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sábado, 3 de abril de 2010

LA PRIMERA PIEDRA


POR: Gustavo Benites Jara
Hay sacerdotes que han dejado imperecedera huella en nuestro tiempo: Thomas Merton, autor de la fascinante autobiografía “La Montaña de los siete círculos” y del singular texto pleno de fulguraciones místicas “Nuevas Semillas de Contemplación”: fue maestro de Ernesto Cardenal, el magnífico poeta nicaragüense de los “Salmos” y “Oración por Marilyn Monroe”; Camilo Torres, que ofrendó su vida por la liberación de los oprimidos; Monseñor Romero, heroico y paciente, con aguda conciencia que sería asesinado por la derecha salvadoreña y que, sin embargo, no traicionó a sus fieles ni a sí mismo; Damián de Molokai, que dio su juventud, ¡oh locura!, para servir a los leprosos hasta morir devorado por la terrible enfermedad; Teilhard de Chardin, eminente científico, autor de trabajos centrales como “El fenómeno humano” y “El porvenir del hombre”; Gustavo Gutiérrez, maestro excepcional, fundador de la Teología de la Liberación, paradigma de vida sencilla y de servicio al pueblo.
Pero al lado de estos sacerdotes ejemplares, que seguramente tuvieron en su corazón la lucha de las dos ciudades agustinianas, Civitas Dei y Civitas Diaboli, hay otros que son una verdadera catástrofe y repudiables en grado sumo: los pederastas. Pero no sólo los de hoy, que escandalizan al mundo entero, sino los de ayer también (cf. Pepe Rodríguez: “Pederastia en la Iglesia Católica”), como el cardenal austriaco Hans Hermann Groer, “un protegido de Juan Pablo II que gozó del apoyo y encubrimiento del Vaticano”; el sacerdote Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo en México; el polaco Julies Paetz, “un arzobispo sexualmente voraz que el Papa no pudo salvar”; el arzobispo argentino Edgardo Storni, “que ponía a Dios como avalador de la bondad de sus abusos sexuales”. Y de notorios encubridores como el obispo chileno Tomás González, “que presumía más cualidades en los curas pedófilos que en sus víctimas”; el cardenal norteamericano Bernar Law, el español Ricard Carles Gordo, el prelado francés Pierre Pican, el obispo irlandés Brendan Comiskey. Y una estremecedora lista de sacerdotes pederastas a lo largo y ancho de Latinoamérica.
Sin embargo, a pesar de su atrocidad imperdonable, hay quienes pretenden atenuar esos abominables actos apelando a la idea de que todos somos pecadores y que por ello no tenemos derecho a juzgar ni podemos tirar la primera piedra, usando así, torvamente, el mensaje crístico para encubrir a esos delincuentes eclesiales.
Pero sí, sí podemos tirar la primera piedra contra aquellos que sometieron, violaron, pervirtieron y destrozaron la vida de centenares de niños en el mundo entero; contra los que sodomizaron a los infantes sordomudos y contra los jerarcas que no dijeron nada y en los hechos promovieron la proterva conducta de sus ministros. Sí podemos y debemos tirar la primera piedra contra los obispos, arzobispos, sacerdotes y toda su cohorte de nefandos alcahuetes, y exigir a la misma Iglesia y a la justicia ordinaria de cada país la pena que merecen por el horrendo crimen cometido.
¿No les bastó a numerosos jerarcas ser cómplices de la explotación capitalista, de la represión, la tortura y las desapariciones, como en Argentina, y usar sus sermones para justificar y promover la deshumanizante economía neoliberal?
Por eso, no podemos callar, sino arrojar la primera, la segunda y la tercera piedra, y todas las que fueran necesarias. Y si bien es cierto tenemos una viga en nuestro propio ojo - ¿quién nos la arrancará, que ya mucho nos hace sufrir? -, nada se puede comparar a lo cometido por estos delincuentes, cualquiera sea su estado o jerarquía, y para quienes no cabe remisión alguna, pues como dijo Cristo “el que escandalizare a uno de estos pequeños más le valdría que le atasen una piedra de molino al cuello y lo echasen al mar”. La justicia común y la canónica ya tienen el camino trazado por el propio Redentor, y no cabe más disimulo, encubrimiento, alcahuetería ni criminal complicidad.

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