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viernes, 21 de diciembre de 2012

¡Feliz Navi... Dad!

Por: Jaime Fernández Garrido.
¡Feliz Navi... Dad!

Está muy bien todo lo que hacemos en estas fechas: reuniones especiales, actos religiosos, fiestas, obras benéficas, pero lo que Dios espera de nosotros no es eso en primer lugar

21 DE DICIEMBRE DE 2012

Hace un año, nuestra hija pequeña, Mel, estaba haciendo un dibujo de Navidad para la escuela. Todavía no tenía seis años, así que cuando debía escribir una frase, iba colocando cada letra en su lugar poco a poco. El dibujo era impresionante (¿qué padre diría otra cosa?), pero en el enunciado se leía: "Feliz Navi" y en una línea aparte: "Dad".

Pensé "se ha quedado sin espacio y por eso tuvo que dividir la palabra en dos", pero de todas formas le pregunté. Ella se quedó mirando como si realmente se hubiera quedado sin lugar para poner la palabra entera, pero entonces, sonrió, y me dijo: "Es que papi, la navidad es eso, es dar, la gente tiene que dar más".

Había descubierto una aplicación perfecta de su pequeña "equivocación".

Durante varios días me pregunté si era una equivocación, o uno más de los cientos de mensajes que Dios nos da a través de nuestros hijos . Deberíamos escucharlos mucho más a menudo, estamos tan agobiados con nuestros negocios "importantes" (¡a veces a nivel espiritual, también!) que olvidamos que nada es más importante que pasar tiempo con nuestra familia. Tengo que confesaros que llevo más de una semana sin poder olvidar la explicación de Mel "La Navidad es eso, papí, es dar".

Desde ese momento, no puedo ver esa palabra "Navidad" sin dividirla en mi mente.

Sé que muchos dicen que en estas fechas todos estamos más sensibles, y nos preocupamos más por el resto de las personas, y eso es sólo parte de una costumbre. No me importa. Si realmente recordar el nacimiento del Señor, nos impulsa a ayudar más a otros, deberíamos celebrar la Navidad una vez al mes.

Supongo que hay personas que se comportan así por costumbre, pero también puedo decir que conozco gente que no dan ni ayudan nunca ¡Ni siquiera en Navidad! ¡Por lo menos, que no critiquen a quienes lo hacen una vez al año! Tenemos que dejarnos de tonterías y ayudar a los demás, sea por la razón que sea.

Nuestra vida tiene sentido cuando damos. En La Biblia, el amor de Dios siempre va unido a la palabra "dar" y "entregar" De eso se trata el amor. Nuestro refranero dice que una cosa es predicar y otra dar trigo, quizás lo dice porque hay muchos más especialistas en predicar que en dar. El amor no existe si no da. El amor sin entrega son solo palabras aparentemente bonitas y completamente vacías.

A veces puede ser relativamente sencillo dar dinero o grandes regalos, para ayudar a otros: Lo damos y "se acabó". Un sólo momento de desprendimiento y nos quedamos tranquilos (¡aunque a algunos ese "desprendimiento" les duele durante meses!). Déjame decirte que el amor tiene que ver también con regalar nuestro tiempo, a la familia, los amigos, a las personas que lo necesitan , a alguien que está solo/a o enfermo/a, incluso a desconocidos que necesitan nuestra ayuda... Amar es dar todo lo que somos y tenemos, porque así es nuestro Padre, y jamás podemos olvidar que nunca nos parecemos tanto a Dios, como cuando damos.

Si el nacimiento del Señor Jesús nos "impulsa" a hacerlo en las fechas de Navidad (solemos estar más sensibles, ¿recuerdas?) ¿por qué no lo hacemos durante todo el año?

Navi... Dad . Sé que está muy bien todo lo que hacemos en estas fechas: preparamos espectáculos, reuniones especiales, actos religiosos, fiestas, obras benéficas, etc. pero lo que Dios espera de nosotros no es eso en primer lugar, sino "dar". Involucrarnos en todo tipo de actividades y proclamaciones "desde arriba" es siempre muchísimo más sencillo y exige menos compromiso que "mezclarnos" con las personas que están a nuestro alrededor. Involucrarnos en reuniones públicas siempre es más gratificante (las personas nos ven más) que dedicar tiempo a quién lo necesita. Predicar siempre fue más fácil que dar trigo.

Y jamás debemos olvidar que el Señor no nos llamó a programar actividades o a predicar, sino a hacer discípulos. No se hacen discípulos desde el púlpito o desde los escenarios, sino en el contacto directo día a día.

No quiero decir que lo que hacemos no tenga valor, sino que tenemos que esforzarnos para no perder la perspectiva correcta . Creo que Dios no permitió que me sucediera esa historia genial con mi hija para "echarme en cara" ninguna cosa (¡Dios es mucho más bueno de lo que pensamos!), sino para que aprendiera a verlo todo de una manera diferente. A SU manera.

Necesitamos pedir sabiduría a Dios cada día, para vivir de acuerdo a su voluntad, y no tomar decisiones en base a nuestra comodidad, o a lo que nos gusta más a nosotros.

No hay "Feliz Navidad" si no amas . No puedes amar si no das. Tan sencillo que una niña de cinco años puede entenderlo. Por algo el Señor dijo una vez que si no nos hacemos como niños no podremos entrar en el reino de los cielos.

Cuando les hablamos del evangelio a todos, solemos usar uno de los versículos más conocidos en todo el mundo, Juan 3:16. Cada vez que lo leo, sigo asombrándome tanto de la sencillez, como de la radicalidad del amor de Dios. Tal como nosotros hacemos las cosas, hubiéramos esperado que el versículo dijera:

"Tanto amó Dios al mundo, que formó un comité de evangelización; o unas reuniones especiales, o actividades, o.... tanto amó Dios al mundo que envió a sus hijos a predicar por todas partes...."
No, la Biblia dice: "Tanto amó Dios al mundo que dio"
De eso se trata la Navi... Dad.

Autores: Jaime Fernández Garrido
©Protestante Digital 2012


¿Feliz Navidad?

