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jueves, 10 de mayo de 2012

LA ESPOSA Y LA MADRE CRISTIANA

"Las [mujeres] casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo."
(Efesios 5: 22-24)


I.- LA ESPOSA CRISTIANA


"ÉL SE ENSEÑOREARÁ DE TI" (Génesis 3:16)

         Parecería una cosa muy natural, por cierto, que la esposa tu­viera una posición igual a la de su marido. Está dotada de las mis­mas facultades, ambos tienen - cuando se casan - un mismo Objeto, y un mismo amor les une y anima. Mas Dios dijo a la mujer, cuando obedeció a la voz de la serpiente: "Tu deseo te llevará a tu marido, y él se enseñoreará de ti." (Génesis 3:16 - RVA). Este es, pues, el origen de la posición de la mujer. Al casarse ella ocupa una nueva po­sición, y tendrá que aprender lo que tal vez su madre no ha te­nido la sabiduría de enseñarle: la sumisión; es decir, la disposi­ción de aceptar la voluntad de su marido.


"COMO AL SEÑOR" (Efesios 5:22)

         El Señor es presentado a los ojos de la mujer como el divino motivo de la sumisión que debe a su marido. Si ella obra mirando siempre a Jesús, le será fácil la obediencia, pues toda la fuerza re­cibirá de Él. Se mostrará sumisa porque ama al Señor, la nueva vida que posee y su fidelidad la llevarán por éste camino, idén­tica enseñanza tenemos en el Libro de los Proverbios 31:10. Nos presenta el retrato de la mujer "virtuosa", es decir, "fuerte", "completa", "hacendosa", "ejemplar", "de acendrada virtud" (según otras traducciones de la Biblia en Español), y el versículo 30 del mismo capítulo nos revela el secreto que le permite llegar a este estado: "La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada." Por cierto, es un sentimiento muy noble, justo y digno de alabanza que una mujer obre siempre con el propósito de agradar a su marido; pero si no lo hace ante todo para obedecer a Dios, no tardará en tropezar con dificultades que la privarán de la feliz posición que tenía en su fa­milia.

         Y añade Dios: "porque el marido es cabeza de la mujer" (Efesios 5:23). Es la mujer la gloria del hombre; fue creada para el hombre, y no el hombre para la mujer. Es un principio, un orden establecido por Dios mismo y así es también una cosa que Él no pierde de vista, aun cuando se ocupa de los detalles; por ejemplo, cuando declara que la mujer debe tener la cabeza cubierta; y habla de los ánge­les, testigos de su actitud de sumisión.


"COMO LA IGLESIA ESTA SUJETA A CRISTO" (Efesios 5:24)

         Meditando un poco este versículo, veremos cuán sublime y ele­vado es el motivo de la sumisión de la esposa cristiana. La posi­ción de la esposa para con su marido es comparada con la posición de la Iglesia para con Cristo. La sumisión de la esposa es el re­sultado de su posición, esta debe mantenerse por sí misma y no es modificada - ni debe serlo - en nada, por el carácter del marido, por más penosa que éste se la haga. No obstante, como veremos a continuación, hay una excepción a esta regla.


"NO PERMITO A LA MUJER…" (1 Timoteo 2:12): REALIZACIÓN PRÁCTICA

         Por muy armoniosa y feliz que sea la unión de los esposos, esto no quiere decir que siempre tendrán un mismo pensamiento, un sólo sentir; pero, la fidelidad y el afecto mutuo serán los recursos - los únicos - por los cuales podrán resolverse las dificultades (cuando se les presenten) conservando, no obstante, el lugar que Dios le ha destinado a cada uno.

         En algunas ocasiones, la esposa insistirá, quizá, alegando que las cosas irían mucho mejor si se hiciesen a su manera de ver. A ve­ces, cederá el marido sometiéndose por amor a su esposa, para no entristecerla. Entonces, al verse victoriosa, ella puede enorgulle­cerse por haber triunfado. Sin embargo, esto no será de ningún modo una victoria. El marido se habrá sometido, y el orden esta­blecido por Dios será trastornado; naciendo de aquí una posición falsa. Es, pues, de capital importancia que los jóvenes esposos em­piecen a caminar unidos en la luz divina y en obediencia a la Pa­labra.

