martín Lutero, agustiniano, doctor en sagrada teología.» (1)

¿Cuál fue la situación concreta que motivó el escrito?

Ya desde 1507 el Papa Julio II había concedido una indulgencia a quien colaborara con su limosna en la construcción de la nueva basílica de San Pedro. El Papa León X renovó dicha indulgencia en 1514. Pero lo que tal vez suscitó el malestar en Alemania fue el permiso otorgado a Alberto de Brandeburgo para predicar la misma indulgencia, solamente que con otros fines. El arzobispo había contraido una copiosa deuda con los conocidos banqueros Függer que le habían adelantado dinero para poder hacerse de una terecera diócesis, Maguncia. El dispositivo ideado para saldar la deuda fue que la mitad de las limosnas recogidas en la predicación de la indulgencia irían a parar a manos de los banqueros, y la otra mitad iría a las arcas de la Cámara Apostólica. Este hecho, sumado a una teología equivocada sobre los efectos de la indulgencia en los muertos (se decía en la predicación popular "No bien cae la limosna en el cestillo el alma sale del purgatorio"), inflamó a toda Alemania.
Históricamente debemos ser críticos sobre la tradición que hace a Lutero clavando las tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg.(2) Mas bién el motivo de la difusión de las tesis hay que explicarlo por la respuesta que daban a un verdadero anti-romanismo presente en todos los estamentos de la sociedad alemana.
Por amor a la verdad y en el afán de sacarla a luz, se discutirán en Wittenberg las siguientes proposiciones bajo la presidencia del R. P. Martín Lutero, Maestro en Artes y en Sagrada Escritura y Profesor Ordinario de esta última disciplina en esa localidad. Por tal razón, ruega que los que no puedan estar presentes y debatir oralmente con nosotros, lo hagan, aunque ausentes, por escrito. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.