Por: Roberto Velert
17 DE DICIEMBRE DE 2012


Y nosotros, como si nada estuviese sucediendo, nos sentamos a cenar en Navidad, religiosos y alegres y seguros ¡Qué torpe farsa!

 ¿Feliz Navidad?

De cuanto tenemos o podríamos tener, nada hay tan esencial como la vida. Nacer, en sí, siempre es hermoso y bueno . Es aparecer, salir de la inexistencia, vivir por el gesto de amor, sumergirse en los inmensos mares de la vida, y ser a la vez un maravilloso recipiente de ella.

Nacer es ingresar en la incontable hermandad de los hombres, en el necesario querer amar y ser amado, en el fervoroso deseo de la verdad, a la que vemos sin recurrir al Creador, tan turbia y tan lejos como el pez ve a las estrellas.

Un nacimiento debería ser siempre una ocasión de gozo, una renovación de la esperanza, esa hermana siamesa de la vida.

No hay duda que esto sea también además del hecho, el simbolismo de la Navidad: Alguien infinito que nace para compartir, para traer luz, paz, alegría, dones. Por eso me preocupa pensar en lo que la humanidad se ha convertido, y en lo injusto y atroz de sus repartos .

Nacer es introducirse en la confusa majestad de ser hombre, hacia la probable o improbable felicidad, hacia la verde o madura o agridulce danza de la naturaleza, y ello dependiendo del camino que escojamos.

El hombre es el único ser consciente de sí mismo: esto lo erige en superior a todo lo demás, y ello lo hace responsable. En todo caso, nacer es bueno y hermoso.

Y quizá nos beneficie reflexionar cuando conmemoramos la Natividad del Señor, que Él vino para transformarnos, pero nosotros no nos dejamos transformar .

Ochocientos setenta millones de personas no tienen lo suficiente para comer y el 98% de ellas vive en países en desarrollo. Cada año mueren unos 10,9 millones de niños menores de cinco años en los países en desarrollo. La desnutrición y las enfermedades relacionadas con el hambre son la causa del 60% de esas muertes. No han cometido más falta que estar vivos ¿no estremece?, ¿no aterra? ; ¿qué mundo, sordo y ciego es este que se dispone cada año, volviendo la cabeza, yo me incluyo, a celebrar la Navidad?; ¿qué Navidad es la que celebra este mundo ensangrentado, egoísta, insolidario, devorador, materialista, necio?; ¿en qué sinceridad podrá creerse?; ¿qué sinceridad cabe entre Papás Noeles, orgías, consumismo sin medida, tontos reyes magos?; ¿qué monstruosa comedia –sin desvalorizar los gestos puntuales de caridad, tristemente, puntuales- autocomplaciente y festiva es la de los continuos cotillones y fiestas?.

Dos tercios de los hombres sufren tan sólo por haber nacido. No penas finas, no penas imaginarias, no desazones por no tener empleos más altos, o por ilusiones rotas: sufren por hambre, por hambre de esperanza, por hambre de justicia, por hambre de pan.

Mientras nosotros en hogares tibios, sin mucha intención de darnos cuenta de ese tsunami de dolor, cantamos villancicos, comemos hasta empacharnos, bebemos hasta hartarnos y celebramos nuestras Navidades, muy alejados de Aquel que nació en Belén.

Una humanidad que deja morir 10.9 millones de niños no es cristiana, es una inhumana humanidad . Una humanidad que produce un rosario colosal de problemas, martingalas y despropósitos.

Con el costo de un misil intercontinental, dicen los expertos, se podrían plantar doscientos millones de árboles, regar un millón de Hectáreas, dar de comer a cincuenta millones de niños. Desde esta sonrojante realidad, hasta el agujero que unos cuantos chorizos de guante blanco han dejado en bancos y cajas de ahorro. Desde los estragos de la burbuja inmobiliaria hasta el oligopolio de los cuatro listos que manejan la energía eléctrica. Desde la explotación de los más vulnerables: los pobres, hasta el nepotismo de la dedocracia en los asesores de comunidades, ayuntamientos y administraciones.

Y nosotros, como si nada estuviese sucediendo, nos sentamos a cenar en Navidad, religiosos y alegres y seguros ¡Qué torpe farsa!

“Desde el corazón” pienso que somos culpables todos.

Culpables quienes no damos valor a la ley de Dios –sobre todas las otras: sobre todas‑ a la obligación de salvar a los vivos, pues ¿para qué vino el Mesías? “y llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo”.

Culpables los que olvidamos ‑al día siguiente de ver reportajes, fotos, textos, atrocidades, razas atormentadas, cristianos perseguidoslo que, para nuestra comodidad nos conviene olvidar.

Culpables porque hablamos de otras cosas, y no gritamos, ni exigimos, ni denunciamos, ni acusamos incesantemente, ni siquiera presentamos la real Navidad.

No consintamos celebrar, con tal hipocresía, la natividad del Niño que vino a hablarnos de amor: de renuncia, de entrega, de compasión, de comunión, de justicia, de salvación. Y mientras esto ocurra, sospecho que no habrá ángeles cantando la gloria de Dios en las alturas y anunciando la paz para los hombres .

Pues me temo que los ángeles no querrán, hasta que vuelva el Mesías, arriesgarse en un mundo donde alrededor de 24.000 personas mueren cada día de hambre o de causas relacionadas con el hambre, al tiempo que se almacenan armas y armas para seguir matando a los que el hambre tenga a bien dejar vivos.

Autores: Roberto Velert
©Protestante Digital 2012


Palabras en la Navidad 2012



Autor/a: Francisco Rodés  Print Friendly

Francisco Rodés González

Francisco Rodés González, Pastor Bautista de Cuba. Profesor en el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas y Director del Centro Kairós, para las Artes, la Liturgia y el Servicio Social.

Buenas Noches. Nuevamente nos reunimos convocados por la música y la poesía en una celebración navideña más. Tradición, recuerdos del hogar, la inocente alegría de un pasado que retorna desde la nostalgia de los tiempos idos. Algunos dirán que es simplemente un bello folklore del mundo occidental.