         «Pero», protestarán algunos, «es inadmisible que la mujer no tenga facultad para decir nada. Cuesta reconocerlo, porque mu­chas veces tiene más sabiduría que su propio marido, y además le es superior en muchos aspectos.» Esto es muy posible, ya que es corriente ver mujeres que tienen más discernimiento práctico que sus maridos. Esta superioridad será buena y oportuna si la es­posa la emplea para ser más fiel en la posición que Dios le ha dado. Escuchemos lo que dice el Apóstol a Timoteo: "La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque…Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión." (1 Timoteo 2: 11-14).

         No resulta de esto que la posición de la mujer sea inferior y desgraciada. La sumisión que le es pedida no es ciega, sino más bien una sumisión apacible, confiada, revestida de un carácter ele­vado; por someterse precisamente "en el Señor". Es una posición diferente, pero honorable y bendita, si la mujer sabe permanecer en ella con cuidado, obedeciendo las enseñanzas divinas. ¡Cuán hermoso es, en efecto, ver a un matrimonio que sigue en todo las directivas divinas, en el cual la esposa, modesta, desea obedecer a Dios y agradar a su marido, reconociendo su posición de cabeza o jefe, respetando y honrando así el orden establecido por Dios. Ella es la gloria de su marido, quien la honra tanto como la ama. De semejante mujer se podrá decir que "El corazón de su marido está en ella confiado,…Le da ella bien y no mal, todos los días de su vida", de modo que él llegue a reconocer que al hallar él es­posa halló el bien, y alcanzó la  benevolencia de Jehová. (Proverbios 31: 11, 12; Proverbios 18:22).


"COMO CONVIENE EN EL SEÑOR" (Colosenses 3:18): UNA EXCEPCIÓN

         Con todo, la sumisión de la esposa se halla limitada por el ver­sículo 18 del capítulo 3 de Colosenses: "Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor." De modo que si la voluntad del marido fuera un obstáculo a la responsabilidad de la esposa ante el Señor, si se opusiera a la voluntad del Señor en­señada en Su Palabra, es evidente que la voluntad del Señor habría de prevalecer. Si el marido exigiera una cosa positivamente mala, la sumisión ya, no sería una obligación para la mujer, porque debe estar sujeta a su cónyuge "cómo al Señor"; y Él, bien lo sabemos, no aprueba nunca el mal.


"ROPA DECOROSA" (1 Timoteo 2:8)

         Acerca del vestido, meditemos 1 Pedro 3: 3-4 y 1 Timoteo 2: 9-10. Los apóstoles Pedro y Pablo reconocen que existe para la mujer la tentación de parecer lo más hermosa posible a los ojos de su marido, y también la de alimentar su vanidad propia con adornos y suntuosos vestidos. No hay nada más entristecedor, con­fesémoslo, que el aspecto que presentan, a veces, aquellas que se reúnen alrededor de la Mesa del Señor. Conmemorar la muerte del Señor con atavíos mundanales ¡qué cosa más incompatible con la responsabilidad del creyente, qué disgusto y qué sufrimiento para el corazón de nuestro bendito Salvador!


"CUIDADOSAS DE SU CASA" (Tito 2:5)

         Otra recomendación, dirigida especialmente a las mujeres jó­venes, es la de ser "cuidadosas de su casa" (Tito 2:5). La casa es, pues, la esfera donde se ejerce el servicio, o ministerio de la mu­jer. Dios le ha asignado esta esfera de actividad, y ella es respon­sable de obrar por el Señor en este campo, en obediencia a las ex­hortaciones que la Palabra le dirige, divinas reglas de su conducta, las cuales no meditará nunca demasiado. Es una misión elevada y noble, desde luego, la que Dios ha confiado a la mujer, y ella debe cumplirla "como para el Señor", en obediencia a Su Palabra.


