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sábado, 8 de noviembre de 2014

LOS EVANGÉLICOS LATINOAMERICANOS ANTE EL DESAFͬO DE LA CORRUPCIÓN

LOS EVANGÉLICOS LATINOAMERICANOS ANTE EL DESAFÍ­O DE LA CORRUPCIÓN

POR ARNOLDO WIENS
“La corrupción es un problema moral y espiritual de efectos muy perniciosos para la sociedad toda.10 La profundización acerca de las causas radicales de la corrupción es uno de los aspectos ausentes en la investigación contemporánea en torno al tema. Por eso, el cristianismo tiene un aporte único que brindar en tal sentido. Si la causa más profunda de la corrupción es la moral, la fe cristiana debe plantear soluciones.”
La investigación del tema de la corrupción ha sido hasta el momento un desafí­o que se han planteado, preferentemente, los economistas, juristas, polí­ticos y sociólogos. Las mejores investigaciones al respecto han surgido en los últimos cinco años, lo que no implica que no existiera corrupción anteriormente. Este hecho sí­ sugiere que la corrupción estructural y generalizada como se la conoce en América Latina se ha convertido en un problema que amenaza la seguridad, el progreso y la existencia misma del continente.
La iglesia cristiana, inmersa en un contexto de corrupción, aún no ha ofrecido una respuesta ni es una alternativa válida en muchos casos. La influencia secularizante ha sido tal que el divorcio entre la teologí­a y la ética cristiana es muy evidente. La corrupción ya no es sólo un mal social sino que está presente, como nunca antes, en muchas iglesias cristianas y en sus estructuras denominacionales. Buscando dar una respuesta a esta realidad, surge el siguiente desarrollo.

DEFINICIONES, CAUSAS Y CARACTERÍ­STICAS DE LA CORRUPCIÓN
Según Mariano Grondona, la raí­z indoeuropea de la palabra corrupción es reut, que quiere decir arrebatar. Se refiere a quitar o tomar alguna cosa con violencia y fuerza.1 La corrupción se refiere al acto de desnaturalizar y desviar una cosa del fin hacia el cual tiende naturalmente. Se refiere a la descomposición, desorganización de las partes de un todo, depravación, perversión, desmoralización. Es la disgregación o ruptura de los elementos de un ser compuesto; por tanto, una mudanza o cambio negativo de una manera de ser a la negación de la misma. Las Naciones Unidas definen la corrupción como «utilización ilegal de un cargo público en provecho propio. El término "ilegal" significa que existen leyes o reglamentos que rigen la conducta de las personas que desempeñan cargos públicos.»2Esencialmente, la corrupción tiene como punto de partida el hecho de que una persona pone sus intereses personales por encima de las personas y de los ideales a los cuales está comprometida a servir. Una definición más técnica dice que corrupción es igual a monopolio más discrecionalidad menos transparencia: C = M + D - T.3
Se debe diferenciar entre un «acto corrupto» y un «estado de corrupción». Los actos corruptos se dan en todas las latitudes y sociedades. Generalmente, al ser detectados los responsables, son procesados y castigados. Tales hechos se registran especialmente en las altas esferas de la mayorí­a de los paí­ses del Primer Mundo. Los actos de corrupción tienen que ver básicamente con un conflicto de intereses. Los mismos se dan cuando una persona obligada moral o legalmente hacia un interés ajeno lo pospone, dando prioridad a su interés propio.
Según Grondona, los actos de corrupción pueden ser clasificados según su gravedad. «El primer grado es el de la propina o regalo que se ofrece como signo de gentileza o gratitud. El segundo grado es la exacción, esto es, la extorsión de un funcionario a un ciudadano para que pague para obtener lo que, de todos modos, le es debido. Por último existe el cohecho, para el que se ofrece o se da para que un funcionario haga lo que no es debido.»4 
La realidad latinoamericana es más bien la de estados de corrupción. Esto acontece cuando «los actos de corrupción se han vuelto tan habituales que la corrupción se convierte en un sistema.»5 
Cuando se desvirtúa la función del Estado --que es la de servir al bien común-- para provecho de unos pocos, entonces se está ante un estado de corrupción. La corrupción se agrava en sociedades donde el éxito se mide en función del dinero que se posee, y se acentúa aún más cuando no hay alternativas de enriquecimiento.
En estados de corrupción, los que denuncian los actos o las estructuras de corrupción son los perseguidos por la justicia y no los corruptos. En estados de corrupción, muchos utilizan la denuncia de la corrupción como un instrumento de acción polí­tica y económica, como un «slogan» que produce votos.6 
La corrupción estatal es posible cuando el dinero ocupa un lugar demasiado elevado en la tabla de valores de una comunidad. En tales casos, las actividades aparecen vaciadas de sentido y sólo buscan recompensas económicas. Entonces se puede distinguir entre los polí­ticos que viven para la polí­tica y los que viven de la polí­tica; se puede distinguir entre los «religiosos» que viven para Dios y los que viven «del reino de Dios»; entre los médicos que viven para la medicina y los que se sirven de ella.

