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miércoles, 4 de enero de 2012

DEL HUERTO A LA CIUDAD

Una mirada al propósito de Dios.
Del huerto a la ciudad

POR: Marcelo Díaz
El libro de Génesis contiene a lo menos dos relatos identificables acerca de la Creación. El primero, que comprende el capítulo uno, describe los inicios de todas las cosas en espacio de seis días, más un día de reposo, con una narración maravillosa de la acción creadora de la Palabra, que crea, separa y ordena el universo, dejando su huella divina en cada intervención con la expresión: «Y vio Dios que era bueno».

El hombre en Edén
Al adentrarnos en el capítulo dos, el lente bíblico se aproxima a narrarnos detalles de cómo fue la creación del hombre y la mujer. La acción poderosa de Dios se muestra paternal, afectiva, donde prima la relación. Dios crea al hombre del polvo de la tierra, «cariñosamente» sopla en su nariz aliento de vida. Escena que tipifica la de un padre y su hijo. De esta manera, Adán por primera vez abre sus ojos, y su retina retiene el rostro de Dios, su Padre. Como dice el evangelio: «Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38).
El hombre Adán despierta a la vida y recibe la impronta divina, el apego necesario para subsistir, pues el sentido del hombre está siempre en Dios.
El hombre recibe cuidados y es introducido en un huerto llamado Edén, cuyo significado es Delicia. Este nombre nos revela las condiciones en las cuales Adán fue acogido por Dios. El lugar era placentero, Dios mismo «se paseaba al fresco del día…» (Génesis 3:8).
Todo hace pensar que Edén concentraba un ambiente armonioso. Dios tenía un especial interés en esta tierra. En ella veía lo bueno de su creación. Razón por la cual le dio al hombre un doble propósito al introducirlo en ella, que se registra explícitamente en las Escrituras. «Entonces el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto, para que lo cultivara y lo cuidara» (Génesis 2:15).
La tarea del hombre era aplicar sus fuerzas a trabajar la tierra y cuidar de cada una de las especies que allí brotaban. Especies que le proporcionarían diversos y exquisitos frutos, en especial del Árbol de la Vida que estaba en medio del huerto. También había en este huerto otro árbol importante, cuyo fruto sería el conocimiento del bien y del mal. La administración de este conocimiento era para Dios de suma importancia; por esta razón le era necesario guardarlo en un lugar seguro y de su confianza.
Para la tarea encomendada de labrar la tierra, Adán contaba con las riquezas del huerto, pues del mismo brotaba un río que regaba toda la tierra, ramificado en cuatro brazos, río que las Escrituras más adelante llamarán río de vida (Apocalipsis 22:1).
Allí vivía Adán, en medio de un clima placentero, cuya misión era cultivar y cuidar el huerto de Dios.

Una ayuda que le corresponda
Más tarde, Dios pensó: «No es bueno que el hombre este solo, le haré una ayuda idónea» (Génesis 2:18). Otra vez vemos a un Dios preocupado del hombre. La tarea encomendada sería fatigosa, requeriría ayuda y compañía. Entonces, tiernamente diseña una mujer, cuya definición por naturaleza es «ayuda idónea». Literalmente, el texto hebreo traduce: una ayuda que le corresponda.
Qué curioso: Dios vio que Adán necesitaba una correspondencia, alguien que co-responda a sus necesidades, con quien obtenga mutualidad. Adán no encontró esta correspondencia en los animales, ni aún en la más delicada e inteligente de las especies. Por eso Dios, del mismo Adán, saca a Eva, haciéndolo caer en un profundo sueño. Él no sabía que intrínsecamente escondida en sus huesos, estaba «ella», a quien la llama ishshah, pues de ish fue tomada. Ella sería capaz de responder a sus más íntimas necesidades. De esta manera, ambos podrían llevar a cabo la misión encomendada por Dios, de labrar y cuidar su huerto.
En resumen, tenemos en el capítulo 2 de Génesis, una pareja creada en el afecto de Dios Padre, con una misión especial: servirle en el huerto de su delicia. Ahora sí el hombre estaría en posición de trabajar y cuidar el huerto de Dios; la ayuda necesaria había llegado para incorporarse al trabajo supremo.