Las 95 Tesis
Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: "Haced penitencia...", ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia.
Este término no puede entenderse en el sentido de la penitencia sacramental (es decir, de aquella relacionada con la confesión y satisfacción) que se celebra por el ministerio de los sacerdotes.
Sin embargo, el vocablo no apunta solamente a una penitencia interior; antes bien, una penitencia interna es nula si no obra exteriormente diversas mortificaciones de la carne.
En consecuencia, subsiste la pena mientras perdura el odio al propio yo (es decir, la verdadera penitencia interior), lo que significa que ella continúa hasta la entrada en el reino de los cielos.
El Papa no quiere ni puede remitir culpa alguna, salvo aquella que él ha impuesto, sea por su arbitrio, sea por conformidad a los cánones.
El Papa no puede remitir culpa alguna, sino declarando y testimoniando que ha sido remitida por Dios, o remitiéndola con certeza en los casos que se ha reservado. Si éstos fuesen menospreciados, la culpa subsistirá íntegramente.
De ningún modo Dios remite la culpa a nadie, sin que al mismo tiempo lo humille y lo someta en todas las cosas al sacerdote, su vicario.
Los cánones penitenciales han sido impuestos únicamente a los vivientes y nada debe ser impuesto a los moribundos basándose en los cánones.
Por ello, el Espíritu Santo nos beneficia en la persona del Papa, quien en sus decretos siempre hace una excepción en caso de muerte y de necesidad.
Mal y torpemente proceden los sacerdotes que reservan a los moribundos penas canónicas en el purgatorio.
Esta cizaña, cual la de transformar la pena canónica en pena para el purgatorio, parece por cierto haber sido sembrada mientras los obispos dormían.
Antiguamente las penas canónicas no se imponían después sino antes de la absolución, como prueba de la verdadera contrición.
Los moribundos son absueltos de todas sus culpas a causa de la muerte y ya son muertos para las leyes canónicas, quedando de derecho exentos de ellas.
Una pureza o caridad imperfectas traen consigo para el moribundo, necesariamente, gran miedo; el cual es tanto mayor cuanto menor sean aquéllas.
Este temor y horror son suficientes por sí solos (por no hablar de otras cosas) para constituir la pena del purgatorio, puesto que están muy cerca del horror de la desesperación.
Al parecer, el infierno, el purgatorio y el cielo difieren entre sí como la desesperación, la cuasi desesperación y al seguridad de la salvación.
Parece necesario para las almas del purgatorio que a medida que disminuya el horror, aumente la caridad.
Y no parece probado, sea por la razón o por las Escrituras, que estas almas estén excluidas del estado de mérito o del crecimiento en la caridad.
Y tampoco parece probado que las almas en el purgatorio, al menos en su totalidad, tengan plena certeza de su bienaventuranza ni aún en el caso de que nosotros podamos estar completamente seguros de ello.
Por tanto, cuando el Papa habla de remisión plenaria de todas las penas, significa simplemente el perdón de todas ellas, sino solamente el de aquellas que él mismo impuso.
En consecuencia, yerran aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombre es absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del Papa.
De modo que el Papa no remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según los cánones, ellas debían haber pagado en esta vida.
Si a alguien se le puede conceder en todo sentido una remisión de todas las penas, es seguro que ello solamente puede otorgarse a los más perfectos, es decir, muy pocos.
Por esta razón, la mayor parte de la gente es necesariamente engañada por esa indiscriminada y jactanciosa promesa de la liberación de las penas.
El poder que el Papa tiene universalmente sobre el purgatorio, cualquier obispo o cura lo posee en particular sobre su diócesis o parroquia.
Muy bien procede el Papa al dar la remisión a las almas del purgatorio, no en virtud del poder de las llaves (que no posee), sino por vía de la intercesión.
Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando.
Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios.
¿Quién sabe, acaso, si todas las almas del purgatorio desean ser redimidas? Hay que recordar lo que, según la leyenda, aconteció con San Severino y San Pascual.
Nadie está seguro de la sinceridad de su propia contrición y mucho menos de que haya obtenido la remisión plenaria.
Cuán raro es el hombre verdaderamente penitente, tan raro como el que en verdad adquiere indulgencias; es decir, que el tal es rarísimo.
Serán eternamente condenados junto con sus maestros, aquellos que crean estar seguros de su salvación mediante una carta de indulgencias.
Hemos de cuidarnos mucho de aquellos que afirman que las indulgencias del Papa son el inestimable don divino por el cual el hombre es reconciliado con Dios.
