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lunes, 30 de mayo de 2016

NUEVO SOCIALISMO Y CRISTIANOS DE IZQUIERDA

Pedro José Gómez Serrano

El objetivo explicito de esta investigación consiste en explorar las posibilidades de que la cultura cristiana liberadora pueda enriquecer a la tradición política de izquierdas cuyos referentes ideológicos se encuentran hoy en día bastante diluidos o, al menos, muy debilitados y que parece necesitada de encontrar una nueva fundamentación utópico-moral para recomponer su identidad en la época del capitalismo globalizado. 

Pedro José Gómez Serrano, profesor de Economía Mundial, Universidad Complutense de Madrid 
 
Hace varios meses Ediciones HOAC publicaba un nuevo trabajo de Rafael Díaz-Salazar dedicado a reflexionar sobre la potencial fecundidad del dialogo entre las tradiciones del socialismo democrático y del cristianismo liberador, asunto éste que está siendo objeto de debate en los últimos años en varios foros de discusión y que cuenta, dentro de las organizaciones políticas o sindicales de izquierda, tanto con simpatizantes como con detractores. El autor, firme partidario de la colaboración entre ambas matrices culturales y éticas, realiza un análisis histórico y sociológico de la relación entre ambas instancias, abordando, de modo simultáneo, cuestiones teóricas y prácticas.

El objetivo explicito de esta investigación consiste en explorar las posibilidades de que la cultura cristiana liberadora pueda enriquecer a la tradición política de izquierdas cuyos referentes ideológicos se encuentran hoy en día bastante diluidos o, al menos, muy debilitados y que parece necesitada de encontrar una nueva fundamentación utópico-moral para recomponer su identidad en la época del capitalismo globalizado. 

La contribución de los cristianos de izquierda al pensamiento y la práxis de las formaciones socialistas y comunistas ha sido admitida y valorada en la mayoría de los países de Europa Occidental pero, en España, la cuestión no ha dejado de plantearse con muchos recelos derivados, en parte, de la vieja pugna entre el clericalismo y el anticlericalismo que ha caracterizado a nuestra sociedad.

Junto a la relevancia del asunto tratado, otras dos cuestiones hacen sumamente interesante el trabajo de Rafael Díaz-Salazar. En primer lugar, permite recuperar parte de la historia de la aportación de los cristianos a la construcción del movimiento obrero en España, tanto por lo que se refiere a la elaboración de pensamiento crítico como a la generación de organizaciones sindicales y políticas. 

Se trata de una cuestión de justicia, pues esta importante contribución ha sido muchas veces olvidada o minusvalorada en el discurso oficial de la izquierda y se encuentra por completo ausente en los simplistas esquemas mediáticos que reproducen un imaginario en el que la religión cristiana se sitúa siempre en el lado del conservadurismo político. 

Por otra parte, resulta de gran interés el marco teórico que Díaz-Salazar propone para analizar y evaluar las posibles relaciones que cabría establecer entre lo religioso y lo político o, más en concreto, entre el cristianismo liberador y una nueva izquierda, abierta a la pluralidad de movimientos sociales que hoy promueven un cambio emancipador y solidario.

¿Desde donde se plantean las cuestiones básicas de este estudio de sociología político-religiosa? A mi parecer, desde una indudable simpatía hacia ambas corrientes sociales (la socialista y la cristiana), que deja traslucir una evidente implicación personal en la problemática objeto de análisis. Esta perspectiva dota a todo el libro de una sana carga de apasionamiento, pero lleva al lector a preguntarse, en numerosas ocasiones, cuándo se está analizando científicamente "lo que es" y cuándo el texto está expresando los deseos del autor sobre lo que "deberían ser" las relaciones entre ciertos grupos critianos y el movimiento socialista. 

Lo cual lleva, a mi modo de ver, a una lectura un tanto embellecida de la aportación cristiana a la transición social y política en España. Siendo los hechos rememorados, ciertos y significativos, se percibe, no obstante, cierta falta de autocrítica respecto al movimiento obrero cristiano, tanto por lo que se refiere a su comportamiento global como a su relevancia real eclesial y social.

La estructura de la investigación afronta cuatro cuestiones de indudable interés. En primer lugar, se analiza la evolución de las relaciones entre política y la religion en la España contemporánea distinguiendo tres grandes etapas: años treinta, franquismo y democracia. A lo largo de menos de un siglo se asistiría a la sorprendente aparición de un sector de Iglesia muy significativo, cuantitativa y cualitativamente, que no se alinearía dentro del conservadurismo político, sino entre los sectores socialmente más progresistas.

Precisamente, el capítulo segundo del libro aborda la descripción de las señas de identidad de la cultura política de los cristianos de izquierda. En el terreno del pensamiento destacaba el radicalismo ético y político de sus planteamientos (originado de forma autónoma en un contexto social tan adverso como el del franquismo); en el terreno práctico, tendrá mucha importancia la adopción de una metodología formativa activa y experiencial (con sus tres momentos del "ver", "juzgar" y "actuar") orientada a la promoción de militantes que, por su parte, prefirieron realizar su vocación en el seno de organizaciónes de clase no confesionales a crear partidos o sindicatos católicos. 