CAUSAS DE LA CORRUPCIÓN
Las causas de la corrupción deben buscarse en los mismos elementos del contexto. En el plano social pueden ser la familia, la escuela, las actitudes hacia el trabajo, la empresa, la nación. En el plano individual existen costumbres o vicios que aceleran la tendencia hacia la corrupción, como ser el alcoholismo, las actividades extramaritales, pérdidas especulativas, excesos en el juego, vanidad, desorganización administrativa, resentimientos dentro del negocio, frustración en el trabajo, sed de enriquecimiento ilí­cito, entre otros.7 
Debido a la intervención del contexto, las causas de la corrupción son muy complejas. Jorge R. Etkin afirma que existen varias desviaciones del ambiente que facilitan la corrupción, como ser: la impunidad, la pérdida de los principios éticos y morales como criterios para la acción, el autoritarismo, la falta de transparencia en los mercados.8 
Todas estas evidencias apoyan la hipótesis de que la causa última de la corrupción radica en un mal moral y espiritual generalizado. «La corrupción no es un mero dato de la realidad ... Se trata, en verdad, de un reflejo elocuente de la aguda crisis moral y espiritual en la que nos encontramos sumidos.»9 La corrupción, por lo tanto, ya no es sólo un problema económico, social o polí­tico, sino que ha llegado a penetrar en la misma expresión cultural de los paí­ses latinoamericanos e incluso se enquistó en las esferas eclesiásticas.
La corrupción es un problema moral y espiritual de efectos muy perniciosos para la sociedad toda.10 La profundización acerca de las causas radicales de la corrupción es uno de los aspectos ausentes en la investigación contemporánea en torno al tema. Por eso, el cristianismo tiene un aporte único que brindar en tal sentido. Si la causa más profunda de la corrupción es la moral, la fe cristiana debe plantear soluciones.

CARACTERÍ­STICAS DE LA CORRUPCIÓN
Karl Rennstich desarrolla los siguientes elementos comunes a la corrupción:
1. Involucra siempre a más de una persona. En esto se diferencia del robo, de la infidelidad, del engaño. En este sentido, la corrupción siempre es un pecado social.
2. Tiene que ver siempre con mantener algún secreto o silencio.
3. La corrupción tiene un elemento de responsabilidad y privilegios mutuos. Uno corrompe y el otro se deja corromper; ambos se «benefician» en el asunto a costa de la sociedad o de terceros.
4. Los corruptos generalmente justifican sus acciones en la legislación. Hacia afuera todo debe parecer legal. Incluso abogan y luchan por la creación de nuevas leyes para la justificación de sus ilí­citos.
5. Los que participan de la corrupción tienen suficiente poder para influenciar en las decisiones. A la corrupción siempre le corresponde algún poder.
6. La corrupción siempre se vale del engaño, la traición y el fraude (p. ej., soborno, fraude electoral).
7. Todo tipo de corrupción es una traición de la confianza. En este sentido, la corrupción tiene algo que ver con la religión. A la esencia de la religión le corresponde el elemento de confianza: la fe. Por lo tanto, la corrupción es un desafí­o a la fe, cuya raí­z es la confianza.
8. Toda corrupción tiene una doble contradicción: algún funcionario da el permiso o la autorización, mientras que obtiene ganancia particular. La expedición de un documento logrado mediante soborno también es toda una contradicción.
9. Todo acto corrupto viola la norma de deberes y derechos dentro del orden social. La corrupción hace que el interés particular prime por encima del interés general, social.11