Yo me atrevo a afirmar que hay de todo esto, pero un poco más. Decía nuestro José Martí en la presentación del libro “Ismaelillo”, dedicado a su hijo, ¨Hijo, espantado de todo, me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud y en ti¨.

Nos identificamos con el Apóstol, para decir que también hoy nos refugiamos en el niño de Belén, porque estamos espantados de todo este mundo de violencia, de increíbles desigualdades, de suicida destrucción del medio ambiente, de insensibilidad hacia los desvalidos, de hipocresías y mentiras transmitidas por todos los medios. Estamos aquí porque nosotros reconocemos que hemos perdido la inocencia, hemos perdido la pureza y la ternura. Nos hemos endurecido con la realidad de un mundo egoísta y materialista. Estamos aquí porque anhelamos el sueño de un mundo distinto. Estamos aquí porque necesitamos vivir con un poco de esperanza en un mañana diferente.

Hoy no se habla de otra cosa en el mundo que lo que el Calendario Maya ha señalado para ocurrir dentro de 48 horas. No es que se vaya a acabar el mundo, sino que este mundo entrará en una nueva era de cambios, tal vez un nuevo tiempo de armonía universal. Las grandes religiones ancestrales coinciden también en que habrán de ocurrir grandes cambios universales. Nuestra fe judeo-cristiana coincide con estas expectativas. Los antiguos profetas de Israel hablaron de esa era en que las espadas se convertirán en instrumentos para labrar la tierra. Hablaron de un mundo de paz y de armonía en el lenguaje que sólo la poesía puede expresar, dijeron, ¨morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará¨.

Bellas imágenes de un universo sin violencia ni depredadores de la naturaleza, sin dominación de unos pueblos por otros, sin temores a ataques terroristas, ni escuelas atacadas por locos asesinos, como ha ocurrido recientemente en Estados Unidos. La paz tendrá el gobierno de nuestro mundo. El amor y la ternura reinarán sobre la tierra. Desaparecerán como fósiles de otras eras los arsenales de bombas atómicas y misiles.

Esta es el sueño que celebramos hoy con cantos y villancicos inocentes. Esta es la esperanza que nunca muere. Vivamos y abramos nuestro corazón al Príncipe de Paz, al que vino a decirnos ¨amaos unos a otros¨, si ¨tu enemigo tuviere sed, dale de beber, si tuviere hambre dale de comer¨, ese es el mensaje, más allá del folklore y del árbol navideño. Esta es la fe en el futuro, en el mejoramiento humano, en la virtud, como dijera Martí. Dios bendiga nuestra nación, que reine en ella la paz.

Gocémonos en esta esperanza y en este sueño, disfrutemos de este programa salido del amor de las comunidades de fe de nuestra ciudad.


El Evangelio de la Paz



POR: Víctor Rey Riquelme

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El término “paz” aparece unas cien veces en el Nuevo Testamento. Por ese solo hecho, nos muestra que es un concepto de importancia fundamental para la comprensión del Evangelio y la vida de las iglesias.

Las Escrituras nos dicen que Dios es un Dios de Paz; que Cristo es Señor de Paz. El profeta llamaba al Mesías esperado el “Príncipe de paz”; el fruto del Espíritu de Dios es paz y vivir en el Espíritu es justicia, paz, y gozo en el Espíritu Santo.

El Evangelio de Paz abre la posibilidad de una nueva relación con Dios, que se convierte en realidad en la medida en que vivimos en una nueva relación con nuestros semejantes. En esta comunidad las diferencias y las barreras que separaran a las personas son superadas: nacionalismos, racismos, prejuicios basados en diferencias de sexos, espíritu de competitividad económica, diferencias culturales, religiosas y sociales que contribuyen a actitudes de superioridad de parte de unos y de inferioridad de parte de otros. Por lo tanto podemos decir que la paz está en el mismo corazón de la vida que vivimos y del mensaje que proclamamos los cristianos y las cristianas.

La Iglesia posee un legado de paz que nos dejó Jesucristo. Las enseñanzas de Jesús, su vida y su muerte en la cruz, apuntan al Nuevo Mandamiento, la ley del amor, que no responde a la violencia con violencia sino que busca otros valores: la humildad, el servicio, la comunidad y la justicia. El nacimiento de Cristo fue un mensaje de paz de Dios a los seres humanos (Lucas 2:14) y predicar la Palabra es “anunciar el evangelio de la paz” (Hechos 10:36).

En la Biblia la paz no es simplemente la ausencia de guerra o violencia. Tampoco es el mero equilibrio entre partes encontradas ni, mucho menos, el antiguo concepto romano de destrucción y exterminio de toda oposición. La paz bíblica incorpora ideas positivas de salud, bienestar y prosperidad. Se trata de un asunto cultural: una sociedad nueva, un mundo nuevo (1 Pedro 3:13), que se basa en la justicia, el respeto a los derechos humanos, la solidaridad, la democracia, la amistad, entre personas, comunidades, pueblos y naciones.

¿Qué es lo que contribuye a la paz?

Tenemos que reflexionar sobre las cosas que traen la paz. Una de ellas es sin duda la justicia: “El efecto de la justicia será la paz y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17). La concepción bíblica de la paz (Shalom) se caracteriza por una relación de bienestar, respeto y justicia del ser humano con Dios, sus semejantes y la naturaleza, de acuerdo con la voluntad de Dios, el creador. Sin embargo, la realidad concreta es experimentada como una ruptura de ese orden saludable. El ser humano causa la ruptura, pero simultáneamente se convierte en víctima. Institucionalizado un orden injusto y ausente de paz, la ruptura divide a las personas en beneficiarias y víctimas, en opresores y oprimidos. El propio Dios se compromete a restablecer la paz en la historia de su pueblo, colocándose al lado de los que sufren y son marginados. En Jesucristo se puso a nuestro lado y se hizo “nuestro hermano” de manera definitiva y suprema. Al mismo tiempo, compromete a quienes le sigan, guiados por la visión “utópica” de una paz plena, se transformen en personas “sedientas y hambrientas de justicia” y en “constructoras de la paz” (Mateo 5:6-9).
Un lugar privilegiado para luchar en pro de la paz, de la justicia y de la preservación de la naturaleza está constituido por los crecientes movimientos sociales, ecológicos y populares. Para las iglesias deriva de ahí, como prioridad, en su educación y práctica para la paz, la formación de la conciencia política, la elaboración de materiales de carácter popular y el apoyo a los movimientos con las finalidades delineadas. En estos se insertan también, más allá de las fronteras eclesiásticas institucionales, los propios movimientos cristianos por la paz en la perspectiva del “shalom bíblico”.