Pues aquellas gracias de perdón sólo se refieren a las penas de la satisfacción sacramental, las cuales han sido establecidas por los hombres.
Predican una doctrina anticristiana aquellos que enseñan que no es necesaria la contrición para los que rescatan almas o confessionalia.
Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias.
Cualquier cristiano verdadero, sea que esté vivo o muerto, tiene participación en todos lo bienes de Cristo y de la Iglesia; esta participación le ha sido concedida por Dios, aun sin cartas de indulgencias.
No obstante, la remisión y la participación otorgadas por el Papa no han de menospreciarse en manera alguna, porque, como ya he dicho, constituyen un anuncio de la remisión divina.
Es dificilísimo hasta para los teólogos más brillantes, ensalzar al mismo tiempo, ante el pueblo. La prodigalidad de las indulgencias y la verdad de la contrición.
La verdadera contrición busca y ama las penas, pero la profusión de las indulgencias relaja y hace que las penas sean odiadas; por lo menos, da ocasión para ello.
Las indulgencias apostólicas deben predicarse con cautela para que el pueblo no crea equivocadamente que deban ser preferidas a las demás buenas obras de caridad.
Debe enseñarse a los cristianos que no es la intención del Papa, en manera alguna, que la compra de indulgencias se compare con las obras de misericordia.
Hay que instruir a los cristianos que aquel que socorre al pobre o ayuda al indigente, realiza una obra mayor que si comprase indulgencias.
Porque la caridad crece por la obra de caridad y el hombre llega a ser mejor; en cambio, no lo es por las indulgencias, sino a lo mas, liberado de la pena.
Debe enseñarse a los cristianos que el que ve a un indigente y, sin prestarle atención, da su dinero para comprar indulgencias, lo que obtiene en verdad no son las indulgencias papales, sino la indignación de Dios.
Debe enseñarse a los cristianos que, si no son colmados de bienes superfluos, están obligados a retener lo necesario para su casa y de ningún modo derrocharlo en indulgencias.
Debe enseñarse a los cristianos que la compra de indulgencias queda librada a la propia voluntad y no constituye obligación.
Se debe enseñar a los cristianos que, al otorgar indulgencias, el Papa tanto más necesita cuanto desea una oración ferviente por su persona, antes que dinero en efectivo.
Hay que enseñar a los cristianos que las indulgencias papales son útiles si en ellas no ponen su confianza, pero muy nocivas si, a causa de ellas, pierden el temor de Dios.
Debe enseñarse a los cristianos que si el Papa conociera las exacciones de los predicadores de indulgencias, preferiría que la basílica de San Pedro se redujese a cenizas antes que construirla con la piel, la carne y los huesos de sus ovejas.
Debe enseñarse a los cristianos que el Papa estaría dispuesto, como es su deber, a dar de su peculio a muchísimos de aquellos a los cuales los pregoneros de indulgencias sonsacaron el dinero aun cuando para ello tuviera que vender la basílica de San Pedro, si fuera menester.
Vana es la confianza en la salvación por medio de una carta de indulgencias, aunque el comisario y hasta el mismo Papa pusieran su misma alma como prenda.
Son enemigos de Cristo y del Papa los que, para predicar indulgencias, ordenan suspender por completo la predicación de la palabra de Dios en otras iglesias.
Oféndese a la palabra de Dios, cuando en un mismo sermón se dedica tanto o más tiempo a las indulgencias que a ella.
Ha de ser la intención del Papa que si las indulgencias (que muy poco significan) se celebran con una campana, una procesión y una ceremonia, el evangelio (que es lo más importante)deba predicarse con cien campanas, cien procesiones y cien ceremonias.
Los tesoros de la iglesia, de donde el Papa distribuye las indulgencias, no son ni suficientemente mencionados ni conocidos entre el pueblo de Dios.
Que en todo caso no son temporales resulta evidente por el hecho de que muchos de los pregoneros no los derrochan, sino más bien los atesoran.
Tampoco son los méritos de Cristo y de los santos, porque éstos siempre obran, sin la intervención del Papa, la gracia del hombre interior y la cruz, la muerte y el infierno del hombre exterior.
San Lorenzo dijo que los tesoros de la iglesia eran los pobres, mas hablaba usando el término en el sentido de su época.
No hablamos exageradamente si afirmamos que las llaves de la iglesia (donadas por el mérito de Cristo) constituyen ese tesoro.
Esta claro, pues, que para la remisión de las penas y de los casos reservados, basta con la sola potestad del Papa.
El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios.
Empero este tesoro es, con razón, muy odiado, puesto que hace que los primeros sean postreros.
En cambio, el tesoro de las indulgencias, con razón, es sumamente grato, porque hace que los postreros sean primeros.
Por ello, los tesoros del evangelio son redes con las cuales en otros tiempos se pescaban a hombres poseedores de bienes.