El propósito de Dios
Pero, ¿qué esperaba Dios del trabajo del hombre? ¿Qué proyección tenía Dios con cultivar y cuidar el huerto? La respuesta la encontramos en la similitud que existe entre los primeros y los últimos capítulos de la Biblia. Al leerlos detenidamente, observamos que lo que se inició rudimentariamente en el Génesis con un pequeño huerto, termina en Apocalipsis con una gran edificación, en cuyo contenido existen los mismos elementos descritos en el Génesis.
¿Cómo unimos estas dos realidades? La respuesta la encontramos en la Iglesia, pues ambas son una figura de ella. Salomón escribe al respecto: «Huerto cerrado eres, oh hermana, esposa mía; fuente cerrada, fuente sellada. Tus renuevos paraíso de granados, con frutos suaves, de alcanfor y nardos, nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso; mirra y áloes, con todas las principales especias. Fuente de huertos, pozo de aguas vivas, que corren del Líbano. Levántate, Aquilón, y ven, Austro; sopla mi huerto, despréndanse sus aromas. Venga mi amado a su huerto, y coma de su dulce fruta. Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía; he cogido mi mirra y mis aromas; he comido mi panal y mi miel, mi vino y mi leche he bebido» (Cantares 4:12-5:1).
La mujer se identifica con un huerto donde el amado es invitado a entrar para disfrutar de sus frutos. Qué escena más preciosa. Cristo, representado en el esposo, entra a la tierra fértil de un huerto que representa a la iglesia. Efectivamente, concluimos que el huerto es figura de la iglesia.
Más adelante, el apóstol Pablo escribiendo a la iglesia en Corinto, une la figura del huerto y el edificio en alusión a sus destinatarios: «¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa, aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor, porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo, como perito arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1ª Cor. 3:5-10).
Las palabras claves en este texto son: «Y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios». Indudablemente, Pablo identifica a la iglesia con una tierra fértil donde se planta y riega la semilla; tierra que debe ser labrada, es decir trabajada y cuidada, referencia exacta a la encomienda de Adán.
Pero Pablo va más allá, porque añade lo que llegará a ser este huerto al ser trabajado y cuidado a través del tiempo. Es decir, el Edificio de Dios, cuyo fundamento es Jesucristo. Figura que calza exactamente con la última revelación de lo que llegará a ser la Iglesia descrita en la visión del apóstol Juan. «Ven acá y te mostraré la desposada, la esposa del Cordero… y me mostró la gran ciudad…que descendía del cielo, de Dios, teniendo la gloria de Dios…tenía un muro alto y grande con doce puertas…Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos…La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura…Y midió su muro… El material de su muro era…La calle de la ciudad era de oro…Después me mostró un río limpio de agua de vida… En medio de la calle de la ciudad a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la Vida, que produce doce frutos… y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones (Apoc. 21:9-22:5).
En consecuencia, lo que comenzó con un huerto terminará con una gran ciudad, en cuyo edificio se encuentra, inalterable, el árbol de la Vida.

Nuestra participación
¿Cuál es tu participación en este macro proyecto de Dios? La encomienda dada a la primera pareja sigue siendo hoy la misma. Nuestra mayor dedicación en la vida es trabajar la tierra de Dios, para que pronto llegue a ser el edificio donde él depositará definitivamente su Gloria.
La iglesia cumple con estas dos figuras. Labranza y edificio, huerto y ciudad. De modo que nuestro esfuerzo y sentido de vida debe estar en edificar la Iglesia de Jesucristo. Trabajad, que la trasformación de la labranza llegará a ser la ciudad edificada, cuyo crecimiento está en las manos del que prometió: «Edificaré mi Iglesia».

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