Como conclusión podemos decir que la vida es el bien mayor del ser humano, y que no se goza de ella sin la paz. Es la Paz la que hace viable y sólida la comprensión de Dios como un Dios amoroso, que concedió a su Hijo para que aprendiéramos a ser hijos e hijas de Dios y colaboradores y colaboradoras en la construcción del Reino.

Autor/a: Víctor Rey Riquelme

Fue Presidente de la Fraternidad Teológica Latinoamericana hasta el mes de octubre de 2011. A partir del mes de enero de 2012, en el marco de la Fundación Kairós, será Coordinador del Centro de Estudios Interdisciplinarios, CETI, y del programa de Desarrollo Integral de la Niñez, DINA y profesor de Filosofía, licenciado en Filosofía en la Universidad de Concepción, Ciencias Sociales en la universidad Alberto Hurtado, Teología en el Seminario Teológico Bautista y Comunicación social en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica





jueves, 20 de diciembre de 2012

MERITOCRACIA EN EL CONGRESO


POR: UBALDO TEJADA GUERRERO – Analista Global


El Congreso, es observado como una instancia de poder muy apetecible, a la cual se presentan unos dos mil 500 candidatos cada cinco años, enfrenta la peor crisis de su historia por la falta de credibilidad entre la ciudadanía y por su escasa acción fiscalizadora frente a los otros poderes del Estado, nadie evalúa su productividad y meritocracia. ¿Y la comisión de ética?

Un sondeo de opinión de la Universidad de Lima durante agosto 2012, indicó que el Congreso es inaceptable para el 74.1 por ciento de los peruanos y que sólo un 19.8 por ciento aprueba su labor, mientras un 4.8 por ciento prefiere abstenerse de opinar por higiene mental.

Evaluando su productividad, de un total de tres mil 445 proyectos de ley que han sido presentados por los congresistas en los últimos tres años, 255 se han archivado, dos fueron anulados y sólo 822 han sido publicados, en tanto el resto fueron rechazados o retirados.

Ahora se dieron adelantado su “regalo de navidad 2012”, justificando el presidente del Congreso, Víctor Isla, que el Consejo Directivo haya acordado duplicar a 15 mil soles los gastos de representación para cada legislador desde enero 2,013. Él con un débil argumento dijo “No es una medida popular pero necesaria en aras de fortalecer la representación, consideramos que (el monto) no es excesivo, el Perú es tan grande, y lo que necesitamos es que los legisladores lleguen a todos los sitios. Esto evidentemente se debe ver en una mejora en la representación y en la comunicación sobre las necesidades de los pueblos, lo que debe sentirse con normas”.

Es el peor momento para hacerse un aumento en el presupuesto, acrecentando su desprestigio nacional. Ellos no tuvieron en cuenta a sectores como el magisterio, los pensionistas, jueces del Poder Judicial o las FF.AA. y P.N. Y no solo ellos, también hay otros sectores de los mas de 1 millón trescientos mil trabajadores del sector público que enfrentan los mismos problemas.

Los congresistas tampoco han mirado al pueblo que sobrevive en la informalidad (62% de la PEA) con menos del sueldo mínimo. La distancia es abismal entre las remuneraciones de la mayoría de los trabajadores y las de los parlamentarios, que con toda impunidad se han realizado un aumento, aprovechándose de su “inmunidad” y “autonomía”.

El jurista Roger Vargas, con estudios en la Sorbona de París, dijo que para los políticos es muy atractivo el Congreso porque cada legislador percibe un sueldo anual equivalente a 77 mil 238 dólares ($ 6,436.5 mensual), que en soles es 16,091.25.

Los legisladores que concluyeron sus funciones de cinco años el 28 de julio del 2011, cobraron por concepto de salarios 386 mil 190 dólares, que en soles es 965,475.

Vargas señaló que los congresistas ganan en Perú 14 salarios al año (12 meses normales y dos aguinaldos, uno en julio y otro en diciembre) y quieren aumentarse a 16 pagos de cinco mil 517 dólares cada uno, con lo cual totalizarían 88 mil 272 dólares al año.

Ahora ni el Congreso ni el Ejecutivo exigen ahora títulos profesionales para algunos puestos a cubrir. El pasado 24 de agosto la Mesa Directiva del Congreso de la República aprobó el Acuerdo N° 032-2011-2012/MESA-CR que dispensó al 1% del personal del servicio parlamentario el cumplimiento del artículo 26 del Reglamento Interno de Trabajo del Congreso de la República, referido a los requisitos para ocupar cargos en el servicio parlamentario.

El legislativo es representación popular, creación de leyes, permanente fiscalización y control político sobre los otros Poderes del Estado y orientación del desarrollo económico, político y social del país. El congreso urgente debe ser parte de la reforma del Estado.

Deben los Evangélicos Celebrar la Navidad


Autor Mensaje: Erick

¿Es esta conmemoración enseñada en la Biblia?
Si la fecha exacta del nacimiento de Cristo no se conoce como es que se eligió el 25 de Diciembre y por quien fue autorizada esta fecha y con qué propósito.