LA BIBLIA ANTE LA CORRUPCIÓN

ANTIGUO TESTAMENTO
La Biblia se inicia con la revelación que Dios hace de sí­ mismo como creador. Dios, en un acto soberano y voluntario, creó el universo y, dentro del universo, al ser humano. Su propia evaluación sobre la creación y la humanidad en especial mereció un comentario positivo: «muy bueno» (Gn. 1.31).
Dios también es presentado como sustentador de la creación. Al hombre le fue encomendada la tarea de la mayordomí­a, y la familia fue instituida como la base para el orden social. Pero el hombre, no conforme con todo lo que Dios le habí­a otorgado, pretendió ser igual a Dios. La humanidad cayó en pecado y, a partir de entonces, la maldad fue una constante en la convivencia humana. Dios, como sustentador, no permitió la extinción de la humanidad, sino que buscó alternativas y soluciones para los problemas planteados. Así­ empezó la historia de la salvación (Gn. 3.15). Esta historia tuvo un momento especial en la elección de Abram, con cuya descendencia, Israel, Dios tuvo un trato distintivo. El pacto, que incluí­a privilegios y responsabilidades, serí­a el ví­nculo de relación. Israel deberí­a ser, de esa manera, la carta de presentación de Dios ante las demás naciones, como también el pueblo en cuyo seno vendrí­a el Mesí­as, el Salvador del mundo. Por esta razón, Dios exigió de Israel un estilo de vida a nivel individual, y también social, caracterizado por la justicia, la honestidad y el amor. Pero las influencias secularizantes y las tendencias pecaminosas frustraron frecuentemente la concreción de los propósitos divinos para su pueblo. Tal hecho queda demostrado por la abundancia de condenas explí­citas o indirectas contra las instituciones u organizaciones corruptas, las formas de relaciones humanas corruptas, hechos, procesos y condiciones corruptos condenados en especial por los profetas en el Antiguo Testamento (1 R. 21; Is. 1.21-28; 10.1-4; Jer. 5.26-29; 6.12-13; 8.10-12; 17.11; 22.13-17; Ez. 22.6-16, 23-31; Os. 12.7-8; Mi. 3.1-12; 6.9-15).12
Las condiciones sociales de América Latina son muy similares a las denunciadas por el profeta Amós en el Antiguo Testamento. Además se da el paralelismo en la lista de pecados denunciados, como también el divorcio entre la fe religiosa que se profesa y la conducta de tales individuos.
La denuncia de la corrupción individual e institucional llevó al sufrimiento y la persecución de los profetas, de la misma manera en que se trata de silenciar a los voceros de la justicia en la actualidad. Incluso en muchas instituciones eclesiásticas, «el orden establecido» es el responsable de acallar a los profetas.
Pero los profetas del Antiguo Testamento dejaron bien en claro que la purificación y la justicia deben empezar a ser evidentes en el liderazgo espiritual, para luego extenderse a la nación. Por otro lado, los profetas denunciaron a la sociedad que privilegia el consumo, olvidándose de los valores y principios morales y humanos. De manera que el hecho de ser fieles y pertinentes como cristianos implica una actitud radical ante el mal social, y traerá sus consecuencias de rechazo y persecución por parte de los que ostentan el poder amparados en la corrupción.