Los tesoros de las indulgencias son redes con las cuales ahora se pescan las riquezas de los hombres.
Respecto a las indulgencias que los predicadores pregonan con gracias máximas, se entiende que efectivamente lo son en cuanto proporcionan ganancias.
No obstante, son las gracias más pequeñas en comparación con la gracia de Dios y la piedad de la cruz.
Los obispos y curas están obligados a admitir con toda reverencia a los comisarios de las indulgencias apostólicas.
Pero tienen el deber aún más de vigilar con todos sus ojos y escuchar con todos sus oídos, para que esos hombres no prediquen sus propios ensueños en lugar de lo que el Papa les ha encomendado.
Quién habla contra la verdad de las indulgencias apostólicas, sea anatema y maldito.
Mas quien se preocupa por los excesos y demasías verbales de los predicadores de indulgencias, sea bendito.
Así como el Papa justamente fulmina excomunión contra los que maquinan algo, con cualquier artimaña de venta en perjuicio de las indulgencias.
Tanto más trata de condenar a los que bajo el pretexto de las indulgencias, intrigan en perjuicio de la caridad y la verdad.
Es un disparate pensar que las indulgencias del Papa sean tan eficaces como para que puedan absolver, para hablar de algo imposible, a un hombre que haya violado a la madre de Dios.
Decimos por el contrario, que las indulgencias papales no pueden borrar el más leve de los pecados veniales, en concierne a la culpa.
Afirmar que si San Pedro fuese Papa hoy, no podría conceder mayores gracias, constituye una blasfemia contra San Pedro y el Papa.
Sostenemos, por el contrario, que el actual Papa, como cualquier otro, dispone de mayores gracias, saber: el evangelio, las virtudes espirituales, los dones de sanidad, etc., como se dice en 1ª de Corintios 12.
Es blasfemia aseverar que la cruz con las armas papales llamativamente erecta, equivale a la cruz de Cristo.
Tendrán que rendir cuenta los obispos, curas y teólogos, al permitir que charlas tales se propongan al pueblo.
Esta arbitraria predicación de indulgencias hace que ni siquiera, aun para personas cultas, resulte fácil salvar el respeto que se debe al Papa, frente a las calumnias o preguntas indudablemente sutiles de los laicos.
Por ejemplo: ¿Por qué el Papa no vacía el purgatorio a causa de la santísima caridad y la muy apremiante necesidad de las almas, lo cual sería la más justa de todas las razones si él redime un número infinito de almas a causa del muy miserable dinero para la construcción de la basílica, lo cual es un motivo completamente insignificante?
Del mismo modo: ¿Por qué subsisten las misas y aniversarios por los difuntos y por qué el Papa no devuelve o permite retirar las fundaciones instituidas en beneficio de ellos, puesto que ya no es justo orar por los redimidos?
Del mismo modo: ¿Qué es esta nueva piedad de Dios y del Papa, según la cual conceden al impío y enemigo de Dios, por medio del dinero, redimir un alma pía y amiga de Dios, y por que no la redimen más bien, a causa de la necesidad, por gratuita caridad hacia esa misma alma pía y amada?
Del mismo modo: ¿Por qué los cánones penitenciales que de hecho y por el desuso desde hace tiempo están abrogados y muertos como tales, se satisfacen no obstante hasta hoy por la concesión de indulgencias, como si estuviesen en plena vigencia?
Del mismo modo: ¿Por qué el Papa, cuya fortuna es hoy más abundante que la de los más opulentos ricos, no construye tan sólo una basílica de San Pedro de su propio dinero, en lugar de hacerlo con el de los pobres creyentes?
Del mismo modo: ¿Qué es lo que remite el Papa y qué participación concede a los que por una perfecta contrición tienen ya derecho a una remisión y participación plenarias?
Del mismo modo: ¿Que bien mayor podría hacerse a la iglesia si el Papa, como lo hace ahora una vez, concediese estas remisiones y participaciones cien veces por día a cualquiera de los creyentes?
Dado que el Papa, por medio de sus indulgencias, busca más la salvación de las almas que el dinero, ¿por qué suspende las cartas e indulgencias ya anteriormente concedidas, si son igualmente eficaces?
Reprimir estos sagaces argumentos de los laicos sólo por la fuerza, sin desvirtuarlos con razones, significa exponer a la Iglesia y al Papa a la burla de sus enemigos y contribuir a la desdicha de los cristianos.
Por tanto, si las indulgencias se predicasen según el espíritu y la intención del Papa, todas esas objeciones se resolverían con facilidad o más bien no existirían.
Que se vayan, pues todos aquellos profetas que dicen al pueblo de Cristo: "Paz, paz"; y no hay paz.
Que prosperen todos aquellos profetas que dicen al pueblo: "Cruz, cruz" y no hay cruz.
Es menester exhortar a los cristianos que se esfuercen por seguir a Cristo, su cabeza, a través de penas, muertes e infierno.
Y a confiar en que entrarán al cielo a través de muchas tribulaciones, antes que por la ilusoria seguridad de paz.