Algunos analistas consideran que los movimientos obreros cristianos especializados desempeñaron una función crucial: hicieron posible una transformación de la mentalidad de muchos trabajadores en una perspectiva de izquierdas, que habría sido imposible de otro modo, dado el recelo inicial de la mayoría de los obreros hacia las organizaciones socialistas y comunistas tradicionales. 

La tercera parte del ensayo de Díaz-Salazar analiza el contenido específico de las propuestas políticas de los cristianos de izquierda. Quienes elaboraron la reflexión de estos grupos se caracterizaron mayoritariamente por efectuar una crítica cristiana radical de la civilización capitalista que les llevaba a propugnar la construcción de un modelo autogestionario de socialismo. 

La transición política española descolocó a este sector de militantes obreros que se "quedaron solos" tanto en el seno de la Iglesia como en el entorno social. Tres factores originarían una severa crisis en este colectivo católico: la reacción conservadora eclesial temerosa del contenido crítico de este movimiento, la extensión de la secularización religiosa que deslegitimó la motivación cristiana de la acción social y el auge sociocultural del neoliberalismo que convirtió en inviables las propuestas políticas del igualitarismo autogestionario muy, alejado de las aspiraciones moderadamente reformistas de la mayor parte de la sociedad española. 

Esta triple crisis conduce, actualmente, a la búsqueda de nuevas ubicaciones sociales y formulaciones ideológicas. En el último capítulo de su investigación, Rafael Díaz-Salazar realiza un estudio comparativo de las distintas políticas que los partidos socialistas europeos han adoptado respecto al colectivo cristiano progresista que es, sociológicamente, una de las bases más amplias entre sus votantes. Es en este terreno donde se descubre una anomalía en el caso español que, de forma general, no ha prestado atención a la creación de un marco de diálogo y mutuo enriquecimiento, que sí es habitual en el resto de Europa Occidental.

Con todo, el trabajo de Díaz Salazar tiene una pretensión eminentemente práctica, presenta varias conclusiones operativas y abre un abanico de cuestiones que pueden ser importantes para ampliar y profundizar el debate político en nuestro país. Enumeramos alguna de las tesis e interrogantes más importantes en la confianza de que puedan estimular el pensamiento de los colectivos de izquierda:
  1. La cultural actual ha consagrado el objetivo de alcanzar el máximo bienestar material posible a realizar desde una perspectiva individualista. Ello ha supuesto una clara erosión de los valores de la solidaridad, la igualdad y la justicia que constituyen el nucleo de las cosmovisiones cristiana y socialista. ¿No surge en el terreno de la denuncia de la ideología dominante un campo de cooperación que puede ser fecundo?
  2. Para que el socialismo obtenga una base social amplia, desde la que impulsar políticas que atiendan tanto a la eficiencia como a la equidad, hace falta que exista un humus ético-cultural de valores universales compartidos. Sin él, la política acaba siendo presa del pragmatismo o se pone al servicio de aquellos que mejor pueden defender sus intereses: los poderosos. ¿No podrían sumar las tradiciones cristiana y socialista su capital simbólico humanitario y universalista para reconstruir la cultura de la solidaridad?
  3. Hay una lectura de la fe cristiana y una praxis relativamente extendida entre los creyentes que poseen una clara potencialidad crítica, emancipatoria y esperanzadora, que se verifica en numerosos lugares del planeta. Esta fe en clave liberadora muestra una notable resistencia frente a la seducción del programa neoliberal. ¿Debe la izquierda mantener su discurso crítico y monolítico frente a toda forma de experiencia religiosa, apelando a su carácter filosóficamente alienante y políticamente conservador o debe, por el contrario, diferenciar entre distintos tipos de concrección del cristianismo y estudiar la posibilidad de diseñar estrategias diferenciadas e incluso alianzas sociales?
  4. Es preciso clarificar si este tipo de cristianos progresistas son mayoría, minoría o pura anécdota en el actual panorama eclesial y social para poder valorar si una política específica hacia ellos puede tener un verdadero interés práctico. No hay duda de que, en el pasado, la Iglesia española fue matriz de sensibilidad ética y militancia sociopolítica. Pero dado el proceso de secularización al que hemos asistido en las últimas décadas, ¿cabe esperar que los grupos de Iglesia sigan siendo capaces de continuar su labor educativa hacia la vocación social y generar, en consecuencia, sujetos transforadores de la realidad?
  5. En el caso de que las cuestiones anteriores se contestaran positivamente aún quedarian muchos asuntos para clarificar: ¿A qué nivel cabe la colaboración? ¿En que terrenos debe realizarse una crítica mutua constructiva? ¿Qué lugar le corresponde a lo religioso en la política y cual debe ser la actitud política ante lo religioso?... Son interrogantes que habrán de abordarse en otra ocasión

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