NUEVO TESTAMENTO
Durante su ministerio, Jesús hizo desafí­os concretos, denunciando la corrupción y llamando a un nuevo estilo de vida a varios grupos o sectores de su sociedad. Jesús denunció de manera especial la corrupción de los lí­deres económicos de su tiempo, representados por los saduceos terratenientes (Mc.10.17-22; Lc. 6:24; 12.20; 16.9).
No cesó tampoco de denunciar la corrupción entre los lí­deres religiosos (escribas, fariseos y sacerdotes). El propósito de su existencia era conocer la Ley y transmitirla fielmente al pueblo. Ellos la pervertí­an y ocultaban de la gente la verdadera sabidurí­a divina. Muchos utilizaban su poder e influencia para oprimir al pueblo, en lugar de llevarlo a Dios (Lc. 11.25-53; 20.46; Mt. 23.1-36). «Y lo peor es que lo oprimen y que lo pueden oprimir por el poder ideológico y simbólico-ejemplar que poseen en base a su estrecha vinculación con la ley.»13 Jesús denuncia su hipocresí­a y pide a la gente que se cuide de ellos (Mc. 12.38), sugiriendo además que no los imiten (Mt. 23.3).
No cabe duda de que, en el hecho de la denuncia constante que realizó Jesús contra estos grupos, se encuentra un factor decisivo en el camino a la cruz. Dice al respecto J. Jeremias que «fue una audacia sin precedentes ... esta audacia le condujo a la cruz».14 
Pero también la persona de Jesús, su movimiento y sus ideas, amenazaron seriamente el statu quo del Imperio Romano, razón por la cual Jesús fue crucificado. Melba Maggay entiende que la tensión entre Jesús y Pilato tiene sus raí­ces en la ambigí¼edad intrí­nseca de la naturaleza del reinado de Dios.15 Su muerte no fue un mero accidente, sino que Jesús representaba una amenaza real para el orden y la pax romana. Como otros cabecillas de intentos de sedición, Jesús terminó crucificado. Su muerte se produjo como consecuencia de su práctica, de su enfrentamiento con la corrupción, que Carlos Gallardo llama «subversiva».16
Aunque parezca paradójico, Jesús tuvo que enfrentarse a la tentación de la corrupción en su propio grupo de seguidores y discí­pulos. La pretensión de poder de Juan y Santiago (Mc. 10.32-34) y la traición de Judas (Mt. 26.1-5, 14-16; 27.3-10) son los casos documentados que confirman la presente afirmación.
La pretensión de seguir a Jesús sin renunciamientos, y a los efectos de ocupar un sitial privilegiado, fue el hecho que determinó que muchos abandonaran el seguimiento de Jesús, al entender su costo (Jn. 6.60-69). También la pretensión de utilizar a Jesús como elemento de liberación de la opresión romana y fuente de bendiciones celestiales sin sacrificio es evidente en las multitudes que le seguí­an, y que fueron alimentadas milagrosamente (Mt. 15.32-38; Jn. 6.26-27). Hubo varios intentos claros que apuntaban a corromper a Jesús, como la tentación (Mt. 4.1-11), o en la misma crucifixión cuando se apeló a su divinidad: «si tú eres Hijo de Dios...» (Mt. 27.49), incitándolo a abandonar el cumplimiento de los propósitos de Dios. En todos los casos, Jesús demostró que tuvo sus principios en claro y las motivaciones para cumplir la voluntad de Dios y resistir a los intentos de corrupción.
También Pablo, como ciudadano romano, enfrentó muchas situaciones en las cuales los actos de corrupción habrí­an sido una alternativa, pero él se alejó conscientemente de tal posibilidad. Eso quedó demostrado con su actitud en cuanto a sus privilegios como ciudadano romano. Siempre prefirió estar muy prevenido ante las sospechas y conducirse de modo que evitaba todo tipo de conjeturas o acusaciones maliciosas. Si se lo acusaba era sin argumentos ni elementos que pudieran demostrar su participación en ilí­citos.
Su cautela en relación con este tema lo llevó a trabajar manualmente para su sostén17 (1 Co. 9.1-19; 2 Co. 11.7-15; 12.13-16a.) y lo impulsó a preocuparse por brindar todas las garantí­as de transparencia en el manejo de los fondos de la colecta que se recaudaba para los pobres de Jerusalén (Gl. 2.10; 1 Co. 16.1-3; 2 Co. 8-9; Ro. 15.25-27).18 El clí­max de su resistencia y oposición a la corrupción fue su negativa a conseguir la libertad por medio del soborno (Hch. 24.17-26). Pablo no sólo predicaba la justicia, sino que la viví­a. Para Pablo, ser cristiano no significaba ante todo adherirse a una nueva doctrina, sino vivir una nueva vida. Esta novedad de vida es el meollo, el foco principal del énfasis paulino.19