Wittenberg, 31 de octubre de 1517.

Notas
(*) La numeración de las tesis en 95 en realidad corresponde a los primeros editores que además agruparon los textos cada uno de diferente manera. La edición más completa y crítica de las obras de Lutero es la Weimarer Ausgabe (WA): Lutherswerke (Weimar 1883-). cf. WA 1, 230; Puede consultarse un análisis, selección y traducción de las tesis en: García Villoslada, Ricardo, [Dir.], Martín Lutero, BAC Maior (Madrid 1976) I, 342-344; la versión latina puede consultarse en la web en la siguiente dirección del Proyecto Wittemberg: http://www.iclnet.org/pub/resources/text/wittenberg/luther/ninetyfive-latin.txt


1. García Villoslada, Ricardo, [Dir.], Martín Lutero, I, 339.
2. Para una orientación sobre este tema véase: Martina, Giacomo, La Iglesia, de Lutero a nuestros días, Ediciones Cristiandad (Madrid 1974) I, 122; García Villoslada, Martín Lutero, I, 334-338; Molinari, F., Lutero tra la storia e la leggenda: ebbe luogo l'affisione delle tesi?, en: "Scuola Cattolica" 95 (1967) 456-463.

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INVITACIÓN DÍA DE LA REFORMA

Apreciados hermanos:

Reciba el saludo fraternal de los miembros de AITET (Asociación de Instituciones Teológicas de Trujillo) y APEL (Asociación de Profesionales Evangélicos de La Libertad), quienes nos hemos unido para celebrar el día de la Reforma, con una Conferencia titulada: “La Doctrina y el Uso de la Biblia en la Reforma Protestante y en el Día de Hoy".

Día: lunes 31 de Octubre, 7.30 p.m.
Lugar: Centro de Investigación y Ciencias Bíblicas John Boice, Jr. Mozart 980, Urb. Primavera
Expositor: Pastor Wesley Baker

Le invitamos personalmente a Ud., y, por su intermedio, a la institución cristiana que preside y representa.

La entrada es libre,

Agradecido por la atención que le brinde a la presente y esperando vernos en este evento, me despido con un saludo de bendición para su vida y ministerio.