"PARA QUE SEAN GANADOS..." (1 Pedro 3:1)

         En la Iglesia primitiva, ocurrió probablemente a menudo, que mujeres convertidas después de su casamiento se hallasen unidas con maridos incrédulos e idólatras (Compárese con 1 Corintios 7: 10-16). Es a esta clase de mujeres a las que el Apóstol dirige la siguiente exhortación: "De igual manera, vosotras mujeres, estad sujetas a vuestros propios maridos; para que aun cuando algunos no crean a la palabra, sean ganados, sin la palabra, por medio del comportamiento de sus mujeres; observando vuestro comportamiento modesto, unido con temor." (1 Pedro 3: 1-2 - VM).

         Esas palabras casi equivalen a la promesa de que la sumisión de la esposa, su conducta cristiana y la pureza de su vida, resul­tarán en bendición para la conversión de su marido incrédulo. De todas maneras, ellas demuestran que este es el camino aprobado por Dios para que la verdad alcance el corazón y la conciencia del esposo inconverso. En efecto, no hay nada más poderoso para convencer sin palabras a un incrédulo, como la reproducción, el reflejo del carácter de Cristo en la conducta y en la vida diaria. Exhortar a su marido sería - de parte de la esposa - olvidar que él es cabeza o jefe; por eso, el apóstol no lo pide. Mientras que la serena dig­nidad de una vida que refleje, por el Espíritu Santo, la ternura, la mansedumbre y la humildad de Cristo, será - en el orden esta­blecido por Dios - un llamamiento mucho más poderoso que las palabras, y tal vez el medio efectivo del cual Dios se valdrá para la conversión del cónyuge.

         No olvidéis esta exhortación, esposas cristianas. Un hombre in­diferente a las cosas de Dios no cederá ante vuestras amonestaciones y vuestra insistencia; tampoco lograréis resultado haciendo de vez en cuando un largo discurso sobre las verdades evangélicas, el cual podréis desmentir luego por una falta de vigilancia. "En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas." (Lucas 21:19 - RVR1909).
         Glorificad a Dios de manera que vuestro marido no pueda re­procharos nada; sed llenas de afecto, no ceséis de orar y por él ¡no os desaniméis! "¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido?" (1 Corintios 7:16).


II.- LA MADRE CRISTIANA


         El niño debe obedecer, es el orden de Dios: "Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor." (Colosenses 3:20). La madre debe, pues, enseñar la obediencia a sus hijos no solo para su propia satisfacción, sino también porque ello agrada al Señor, y debe hacerlo lo más pronto posible, acostumbrándoles a obedecer desde sus más tiernos años.
         Tan pronto como la Voluntad propia del niño aparece y se afirma, la madre debe intervenir. Tal vez sea una obra penosa y dolorosa para su corazón de madre, pero de seguro que llevará frutos benditos si ella sabe persistir. Si el niño obtiene lo que desea a fuer­za de gritos, no tarda en darse cuenta de que éste es el medio de obtener lo que, de otra manera, su madre no le hubiese dado o con­sentido. Si ella cede, es como si obedeciera al niño, y esto es mucho más grave y culpable de lo que se suele creer: es una desobediencia hacia Dios, que como todas las desobediencias le traerá tristes consecuencias.

         Si una madre no somete y sujeta a sus hijos ¿qué dolor será para ella cuando estas criaturas la atormenten a cual más, en lugar de ser para ella un motivo de gozo y alegría? Éste la importuna por una cosa, aquél por otra: bien saben ellos que armando ruido y gritando acabarán por obtener lo que desean. La pobre madre se considera muy infeliz y la tarea le parece superior a sus fuerzas.
         No obstante, ¿sería tan difícil hacer que obedezcan aquellos ni­ños? ¿Acaso amarán menos a su madre, obrando ésta con energía y afecto a la vez?

         Quisiera también llamar la atención de las madres cristianas so­bre otro punto importante: El niño cree todo lo que le dice su madre. Sabe que ella le ama y piensa también, con innata inocen­cia, que ella lo puede todo. Manifiesta, pues, en ella una confianza sin reservas. Por eso dijo el Señor: "si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos..." (Mateo 18:3).