DESAFÍ­OS DE LA CORRUPCIÓN A LA FE CRISTIANA
Los paí­ses latinoamericanos se encuentran inmersos en una situación de corrupción generalizada. Ya no se trata simplemente de individuos que cometen actos corruptos, sino de un sistema de convivencia en el cual la corrupción forma parte integral de la vida.
La corrupción institucionalizada no sólo es sumamente nociva para la mayorí­a de la sociedad, sino que provoca el enriquecimiento ilí­cito de los «privilegiados», mientras que las clases pobres y marginales están destinadas a pagar el costo de la corrupción estructural.
Los estados corruptos son estados de injusticia, pues privilegian a los que ostentan el poder. La función del estado y de las instituciones se ha desnaturalizado. En lugar de cumplir con los propósitos institucionales, los funcionarios han optado por servirse de su cargo para sus fines particulares.
Es en este contexto donde al cristiano latinoamericano le corresponde vivir y reflexionar teológicamente. El autor reconoce que, en la mayorí­a de las reflexiones teológicas, no se has tenido en cuenta suficientemente el contexto de corrupción generalizada. Tal contexto ha influenciado de manera negativa la misma interpretación bí­blica. El contexto de corrupción condiciona la autoridad de la Palabra de Dios, sugiere su manipulación, enfatiza el materialismo y el consumismo, desemboca en numerosas herejí­as y produce una total desconfianza en la interpretación bí­blica.
Dado que la corrupción es un problema ético en su raí­z, el autor propone que para que la reflexión teológica cristiana sea pertinente a un contexto de corrupción debe basarse en la cristologí­a. Jesucristo plantea tanto una teologí­a contextual como una teologí­a de compromiso de fe y compromiso con la historia. La cristologí­a responde y desafí­a a las posibilidades de un testimonio radical en un contexto de corrupción.
La cristologí­a plantea transformaciones que llegan hasta las mismas raí­ces de la corrupción, las cuales no sólo se encuentran en el comportamiento individual de las personas, sino en muchos sistemas y estructuras de vida. Además, tales transformaciones no serán logradas por individuos bien intencionados y honestos, sino por la influencia que los mismos puedan ejercer a través de una comunidad alternativa.
La cristologí­a que toma en serio el contexto de corrupción, necesariamente enfatizará el mensaje y la conducta del reino de Dios. Ante la tendencia de la corrupción generalizada de cosificar e instrumentar al prójimo en favor de las ambiciones de poder y posesión de los corruptos, la ética del reino de Dios plantea la convivencia a partir de la comunidad alternativa (iglesia) en este mundo. La sociedad corrupta está en oposición al reino de Dios, pues es una sociedad que se destruye a sí­ misma.
La comunidad alternativa se caracteriza por la vida en justicia, amor, servicio y santidad. La comunidad alternativa que no ha sido pervertida por los valores corruptos será, por su misma existencia, una presencia molesta y profética en la sociedad. Vivirá de acuerdo con los valores del reino de Dios, guiada por el Sermón del Monte.