En Cristo,

Julio Montalvo
Pdte. AITET

domingo, 9 de octubre de 2011

JERUSALEN, ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO

POR: UBALDO TEJADA GUERRERO – Analista Global – utguerrero31@yahoo.es

“Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo, Señor ¿Restaurarás el reino a Israel en éste tiempo? – Y -Jesús- les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad…” (Hechos 1:6-7).
Lo cierto es que han pasado mas de dos siglos después de Cristo, e Israel no se desprende de su espíritu egoísta, ajustando los principios de Dios, a sus propios intereses, no acaban de comprender que el reino de Dios es mas que Israel, porque los tiempos lo señala Dios, pero los mas importante para los cristianos debe ser la extensión del reino de Dios.
No tanto como los palestinos, ni como aquel pueblo que, al igual que el otro, vive enterrando a sus victimas civiles y velando a sus niños masacrados. Sin embargo, sonríen; el pueblo palestino, entre la miseria, la pobreza y la opresión, aún es capaz de dejar escapar una carcajada y de invitar a los extranjeros a una taza de té caliente de melocotón servido en una delicada copa de cristal.
Jesús nunca prometió restaurar el reino de Israel, solamente pensando en el orgullo nacional, fue necesario 40 días de evangelización a los apóstoles, de Jesús resucitado, para hacer comprender lo que era el reino temporal, del reino celestial, la diferencia entre el cielo y la tierra.
Pese a las gestiones diplomáticas de los enviados de Tel Aviv —con la bendición de Jerusalén—, los pesimistas (pragmáticos) afirman que Israel perdió ya las esperanzas de impedir a los palestinos hacer realidad su sueño: un Estado palestino ratificado ya sea por el Consejo de Seguridad de la ONU o por la mayoría de la Asamblea General de la propia organización internacional.
De acuerdo a fuentes diplomáticas israelíes, los palestinos podrían recibir el apoyo, por lo menos, de 130 de los 193 países miembros de la ONU
En Jerusalén, lugar sagrado para las tres religiones monoteístas y que Israel considera su capital, quedó de último en la lista de calidad de vida tras un estudio de las 15 principales ciudades del país.
Pero como en tiempos del imperio romano, los cristianos seguimos preguntando a Jesús: ¿Quién va a ser el más grande?, lo que encierra sólo una lucha por el poder, una lucha de intereses, sólo para crearse puestos en el reino de los cielos.
Es fácil ser cristiano sólo en un templo, es como Israel que quiere poder sólo para restaurar su propio reino, de los que se trata es de ser testigos en todas las áreas de nuestra vida, como necesidad en toda la tierra.
Pobreza, falta de educación, baja participación en la fuerza laboral, la creciente influencia de los ortodoxos, la fuga de cerebros de judíos laicos y el éxodo de los jóvenes son sólo unos de los problemas que sufre Jerusalén.
Palestina: poblaciones destrozadas. Familias desmembradas. Falta de agua. Ríos de sangre y soledad infinita. Aquí no hay ejército. No existen cazabombarderos o helicópteros de ataque táctico. Por todo esto, Israel perdió la guerra, ya que no le puede quitar nada más a Palestina. Ha violado todos los derechos humanos de sus habitantes y ha extinguido el mínimo respeto que se debe sentir hacia un pueblo vecino.
Cabe destacar que Jesús dejo dicho que "Mi Reino no es de este mundo" ("regnum meum non est de mundo hoc", Jn 18:36), lo que se condice con que "El Reino de Dios está dentro de vosotros" ("regnum Dei intra vos est", Lc 17:21), entendiendo así que la doctrina pregonada por Jesús era un camino completamente espiritual e interior.
El pueblo palestino es más nación que cualquier ejército israelí, pues las naciones están unidas por el dolor y por las ansias de una libertad eterna. Una libertad que Israel olvidó en menos de cincuenta años debido a que se dedicó a masacrar al enemigo débil, y a crear una muralla mental y física que los proteja de sus propios miedos.
Recordemos al apóstol Pablo, que nos recuerda que para ser cristianos, debemos lanzarnos abiertamente con Cristo a la totalidad de un mundo que le pertenece por su estructura y por su designio, puesto que Cristo es Omega, la meta del universo.
Es el deseo de tanto los israelíes como los palestinos de que Jerusalén sea su capital es uno de los asuntos más espinosos de cualquier proceso de paz. Pero mientras que sus residentes esperan a que se resuelva ese gran dilema, muchos, de ambas partes, sienten que están presenciando cómo su ciudad se aleja más y más de la vibrante y próspera Jerusalén que sueñan, la capital histórica y espiritual.
Esto nos hace pensar que muchas veces confundimos espiritualidad con religiosidad, entendida sólo como la aspiración cristiana a educar a los seres humanos, para ser ciudadanos del cielo, con los ojos siempre puestos en lo alto, y ello nos hace extraños a los sentimientos humanos, hecho que la espiritualidad trasciende la religiosidad, considerada como alienante.
Londres no es más hermoso que Tel-Aviv ni los océanos de Suramérica tienen agua más dulce que el mar de Galilea. Sin embargo ellos, los futuros combatientes, quieren partir y no regresar al Líbano. Desean compartir Jerusalén, dejar de patrullar Gaza y entregar el maldito Golán, que tantos muertos han costado conservar.
Pero eso no lo dice el imperio y su prensa o el informativo especial de CNN. Eso sólo se entiende cuando se tienen veinte años y se comparte la visión de la guerra entre las palabras de los futuros combatientes. Tan sólo existe el arte de descubrir que las guerras se pierden y que la imbecilidad humana, como dijo Einstein, es infinita.
Por eso Israel perdió la guerra, porque un ejército sabio debe comprender que al enemigo no se le puede quitar la dignidad, así le destruyan las casas, le roben sus tierras o se someta a todo su pueblo.
Sería bueno hablar con los jóvenes y decirles que cuando se pierde una guerra es hora de permanecer en silencio, meditar y empezar a reconstruir la convivencia perdida entre los pueblos, es necesario el amor al prójimo, como una condición para amar a Dios y a uno mismo.
No habría que olvidar a Abraham, Moisés o David (por poner solamente algunos ejemplos): si Abraham no se hubiera puesto en camino a la tierra prometida, o si Moisés no se hubieran atrevido a hablar frente al Faraón, o si David no se hubiera mantenido fiel a Dios, las promesas hechas nunca hubieran resultado. Dios prometió al inicio, y Dios cumplió al final, pero fue el hombre el que primero creyendo y luego poniendo manos a la obra logró que sucediera como esperaba. Sin fe y sin esperanza, no hay motivo por el cual actuar. Con fe y esperanza que motiven a actuar las promesas se cumplen: la fe sin obras está muerta. (Stg 2:17).