El libro “4,000 años de Navidad” de Earl W. Coimi, profesor de Antropología de Hamilton Collage, responde a estas interrogantes. La navidad se celebro la primera vez hace mas de 4,000 años como el festival que renovaba al mundo para el siguiente año. Los doce días de navidad; los fuegos artificiales, los carnavales, los regalos, las procesiones, sus velas y cantos. Todo esto comenzó siglos antes de que Cristo naciera. Así se celebraba la llegada de un año nuevo. El 25 de Diciembre era sagrado para los romanos y para la religión de Persia. Esta religión pérsica era el mitraismo. Sus seguidores adoraban al sol y celebraban su regreso con fuerza sea fecha. Los cristianos de aquel tiempo tomaron la fiesta de Saturno y se la impusieron al niño de Belén.

La fecha del 25 de Diciembre caía en medio de la Saturnalia.
Lejos de ser una invención contra los paganos romanos y pérsicos, el día del nacimiento de Cristo fue absorbido como una fiesta pagana. Los padres de la iglesia trataron de mantener la navidad como una celebración eclesiástica para romper la fuerte inclinación que existía hacia los ídolos. Los romanos paganos se volvieron cristianos pero la fiesta solar permaneció. La navidad es del mediterráneo y surgió antes de Cristo. Eruditos bíblicos admiten que Jesucristo no nació el 25 de Diciembre debido a la temporada de lluvias en Judea que se inicia por octubre 15. Los pastores en ese tiempo no tenían a sus rebaños dentro de los húmedos campos. No apacentaban a sus ovejas en ninguna época de Diciembre.

Los rebaños eran recogidos dos meses antes de los campos fríos de región de Judea.
Diciembre 25 era una fecha venerada por el antiguo paganismo y, fue el día que se escogió para el nacimiento de Jesús porque así lo quisieron los paganos. La obcecación de Diciembre 25 (como festival cristiano) data desde el siglo cuarto debido a la asimilación que tomo del festival mitraico del nacimiento del sol. Muchas prácticas de las naciones paganas se mezclaron con el cristianismo y fueron combinadas con ceremonias d la navidad. A Jesús lo convirtieron pagano sol de justicia. La navidad no es más que una contaminación, pero con diferente nombre de esta antigua festividad solar (Saturnalia.) La asimilación de Cristo con el dios del apareció en el siglo cuatro, y fue apoyada por Constantino y su legislatura, la cual conocía de que el dios sol era la divinidad principal. La navidad es del mediterráneo. No tenía solo siglos sino milenios cuando Cristo nació.

Otras Costumbres
Existen ejemplos del uso de los árboles de navidad, desde los decorados hasta el de pino. Al árbol de pino se le colgaban imágenes de la diosa Atts rodeado de listones en serie en un festival de primavera. El árbol de navidad se origino de costumbres paganas primitivas. Sus principales características, follaje verde y velas, se asociaban con el solsticio de invierno cuando la naturaleza parecía muerta y las ramas verdes y los arboles eran utilizados en rito maginos para asegurar el regreso de la vegetación.

Los Regalos
La costumbre de dar regalos en navidad se asocia con los regalos presentados a Cristo pero no intercambiaron regalos entre ellos mismos. Sus regalos a Cristo no fueron dados a causa de su nacimiento. Los regalos se los dieron porque Cristo era y sigue siendo la Realeza: el Rey. La gante del Este nunca se allegaba a la presencia de reyes o grandes personajes sin un regalo en sus manos. Los sabios nunca instituyeron una nueva costumbre, solo partica una antigua costumbre oriental de obsequiar regalos a un rey cuando iban ante su presencia. Los magos dieron honor a la persona de Cristo: “Nacido Rey de los Judíos.”

El Brindis
El brindis consistía en cantar villancicos de casa en casa o tomar en salud de alguien para su prosperidad. La poncharía de de Navidad (ingerir ponche una bebida embriagante suave) tiene su imagen con “el festival de la bebida de Babilonia” y muchas de las costumbres que se conservan aun entre nosotros en Navidad.

Las Velas
Las velas ardientes en la pascuas es una costumbre que viene desde la Saturnalia Romana. De estos pueblos germanos vienen muchas costumbres universales de la navidad.


El preludio pagano de una fiesta cristiana: ¿Por qué la Navidad se celebra el 25 de diciembre?

Alfredo Martorell
December 24th, 2007
Todos nos hemos preguntado alguna vez cómo es posible que el año, en la era cristiana, comience el 1 de enero, aunque el nacimiento de Cristo, punto de partida teórico del cómputo del tiempo en esta era, se haya fijado un 25 de diciembre. También es común otra pregunta: ¿Cómo es posible que Jesús haya sido adorado por pastores que custodiaban rebaños de ovejas, durmiendo al raso, en pleno mes de diciembre? ¿Eran pastores suicidas? Estas incoherencias del relato navideño cristiano suscitan siempre todo género de perplejidades.


Las fechas no encajan
El hombre de hoy suele despachar la contradicción encogiéndose de hombros o rechazando como “patraña” la integridad del hecho navideño. Pero estos fáciles expedientes se complican cuando constatamos que el 25 de diciembre era también una gran fiesta en el mundo romano, y que la noche del 24 al 25 de diciembre marca asimismo el solsticio de invierno, la noche más larga del año. La documentación histórica hará el resto: descubriremos así que tras la Navidad se oculta una de las constantes más profundas del alma de la cultura europea.

La Iglesia nunca creyó que Jesús naciera realmente el 25 de diciembre.
De hecho, la fecha exacta del nacimiento de Jesús es desconocida, porque en el Oriente antiguo no se celebraban los cumpleaños y allí, generalmente, los padres no recuerdan cuándo han nacido sus hijos. Se trata de costumbres que han durado hasta fecha reciente: en los censos elaborados en el Oriente Medio tras la descolonización, la mayor parte de los ciudadanos ignoraba su propia edad. Tampoco las Escrituras ayudan a despejar la incógnita. El Evangelio canónico más antiguo, que es el de Marcos, pasa completamente por alto la infancia de Jesús. Mateo sitúa su nacimiento en Belén, según la profecía de Miqueas, pero no nos especifica nada más. El prólogo añadido al Evangelio de Lucas, donde se dice que “había en la región unos pastores que pernoctaban al raso y de noche se turnaban velando sobre su rebaño” (2, 8), sugiere una fecha primaveral. La tradición posterior de la gruta de pastores no se encuentra en los evangelistas; parece que se refiere a un santuario del dios Adonis tardíamente anexionado por la Iglesia para su culto.

