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viernes, 17 de agosto de 2012

El niño Jesús y el templo

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11 DE AGOSTO DE 2012
 
 Comenzábamos por el nacimiento de Jesús en nuestra nota anterior; ahora, retomando la narración cronológica, nos encontramos con dos personas muy particulares: Zacarías y Elisabet . Este matrimonio de adultos mayores sin hijos, dedicaban buena parte de su tiempo a la oración y adoración a Dios. Zacarías era sacerdote y quemaba incienso en el templo de Jerusalén, mientras el pueblo oraba afuera.
Mathew Henry (1)  hace un comentario magnífico del oficio de este sacerdote (las  negritas  son mías):
“Zacarías es figura del intercesor; sin su servicio las oraciones del pueblo nunca hubiesen llegado a ser escuchadas y respondidas por Dios. (…) Todas las oraciones que ofrecemos a Dios son aceptadas y exitosas  sólo por la intercesión de Cristo en el templo de Dios en lo alto . No podemos tener la expectativa de poseer un interés allí si no oramos, si no oramos con nuestro espíritu, y si no oramos con fervor. Tampoco podemos esperar que lo mejor de nuestras oraciones sean aceptadas y traigan una respuesta de paz, si no es la mediación de Cristo, que siempre vive haciendo intercesión.
 Las oraciones que Zacarías ofrecía frecuentemente recibieron una respuesta de paz. Las oraciones de fe son archivadas en el cielo y no se olvidan. Las oraciones hechas cuando éramos jóvenes y entrábamos al mundo, pueden ser contestadas cuando seamos viejos y estemos saliendo del mundo. (…) Zacarías tendrá un hijo a edad avanzada, el cual será instrumento para la conversión de muchas almas a Dios, y para su preparación para recibir el evangelio de Cristo.”

 EL PRECURSOR Y EL MESÍAS  Elisabet ha dado a luz a Juan y María a Jesús. Entre ellas hay un vínculo profundo de amor divino expresado en sus hijos; dos niños que llenan de gozo a sus madres y que morirán en el tiempo prefijado para cumplir con el propósito divino . Uno, el Precursor, morirá para dar paso al otro, l Mesías prometido; y este cordero de Dios que quita el pecado del mundo dará su vida, la volverá a tomar y se convertirá en Cristo el Señor, el Salvador de todo aquél que le recibe y vive creyendo en Él.
Hay otro personaje elegido por Dios, que Lucas nos presenta  (2) :
“Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.
 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él.
 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.”
Simeón, el justo y piadoso,  “movido por el Espíritu, vino al templo.”  No podía ser cualquier persona, ni en cualquier momento y lugar, sino cuando José y María trajeran el niño para cumplir con la ley. Dios había decidido este encuentro para que Simeón, un israelita verdadero que esperaba el día del Mesías, ya no valorase la vida en este mundo por encima de su visión:  “han visto mis ojos tu salvación ” ; y para que los padres del niño Jesús fuesen edificados en su fe, al maravillarse de lo que oían.
 El otro personaje de esta historia es una mujer, de nombre Ana, profetisa de Dios. De ella leemos  (3) :
“Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años;  y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones . Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.”
Una mujer que había vivido un único y corto matrimonio hasta encontrarse con una temprana viudez. Sólo siete años de casada, más ochenta y cuatro años de viudez hacen noventa y uno. Ana ya tenía bastante más que cien años. Sin embargo, tuvo su esperanza intacta recompensada en vida, igual que Simeón. Un hombre y una mujer israelitas fieles a la promesa divina vieron en un bebé de pocos días al Salvador de Israel y de los gentiles, tanto varones como mujeres, sin distinción. ¡Vaya honor el que les fue dado!
 ¿Qué significó el templo, entonces, para estos dos creyentes judíos? Ambos obedecían al Dios vivo y Él los convocó al lugar de culto en el momento apropiado para anunciar el maravilloso cumplimiento de Su promesa. A uno, hombre adulto, lo llamó estando fuera. A la otra, una anciana, estando dentro. A ambos los reunió en el sitio donde José y María habían traído al niño Jesús
Seguramente habría otros niños en la misma ceremonia ese día, pero Dios condujo a ambos al niño predestinado para ser el Salvador. Es evidente que, estando presente el mismísimo Hijo de Dios, la presencia del Padre trascendía al edificio hecho por manos humanas. Dios se manifestó en Simeón y Ana, para testimonio a José y María y a los que les habrían de escuchar luego, dentro y fuera del edificio.
Lo sabemos cuánto tiempo vivió Simeón después de alzar en sus brazos al niño Jesús; tampoco los años que vivió Ana después de su profecía. Pero sabemos que ellos compartieron con muchos la bendición de ser testigos de la llegada del Salvador antes de ser llamados al Santuario celestial. Allí su devoto servicio terrenal sería transformado en directa y eterna adoración al Altísimo.
Podríamos incluir este episodio en la rotunda afirmación juanina  (4)  :
“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron . M as a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”
Los evangelistas Marcos y Juan no mencionan el nacimiento de Jesús; Mateo y Lucas lo narran de maneras diferentes. Mientras Lucas ubica la acción entre los oficiantes del templo, Mateo lo hace poniendo a los pastores de Belén y a los magos de oriente alrededor del recién nacido.
Dando cumplimiento a las profecías y siguiendo las indicaciones del ángel, los pastores fueron al pesebre a adorar al niño que estaba con sus padres; los venidos de oriente siguieron la estrella hasta que se detuvo en una casa donde encontraron al niño con su madre. Ninguno de los dos sitios calificaba como lugar de culto, pero eso no fue obstáculo para que los visitantes adorasen al Hijo de Dios .