ALGUNAS PROPUESTAS CONCRETAS
Como una respuesta cristiana inicial al contexto de corrupción generalizada en América Latina, proponemos lo siguiente:20
1) Revalorizar la función de la comunidad alternativa como «sal y luz», de manera análoga a la propuesta de «Transparencia Internacional» de formar islas de integridad en la lucha contra la corrupción. La comunidad alternativa cristiana es el grupo ideal para funcionar como isla de integridad en un contexto de corrupción. Los cristianos tienen que estar dispuestos a luchar por el bien y en contra del mal en la sociedad. La comunidad alternativa debe detectar quiénes son los perjudicados y oprimidos a través de las pujas de poderes.
2) Participar activamente en la actividad polí­tica con el fin de luchar por cambios estructurales en la sociedad latinoamericana. Estos esfuerzos serán de vital importancia para que la fe cristiana y su ética hagan un aporte significativo en la lucha contra la corrupción generalizada en América Latina.
3) Velar constantemente por la transparencia interna y purificación de la comunidad cristiana y de las instituciones eclesiásticas y para eclesiásticas. Se sugiere a tal efecto la implementación de normas éticas que ayuden a controlar la transparencia y la corrupción. Sin lugar a dudas las enseñanzas del Sermón del Monte adquieren una importancia singular en tal esfuerzo: se requiere la voz profética de la comunidad alternativa.
4) Enfatizar de manera prioritaria en el discipulado la conducta y la lucha contra la corrupción. El discipulado incluye el acompañamiento de los cristianos en su afán de salir del cí­rculo vicioso de la corrupción. La comunidad alternativa no puede bendecir ni recibir dinero mal habido ni donaciones que proceden de la corrupción. El discipulado cristiano debe enfatizar el concepto de mayordomí­a que Dios exige del ser humano. No se puede privilegiar lo económico por sobre otros valores. Deben condenarse, por lo tanto, las actitudes que provocan beneficios sectoriales; los avances técnicos que benefician ciertos aspectos productivos, pero deshumanizan a los que se «benefician» o destruyen otros valores; los procesos que provocan desocupación o situaciones sociales desesperantes; las especulaciones polí­ticas basadas en la emergencia social.
5) Apoyar todos los esfuerzos, sean cristianos o no, que se dediquen a la lucha contra la corrupción. Para ello, todos los principios de lucha contra la corrupción desarrollados en la sociedad de manera efectiva son válidos y aceptables también para los cristianos. Crear redes locales, regionales, nacionales e internacionales contra la corrupción entre cristianos y no cristianos, con el objetivo de influenciar creativa y positivamente en las distintas esferas sociales.21 Utilizar los medios de comunicación existentes para concienciar a toda la sociedad en cuanto al daño moral y social que representa la corrupción, presentando modelos de vida honestos y transparentes. Promover la reflexión en torno a la corrupción, de manera que se logre mayor profundización y efectividad en la lucha contra la misma. En todos esos esfuerzos se tendrá que pagar el precio de las consecuencias de tales acciones, que muchas veces se encontrarán con fuertes oposiciones, persecuciones, amenazas y hasta el martirio. Adquirir la incorrupción como un estilo de vida, como vocación cristiana.
La práctica de la corrupción y el seguimiento de Jesús son incompatibles. Es la oración del autor que los cristianos latinoamericanos tengan una actitud más radical contra la corrupción, descubriendo nuevamente los valores del reino de Dios que deben caracterizarlos. Dios permita que este artí­culo sea un aporte en tal sentido.