Nunca, pues, pudo la Iglesia primitiva fijar la fecha exacta del nacimiento de Jesús.
Existe constancia documental de que en el siglo II hubo amplios debates sobre este punto, y de que se saldaron con las afirmaciones más contradictorias. Clemente de Alejandría propuso la fecha del 18 de noviembre; otros señalaron el 2 de abril, el 20 de abril, el 20 o el 21 de mayo… Ésta última era la apuesta de los cronólogos egipcios. Pero un De Pascha Computus fechado en 243 afirma que la natividad se produjo el 28 de marzo. Los marcionitas, por su parte, negaron la mayor: Jesús había descendido directamente del cielo y apareció en Cafarnaún ya como adulto, durante el año 15 del reinado de Tiberio (Cf. Robert de Herté: “Petit dictionnaire de Noël”, en Etudes & Recherches, 4-5, enero 1977).

Había motivos religiosos y filosóficos que respaldaban la opción de quienes preferían dejar la cuestión sin respuesta: por eso Orígenes, hacia el año 245, consideró “inconveniente” ocuparse de festejar el nacimiento de Cristo “como si se tratara de un rey o un faraón”. Sin embargo, en esa misma época estaban apareciendo gran cantidad de protoevangelios y “evangelios de la infancia”, a cada cual más fantástico, que disparaban la imaginación de los fieles. Averiguar la fecha exacta de la natividad se había convertido en un problema de primer orden, seguramente porque en aquel tiempo la doctrina cristiana empezaba a configurarse como un corpus relativamente consolidado, obligado a no dejar ni una sola pregunta sin solución.

La Epifanía de Osiris/Dionisos
Fue así como empezó a aceptarse la propuesta formulada por los basilidianos de Egipto, una secta gnóstica semi-cristiana, seguidora de las enseñanzas de Basílides y que en la primera mitad del siglo II habían sugerido la fecha del 6 de enero. Los cristianos de Siria y después todas las comunidades de Oriente respaldaron la decisión. Pero, ¿por qué el 6 de enero? Porque esa fecha era ya, en el oriente del Viejo Mundo, la de la Epifanía (del griego epiphaneia, “aparición”) de Osiris y de su correspondiente griego, Dionisos, y la continuidad de estos dioses con Cristo era parte de la doctrina del mencionado gnóstico Basílides.

El 6 de enero era la fecha de la bendición de los ríos en el culto de Dionisos, que los griegos identificaron con el dios egipcio Osiris. Esta correspondencia venía justificada por profundas afinidades rituales. La epifanía o aparición de Dionisos tuvo lugar en la Isla de Andros, donde, en la noche del 5 al 6 de enero, manaba un “vino milagroso” que daba testimonio de la presencia invisible del dios. Respecto a la epifanía de Osiris, que también se festejaba en la misma fecha (el 11 Tybi, es decir, el 5/6 de enero), venía precedida por un periodo de duelo donde se lloraba al dios muerto en la época del solsticio de invierno; luego reaparecía Osiris y las aguas del Nilo se hacían vino. Todo el mundo greco-oriental celebraba en esta fecha fiestas semejantes. La fuente sagrada de Dionisos manaba vino también en el santuario de Teos.

Hay, además, una importante presencia femenina en estas fiestas de la Epifanía. Bajo el vino santo de Dionisos, Isis alumbraba a Harpócrates, el sol que volvía a nacer. En la astrología de la alta antigüedad, el 6 de enero marcaba el momento en que el sol salía por la constelación de la Virgen. En Alejandría se celebraban ceremonias en el templo de la Virgen, el Koreión, pues la Virgen había dado a luz a su hijo Aión, el Eterno, homólogo de Dionisos y Osiris. Este último rito es particularmente interesante: tras una vigilia de plegarías, los fieles bajaban a una cripta para retirar una estatua de un niño recién nacido que exhibía en la frente, las manos y las rodillas, las marcas de una cruz y una estrella de oro. Los fieles proclamaban: “La Virgen ha dado a luz; ahora crecerá la luz”. La Virgen… El carácter sagrado de la madre del Dios, ignorado y en ocasiones hasta negado en el ámbito judeocristiano, es una aportación específicamente europea al universo religioso del catolicismo. Isidro Palacios ha dedicado amplias páginas a interpretar el significado profundo de la Dama (Apariciones de la Virgen, Temas de Hoy, 1994). Esta fiesta del alumbramiento de Aión tenía un carácter cívico: Alejandro Magno había fundado Alejandría en el año —331 y, para asegurar la eternidad de la ciudad, la había consagrado a Aión, el Eterno.

Es evidente que el triple culto de Dionisos, Osiris y Aión determinó la opción de los basilidianos por el 6 de enero a la hora de fijar el nacimiento de Jesús, acontecimiento que en aquella época era idéntico a la Epifanía. Máxime cuando a esa misma fecha, y por el mismo motivo, se le atribuyen otros dos hechos milagrosos: el bautismo de Jesús en aguas del Jordán y el episodio de las bodas de Caná con la transformación del agua en vino. Estos episodios del culto cristiano guardan una clara relación ritual con las ceremonias acuáticas en el Nilo de Osiris, que era igualmente hijo de un dios y una mortal, como explica Luciano (Diálogos, IX, 2), y con la tradición griega y egipcia que conmemora las nupcias del dios solar y las aguas, incluida la transformación de éstas en vino. Pero no era sólo cuestión de gnósticos, como los basilidianos. En el cristianismo oriental de los primeros tiempos, la identificación de Cristo con el Sol es una constante. Hacia el año 170, Melitón de Sardes, obispo de Lidia, había comparado inequívocamente a Cristo con Helios, el dios Sol: “Si el Sol con las estrellas y la Luna se bañan en el océano, ¿cómo no iba Cristo a ser bautizado en el Jordán? El rey del cielo, príncipe de la creación; el sol levante que apareció también ante los muertos del Hades y los muertos de la Tierra, ha ido, como un verdadero Helios, hacia las alturas del cielo”.