 ENCUENTRAN AL NIÑO JESÚS EN EL TEMPLO  “Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta.
 Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole.
 Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre:
 Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia.
 Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? Más ellos no entendieron las palabras que les habló.
 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”  (5)

 En la doceava visita anual al templo la familia tiene un percance: olvidan a su hijo en Jerusalén pensando que vendría junto a otros parientes o vecinos en medio de la comitiva.
¿Dónde encuentran al niño Jesús? En el templo.

 Recordemos aquí las tres preguntas con que terminábamos nuestra nota anterior:

¿Era necesario que se hiciese con el Hijo de Dios igual que como se debía hacer con los primogénitos varones en Israel?

¿Debía él, nacido santo y sin pecado, cumplir con los ritos de la Ley practicados en el templo?
¿Por qué habría de hacerse así y no de una manera “milagrosa” como todos esperaban?

 Ahora podemos responderlas afirmando lo que las Escrituras dicen de Él:

Que Jesús es el Primogénito en todo. Hacia él apuntaban los primogénitos nacidos en Israel presentados en el templo. Por lo tanto Jesús cumple, hace realidad, lo que símbolos y figuras preanunciaban.

Jesús no vino a abolir la Ley sino a cumplirla, por eso –como cualquier niño judío- él fue sometido al ritual del templo. No lo necesitaba para ser purificado, sino para sometimiento a la naturaleza humana. El Hijo de Dios fue hecho hombre y siervo, para llegar hasta el último de los pecadores.

El templo estaba en su peor momento. Los milagros habían cesado muchos siglos atrás. Y la gente sólo creía en lo que veía: el ritual. Por eso fueron estos pocos testigos, los elegidos por Dios en su Soberana gracia, los que vieron el milagro en el nacimiento de Jesús.

 Terminamos hoy citando de Mathew Henry este oportuno e inspirador comentario (6)  ( negritas ,mías):

 “En todas las cosas convino a Cristo ser hecho semejante a sus hermanos, por tanto, pasó la infancia y la niñez como los otros niños, pero sin pecado y con pruebas evidentes de la naturaleza divina en Él. Por el Espíritu de Dios todas sus facultades desempeñaron los oficios de una manera no vista en nadie más. Otros niños tienen abundante necedad en sus corazones, lo que se advierte en lo que dicen o hacen, pero Él estaba lleno de sabiduría por el poder del Espíritu Santo; todo lo que dijo e hizo fue dicho y hecho sabiamente, por sobre su edad. Otros niños muestran la corrupción de su naturaleza; nada sino la gracia de Dios estaba sobre Él.

 Por el honor de Cristo es que los niños deben asistir al servicio público de adoración. Sus padres no regresaron hasta que se quedaron los siete días de la fiesta. Bueno es quedarse hasta el final de una ordenanza como corresponde a quienes dicen: Bueno es estar aquí. Los que perdieron sus consolaciones en Cristo, y las pruebas de que tenían parte en Él, deben reflexionar dónde, y cuándo y cómo los perdieron y deben regresar. Los que recuperen su perdida familiaridad con Cristo, deben ir al lugar en que Él ha puesto su nombre; allí pueden esperar encontrarlo.

 Ellos lo hallaron en alguna parte del templo, donde los doctores de la ley tenían sus escuelas; estaba sentado allí, oyendo su instrucción, planteando preguntas y respondiendo interrogantes, con tal sabiduría, que quienes lo oían se deleitaban con Él. Las personas jóvenes deben procurar el conocimiento de la verdad divina, asistir al ministerio del evangelio, y hacer tales preguntas a sus ancianos y maestros que tiendan a incrementar su conocimiento.

 Los que buscan a Cristo con lloro, lo hallarán con el gozo más grande. ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre debo estar? Debo estar en la casa de mi Padre; en la obra de mi Padre; debo ocuparme en el negocio de mi Padre.  He aquí un ejemplo, porque conviene a los hijos de Dios, en conformidad con Cristo, asistir al negocio de su Padre celestial y hacer que todos los demás intereses le cedan el lugar.  Aunque era el Hijo de Dios, no obstante, estuvo sometido a sus padres terrenales; entonces, ¿cómo responderán los hijos de los hombres, débiles y necios, que desobedecen a sus padres?

 Como sea que rechacemos los dichos de los hombres, porque son oscuros, no debemos pensar así de los dichos de Dios. Lo que al principio es oscuro puede, después, volverse claro y fácil. Los más grandes y más sabios, los más eminentes pueden aprender de este admirable Niño Divino  que conocer nuestro lugar y oficio es la grandeza más verdadera del alma;  para negarnos las diversiones y placeres que no condicen con nuestro estado y vocación.”

En la próxima nota:  El ministerio terrenal de Jesús y el templo . Hasta entonces si el Señor lo permite.


1. Comentario de la Biblia de Mathew Henry, capítulos 1 y 2 de Lucas.  Puede bajar el libro completo de esta excelente obra .
2. Lucas 2:25-35
3. Lucas 2:36-38
4. Juan 1:11-13
5. Lucas 2:39-52
6. Obra citada en 1.
(^) Ilustración:  William Holman Hunt: Jesús en el Templo 

©Protestante Digital 2012
 
 


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