         No parece posible que pueda haber madres tan inconscientes co­mo para engañar la credulidad de aquellos pequeños seres que Dios le ha confiado. Las hay, sin embargo, que, en lugar de tener la su­ficiente energía para obligarles a obedecer, les engañan y a veces les amenazan con cosas que de ninguna manera ni en ningún caso lle­varían a cabo. El resultado de esto es que los niños no saben si deben creer lo que dice su madre; ella pierda la confianza de sus hijos, y por lo tanto, su autoridad - en un camino en el cual - ya que emplea la mentira y el engaño, no puede tener la aprobación de Dios, ni su bendita ayuda, que tan necesaria es.

         Es, pues, de suma importancia que la madre cristiana comprenda cuán graves y peligrosos son estos engaños. Nada tiene de extraño que un niño se acostumbre a mentir, si ha oído varias veces en boca de su madre lo que se llama «mentiras inocentes» que, en realidad no lo son, pues nunca es inocente la mentira, no lo olvidemos. "El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño." (1 Pedro 3:10).

         Si el niño ama y honra a su madre, no le costará tanto obedecer, mayormente si se le acostumbró a someterse desde el principio. Sin duda, habrá momentos difíciles, pues no dejará de manifestarse la mala naturaleza que todos poseemos al nacer y que va desarrollán­dose a lo largo de nuestra vida. Pero el niño sabe que su madre no cederá en ningún caso, si fue dominado y castigado por cada intento de desobediencia, no entablará oposición o lucha alguna, sabiendo que será castigado cuantas veces intente resistir: "No le niegues al muchacho la corrección; pues si le castigas con la vara, no morirá…y librarás su alma del infierno." (Proverbios 23: 13-14; VM).

         Estos versículos nos enseñan cuán importante es - a los ojos de Dios - el castigo impuesto al niño; los padres no deben evitar el castigo merecido, perseverando en esta primera y necesaria educa­ción, que tendrá consecuencias para la vida entera de sus hijos: "Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él." (Proverbios 22:6).

         Pero si los padres obran según Dios al castigar a sus hijos, es también de suma importancia que lo hagan con discernimiento. Debe ser tan doloroso el imponer un castigo, como recibirlo. La madre lo hará siempre con calma; si se siente irritada más vale que apli­que el castigo más tarde, indicándole a su hijo en qué consistirá. De este modo resultará eficaz; mientras que, si la madre - en su impaciencia e irritación - castiga o azota, no logrará el resultado deseado: "Padres, no provoquéis a vuestros hijos, no sea que se desalienten." (Colosenses 3:21 - VM).

         Otro deber de la madre cristiana es enseñar a sus hijos que se acuerden de su Creador desde su niñez: "Acuérdate pues de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan aquellos días aciagos, y se acerquen aquellos años; de los cuales dirás: ¡No tengo ya complacencia en ellos!" (Eclesiastés 12:1). La madre les enseñará a orar; no rezando, repitiendo oraciones o súplicas de memoria. Según las necesidades, recordará con ellos lo que haya pasado en el día, confesará a Dios las faltas y desobediencias, le bendecirá por sus tiernos y numerosos cuidados. Si no acostumbra a sus niños a orar con ella desde sus primeros años, en voz alta, la madre se priva, probablemente para siempre, de este gozo.

         En cambio, ¡cuán precioso es para los padres hallar en su hijo, en su hija, íntimos amigos con quienes pueden doblar las rodillas ante Dios, para que, así reunidos, cada uno pueda libremente y se­gún las necesidades que sienta, presentar súplicas y la adoración de sus corazones a Aquel que es el manantial de toda bendición: nuestro misericordioso Dios y Padre!

Le Messager Evangélique

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1957, No. 25.-

1 comentario:

  1. Grcias por compartir este artículo. Lo considero un excelente mensaje, con mucha sabiduría e inspirador para toda mujer que quiere agradar a Dios.

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