De manera que en el siglo IV, y empujado por la fuerza de esta memoria mítica, todo el Oriente cristiano está ya celebrando el nacimiento de Jesús el 6 de enero. En 386 se ha decidido oficialmente que las dos grandes fiestas cristianas son Pascua y Epifanía. Un año antes, el papa Siricio, recién entronizado en la Silla de Pedro, había calificado la fecha del 6 de enero como “Natalicia”.

Nos hallamos aquí en presencia de un fenómeno que los antropólogos conocen por sincretismo, a saber, la conjunción de dos o más rasgos culturales de origen diferente que dan lugar a un nuevo hecho cultural. La Europa suroriental de los primeros siglos de nuestra era, donde confluían las tradiciones griega, egipcia y judeo-cristiana, junto a muchas otras ramas de la religiosidad del oriente próximo, fue terreno abonado para este género de fenómenos. Pero si el carácter sincrético de la Epifanía cristiana del 6 de Enero es evidente, igualmente lo será la otra gran tradición navideña: la de celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre.

La fiesta del Sol Invicto
Efectivamente, mientras la Iglesia de Oriente adopta el 6 de enero como fecha de la Natividad, en el occidente de Europa se empieza a adoptar la fecha del 25 de diciembre. Y también aquí el origen es pre-cristiano: en este caso no Osiris ni Dionisos, sino Mitra, aquel dios solar de los persas, seguramente derivado del Mitra indio, y que las legiones romanas trajeron a Europa. El culto de Mitra, aunque se remonta a los siglos VII y VI, conoció un formidable impulso en la Roma del siglo II. De hecho, esta época conoció una dura competencia entre el cristianismo y el mitraísmo, pues ambas, que compartían muchos elementos comunes (la idea de redención, la salvación de las almas después de la muerte, etc.), pugnaban por convertirse en la religión dominante de un Imperio que había ya abandonado a sus viejos dioses. Y los mitraístas festejaban el renacimiento de Mitra todos los años, el 25 de diciembre, justo en medio del periodo del solsticio de invierno, después de las saturnales romanas.

Además, hay que tener en cuenta que en esta misma época los pueblos bárbaros —esto es, los nada o poco romanizados— seguían celebrando en torno al 25 de diciembre sus viejos ritos solsticiales, que no festejaban un fenómeno astronómico, sino su simbolismo: el nacimiento eternamente renovado de la luz. Así la Iglesia consideró bueno operar en su provecho un hábil sincretismo. ¿Acaso la Biblia no llama al Mesías “el Sol de la justicia”, como escribió Malaquías?

En efecto, el 25 de diciembre era en Roma la fiesta del Sol Invicto. Según cuenta Macrobio, ese día los fieles se dirigían a un santuario de donde sacaban una divinidad del Sol, representado como un niño recién nacido. Las enseñas del emperador Juliano portaban el lema Soli Invicto. En el calendario de Philocalus, en el año 354 (que, por cierto, fue descubierto y dado a conocer por Theodor Mommsen), el 25 de diciembre se señalaba como Dies natalis Solis invicti; junto a la primera mención del nacimiento de Cristo y la indicación del nacimiento de Mitra. Y esta fecha, el día del sol invicto, venía a coincidir también con la vieja tradición de la Europa precristiana de celebrar el solsticio de invierno, que ha sido una de las fiestas más importantes de los pueblos indoeuropeos y que como tal ha sobrevivido en todas las culturas que éstos han creado.

El solsticio de invierno marca el momento de las noches más largas del año; el sol parece estar a punto de extinguirse. Este periodo dura doce noches, desde el 25 de diciembre hasta el 6 de enero. Según la tradición, en este tiempo los reinos de los vivos y los muertos entran en comunicación. Encontramos este motivo mítico en los celtas, los griegos, los germanos y los indios védicos. Pero, lejos de significar un tiempo de oscuridad, los antepasados de los europeos lo celebraban como anuncio indudable del próximo retorno del Sol y del renacimiento de la vida que no muere bajo el frío invernal.

Hoy se reconoce de forma prácticamente unánime que fue la pre-existencia de esta fiesta pagana lo que llevó a la Iglesia a fijar el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre. Escuchemos a Arthur Weigall: “Esta nueva fecha fue elegida enteramente bajo influencia pagana. Desde siempre había sido la del aniversario del sol, que se celebraba en muchos países con gran alborozo. Tal elección parece habérsele impuesto a los cristianos por hallarse éstos en la imposibilidad, ya fuera de suprimir una costumbre tan antigua, ya fuera de impedir al pueblo que identificara el nacimiento de Jesús con el del Sol. Así hubo que recurrir al artificio, frecuentemente empleado y abiertamente admitido por la Iglesia, de dar una significación cristiana a este rito pagano irreprimible” (Survivences païennes dans le monde chrétien, París, 1934). Esta misma tesis es admitida por numerosos autores cristianos. Credner, en 1833, señalaba: “Los Padres transfirieron la conmemoración del 6 de enero al 25 de diciembre porque la costumbre pagana quería que se celebrara en esta fecha el nacimiento del Sol, encendiendo velas en signo de alegría, y porque los cristianos tomaban parte en estos ritos y festejos. Cuando los doctores vieron cuán ligados seguían los cristianos a esta fiesta, tomaron la decisión de hacer que la Natividad se celebrara en este día” (“De natalitiorum Christi origine”, Zeitsch, Hist. Theol., III).

Jesús como Sol
La fusión, no obstante, presentaba sus riesgos desde el punto de vista doctrinal, porque la identificación entre Cristo y el Sol llegaba, en las prédicas de los propios padres, a extremos demasiado paganizantes. Así en el siglo IV San Efrén, en su Himno a la Epifanía, había desarrollado una explicación absolutamente solsticial del misterio cristiano: “El Sol es victorioso y misterio son los pasos con que se eleva. Ved que hay doce días desde que el sol se eleva en el cielo, y hoy henos aquí en el décimo tercer día. Símbolo perfecto del Hijo y sus Doce apóstoles. Vencidas las tinieblas del invierno, para demostrar que Satán ha sido vencido. El Sol triunfa para demostrar que el hijo único de Dios celebra su triunfo”. Este tipo de interpretaciones se hicieron muy frecuentes en los primeros tiempos: la fiesta del Sol todavía tenía más arraigo popular que la conmemoración de la Natividad. No es extraño que San Agustín, en sus Sermones, suplicara a sus contemporáneos que no reverenciaran el 25 de diciembre como día únicamente consagrado al Sol, sino también en honor a Jesús.