NOTAS
1 Mariano Grondona, La corrupción, Planeta, Buenos Aires, 1993, p. 19
2 Informe del secretario general de las Naciones Unidas, «El impacto de las actividades de la delincuencia organizada sobre la sociedad en general», Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, párrafo 36, 11 de enero de 1993; citado por Héctor Ruiz Núñez, Corruptos & corruptores, Ediciones de La Urraca, Buenos Aires, 1993, p. 7.
3 La fórmula ha sido desarrollada por Robert Klitgaard, Controlando la corrupción, Sudamericana, Buenos Aires, 1994. También ha sido expuesta y desarrollada por Luis Moreno Ocampo, En defensa propia: cómo salir de la corrupción,Sudamericana, Buenos Aires, 1993. Moreno Ocampo es cofundador de Poder Ciudadano, desde donde dirige el programa «Iniciativa Privada para el Control de la Corrupción».
4 Grondona, op. cit., pp. 20-21. Menciona además que otro acto que se considera corrupto en paí­ses moralmente avanzados es el uso personal, por parte de un funcionario, de la inside information (información interna o privada).
5 Ibí­d., p. 22.
6 Ver al respecto, Horacio Verbitsky, Robo para la corona: los frutos prohibidos del árbol de la corrupción, Planeta, Buenos Aires, 1991, p. 9.
7 A éstas conclusiones llegó el contador nicaragí¼ense Francisco Ramí­rez Torres, Los delitos económicos en los negocios, Talleres de Don Bosco, Managua, 1990, pp. 22-26, 40-50.
8 Jorge R. Etkin, La doble moral de las organizaciones: los sistemas perversos y la corrupción institucionalizada,McGraw-Hill, Madrid, 1993, pp. 259-260.
9 Pablo A. Deiros, «La Biblia y la corrupción», ponencia presentada para la Sociedad Bí­blica Argentina, Buenos Aires, setiembre de 1993, p. 2. Deiros alude en la ponencia a Daniel Gustavo Montamant, presidente de Yacimientos Petrolí­feros Fiscales (Y.P.F.) durante la administración de Alfonsí­n, quien en un trabajo mimeografiado: «Corrupción: la ocasión también hace al ladrón», dijo lo siguiente: «El debilitamiento de la conciencia moral en el hombre y en la sociedad es la raí­z más profunda de la corrupción como fenómeno social».
10 Este tema fue desarrollado ampliamente por John T. Noonan, Bribes, Macmillan, Nueva York, 1984, pp. 702-703. Allí­ el autor afirma que el soborno es una vergí¼enza universal. No hay paí­s en el mundo que no considere al soborno como un delito en sus textos jurí­dicos. En ningún paí­s los sobornados hablan públicamente de sus acciones, ni los sobornadores anuncian los sobornos que pagan ... La vergí¼enza no se establece de manera concluyente, pero sí­ señala la naturaleza moral de la cuestión.
11 Karl Rennstich, Korruption: eine Herausforderung fí¼r Gesellschaft und Kirche, Quell Verlag, Stuttgart, 1990, pp. 37-38.
12 Tomás Mackey, «La Biblia y la corrupción», material no publicado, preparado para la escuela dominical, agosto-octubre de 1995, p. 1.
13 Jon Sobrino, Jesucristo Liberador: Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, Trotta, Madrid, 1993, p. 231.
14 Joachim Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid, 1977, p. 248.
15 Melba Maggay, «Jesús y Pilato», Al servicio del Reino, Visión Mundial, San José, 1992, p. 123. Esta ambigí¼edad implica que, aunque por un lado sea malo politizar el reinado de Jesús, es igualmente inapropiado espiritualizar ese reinado y verlo enteramente como algo futuro.
16 Carlos Bravo Gallardo, Jesús, hombre en conflicto: el relato de Marcos en América Latina , Sal Terrae, Santander, 1986, p. 270. Gallardo apoya su afirmación definiendo la subversión en el sentido estricto de la palabra: cambio realizado desde abajo, desde la base del pueblo y desde la raí­z del problema. Cita, en tal sentido, que Jesús denunció la perversión del proyecto de Dios, desenmascaró a los responsables de esas situaciones, previno al pueblo, rompió el cí­rculo diabólico de la exclusión poniéndose del lado del pueblo, y también el cí­rculo diabólico de la no violencia, no resistiéndose a ella.
17 El estudio más completo y actualizado sobre el oficio de Pablo es el realizado por Ronald F. Hock, The Social Context of Paul‘s Ministry: Tentmaking and Apostleship, Fortress, Filadelfia, 1980.
18 Se recomienda al respecto la lectura de Dieter Georgi, Remembering the Poor: The History of Paul‘s Collection for Jerusalem, Abingdon, Nashville, 1992.
19 Defiende esta perspectiva, en contraposición a la postura muy difundida en cí­rculos teológicos de que el énfasis paulino se encontrarí­a en la escatologí­a, David J. Bosch, Transforming Mission: Paradigm Shifts in Theology of Mission, Orbis, Nueva York, 1992, p. 143.
20 Estas propuestas son todas realizables y se mencionarán puntualmente a los efectos de ser mejor asimiladas.
21 Un ejemplo de ello es la Asociación Cristiana de Abogados (ACDA), creada a fines de 1994, en Buenos Aires. Cada uno de sus integrantes se debe ajustar a un código de ética, y entre sus objetivos principales está la lucha contra la corrupción. Ver al respecto, «Cristianos, abogados y honestos: crean entidad para agruparlos y luchar contra la corrupción», El Puente, año IX, nº 17, marzo de 1995, p. 17.


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