Un testimonio más tardío, el de Beda el Venerable, a principios del siglo VIII, nos ofrece detalles muy concretos sobre cómo se aplicó el sincretismo cristiano sobre el solsticio pagano. Así, en la Historia Ecclesiastica gentis Anglorum del célebre monje benedictino, leemos que en el año 601 el papa Gregorio I encomendó a los misioneros ingleses, sobre todo a Melitus y Agustín de Cantorbery, desviar de su sentido originario las costumbres paganas más arraigadas, y no combatirlas abiertamente: “No destruyáis los santuarios donde se sientan sus ídolos —explicaba el papa—, sino sólo los ídolos que están en esos santuarios. Consagrad el agua traída a tales templos y levantad allí altares… de forma que el pueblo, viendo que sus templos no son destruidos, renuncie a sus errores y reconozca y adore al verdadero Dios. (…) Y si tienen el hábito de sacrificar bueyes a los demonios, ofrecedles alguna celebración en lugar de ese sacrificio… Que celebren fiestas religiosas y honren a Dios con sus fiestas, de modo que puedan conservar sus placeres exteriores, pero estando mejor dispuestos a recibir los gozos espirituales”.

La primera mención latina del 25 de diciembre como fecha de la Navidad se remonta al año 354.
Sin embargo, no existe constancia de que en tal época celebrara la Iglesia fiesta alguna. La tradición dice que la fiesta de la Navidad fue instituida por el papa Julio I, cabeza visible de la Iglesia entre 337 y 352, pero no hay ningún documento que permita asegurarlo. Más probable parece que fuera un poco más tarde, bajo el reinado del emperador de Occidente Honorio, entre los años 395 y 423, cuando la Natividad del Señor el 25 de diciembre se convirtió en fiesta religiosa, puesta en pie de igualdad con la Pascua y la Epifanía, quedando esta última reducida únicamente al episodio de los reyes magos, y asimilándosele las bodas de Caná y el bautismo en el Jordán. No obstante, esto acontecía sólo en la Iglesia de Occidente, porque en Oriente la Navidad seguía celebrándose como Epifanía, el 6 de enero: existe constancia de que a finales del siglo IV así ocurría en Chipre y en Jerusalén; Juan Crisóstomo, en una de sus prédicas en Antioquía el día de Pentecostés, sólo cita tres grandes fiestas cristianas, a saber, Epifanía, Pascua y el propio Pentecostés. No será hasta el 440 cuando la Iglesia decida oficialmente celebrar el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre. Aún así, ésta no constituirá fiesta obligatoria hasta que así lo decida el Concilio de Agde, en el 506. Y habrá que esperar al año 529 para que el emperador Justiniano la implante como día festivo.

La fecha del 6 de enero quedaba notablemente disminuida respecto a la nueva fecha de la Navidad.
Para facilitar el cambio, la Iglesia recurrirá a un desdoblamiento doctrinal: la Navidad, el 25 de diciembre, conmemora el nacimiento físico de Jesús (natalis in carne); la Epifanía, el 6 de enero, celebrará el “segundo nacimiento”, espiritual, de Cristo, simbolizado por el bautismo en aguas del Jordán. Esto no dejará de producir violentos conflictos entre las iglesias latina y oriental. Las comunidades de Siria y Armenia declararán desde el primer momento su horror por la elección de un día como el 25 de diciembre, reconocido como marcadamente pagano: acusarán a los “occidentales” de idolatría y seguirán fieles al 6 de enero, olvidando que esta fecha, la escogida por los seguidores de Basílides, también era de origen pagano.

En Europa la tradición era poco a poco unificada, los viejos textos litúrgicos sobre la Epifanía eran “corregidos” para encajar las innovaciones y los sacerdotes celebraban en Cristo la lumen lumine (“luz de luz”, expresión retomada de la liturgia mitraísta: “llama nacida de la llama”). Con el transcurrir del tiempo, siglos más tarde, la Epifanía irá perdiendo importancia en la Iglesia de Occidente y quedará reducida al episodio de los Magos, mientras que el bautismo en aguas del Jordán se transferirá al 13 de enero. Recientemente, en 1972, la Iglesia de Roma romperá una vez más la tradición y hará de la Epifanía una fiesta móvil, para satisfacer “fines ecuménicos”. Mientras tanto, en Oriente, la Epifanía alcanzaba una importancia que jamás conocerá en Occidente: en el imperio bizantino, el agua de Epifanía será durante mucho tiempo bendecida y asperjada sobre los fieles, costumbre ritual que no llegará a la iglesia latina hasta el siglo XV. Todavía hoy, la Iglesia armenia, sometida al rito jerosolomitano, rechaza la fecha del 25 de diciembre; los cristianos coptos de Egipto aún celebran el 11 Tybi (6 de enero) el Aïd-el-Ghitas o “fiesta de la inmersión”.

Esta actitud de rechazo no será excepcional en la historia del cristianismo.
Los maniqueos, por ejemplo, siempre se negaron a reconocer la fecha del 25 de diciembre. Lo mismo hicieron numerosos grupos protestantes. En la Inglaterra de Cromwell, las celebraciones de Navidad fueron suprimidas por la violenta hostilidad de los puritanos hacia todo cuanto pudiera recordar ese origen pagano. La Navidad no se restableció hasta 1660, tras la restauración de Carlos II. En Escocia, la Navidad fue prohibida en 1583 y se arbitraron graves sanciones para quien la festejara. Todavía hoy, numerosas sectas cristianas, como los Testigos de Jehová, rehúsan celebrarla.