Entradas populares

Vistas de página en total

domingo, 16 de septiembre de 2012

LA DEUDA EXTERNA Y LOS EVANGÉLICOS LATINOAMERICANOS

El presente documento, dirigido a las iglesias, organismos gubernamentales y público en general, fue el resultado de una serie de conversaciones promovidas inicialmente por la Iglesia Evangélica del Rí­o de la Plata y que culminaron en una reunión llevada a cabo en Alemania del 18 de marzo al 3 de abril de 1987.
Queridos hermanos y hermanas:
En nuestro carácter de representantes de iglesias en Argentina, Brasil y la República Federal de Alemania, nos reunimos luteranos, católicos, metodistas y presbiterianos. Comprometidos con los pobres a partir del evangelio, reflexionamos sobre la crisis de la deuda internacional y sus amenazantes consecuencias. Vimos que está í­ntimamente relacionada con la historia latinoamericana y caracterizada por la dependencia y la explotación. Luego, como iglesia, nos preguntamos especialmente dónde radica nuestra responsabilidad en vistas al entretejido económico y polí­tico de esta problemática.
El apóstol Pablo comparó a los cristianos con un cuerpo. Cuando sufre uno solo de sus miembros, todo el cuerpo es afectado. ¿No podrí­amos transferir este cuadro a aquellos cuya hambre y desesperación son acentuadas por la crisis de la deuda? Los frutos de la tierra son un regalo de Dios, pero de esos frutos no surge bendición si la distribución desigual de ellos produce la dominación de unos sobre otros.
En estos dí­as, como iglesias en el mundo del bienestar y juntamente con los representantes de la polí­tica y la economí­a, nos dimos cuenta de cuán difí­cil resulta entender la situación de vida de los empobrecidos. Ellos se sienten conmovidos y esperan que se oiga su clamor por justicia. Los pobres ya no soportan que su miseria sea cimentada todaví­a más por la corrupción y la fuga de capitales. Llegó la hora de superar el abismo de incomprensión, para que se tome conciencia de la situación sin salida que les afecta.
En la República Federal de Alemania, ¿quién sabe que el 85% de la población brasileña vive en el lí­mite de pobreza o por debajo de él, y que además tendrá que saldar una monstruosa deuda desalentadora, que surgió sin su consentimiento y contra sus intereses? Por supuesto, no son solamente factores externos los que amenazan la soberaní­a de los pueblos endeudados. El trabajo en común de las élites económicas y polí­ticas de los paí­ses acreededores y de los paí­ses deudores, en oposición a los pobres, así­ como las tradiciones de corrupción, las estructuras feudales y la indisciplina presupuestarí­a y burocrática interna en los paí­ses en desarrollo, dificultan la situación y socavan esta soberaní­a.
Los criterios de la justicia
Este es el momento en que debe comenzar un nuevo orden social, una nueva forma de pensar y actuar. ¿Pueden ser considerarlos justos los mecanismos de mercado determinados por los paí­ses industrializados?
La justicia da a cada uno lo que le corresponde según sus necesidades, su capacidad de producción o su derecho.
Pero también la justicia se empeña en favor del equilibrio, de modo que uno no tenga demasiado en detrimento del otro. Las desigualdades extremas ponen a todos en peligro y exigen que se comparta la responsabilidad. Estamos sometidos a la justicia. A lo largo de la historia, Dios manifestó reiteradamente su justicia. Jamás despreció a los pequeños ni a los pobres. Siempre fue el defensor de sus derechos y buscó su comunión con ellos. Y la justicia de Dios ve las necesidades de sus hijos. Los pobres, acosados y luchadores por la paz tienen la asistencia especial de Dios. Dios siempre nos da más de lo que necesitamos. Si esto no fuera así­, ¿con qué derecho le invocamos: "Padre... perdónanos nuestras deudas"? Esta forma de entender la justicia es la que también debemos aplicar a la crisis de la deuda internacional. Como beneficiarios del regalo de Dios, somos llamados para actuar de la misma manera. Aunque el perdón no sea un derecho, la disculpa debe ser posible, porque la justicia vinculada con la piedad crea el medio ambiente para el goce de todos.
El deber de la iglesia y el compartir de la responsabilidad
La iglesia no tiene el deber de proponer conceptos técnicos y financieros para la solución de la crisis internacional. No obstante, tiene un deber diaconal y también profético: empeñarse en favor de aquellos cuya vida está en juego por las decisiones económicas y polí­ticas. La iglesia debe ser defensora de lo humano, esto es, protectora de la vida. Por esto debe reinterpretarse nuevamente la esencia del endeudamiento.
Los paí­ses industrializados son corresponsables: sus bancos fomentaron la polí­tica del dinero fácil y sus déficit presupuestarios provocaron alzas ilimitadas de los intereses; los paí­ses industrializados bloquearon mercados de exportación y prestaron dinero para proyectos opuestos a los deseos de los pueblos. Parte de las deudas es responsabilidad conjunta de acreedores y deudores, por ejemplo: las inversiones conjuntas en proyectos militares y de prestigio sin rentabilidad.
Si bien los tomadores de los créditos son corresponsables, no es posible que las deudas pongan en peligro la supervivencia. En todo caso, para la solución de los problemas de la deuda deben crearse estructuras económicas y condiciones distintas que eviten la repetición de la crisis.
Esta es nuestra propuesta
* rebaja de las tasas de interés por debajo de las tasas de mercado y rebaja de las deudas por la excesiva tasa de los años anteriores;
* verificación imparcial de la legitimidad de las deudas, revalorización y, en parte, con condonación de deudas;
* desarrollo de una interdependencia económica mundial sin predominios;
* predisposición de los acreededores para negociaciones multilaterales; creación de un "club de deudores" semejante a la conferencia de los acreedores en el "Club de Parí­s",
* una participación más justa de los paí­ses del Sur en las decisiones de las instituciones financieras internacionales;
* control de la fuga de capitales tanto en los paí­ses deudores como en los industrializados (para los capitales evadidos debe hacerse nuevamente atractiva la reinversión en los paí­ses de origen, mediante la confianza en la economí­a propia);
* inclusión de las deudas originadas por los consorcios industriales internacionales en el tratamiento de la deuda;
* los paí­ses industrializados deben permitir que los paí­ses en desarrollo encuentren el camino para su propio desarrollo, más allá de la alternativa Este-Oeste.
Toda medida económica tiene también consecuencias polí­ticas. Por eso, es funesto que importantes paí­ses industrializados se aprovechen de la debilidad económica de paí­ses en desarrollo, atentando contra la soberaní­a polí­tica de esos paí­ses. Esto fomenta estructuras de opresión, también desde fuera. Todos los gobiernos están obligados a la disciplina presupuestarí­a, a proteger el mercado de capitales y, por ello, a mantener bajos los intereses. Los gobiernos se hacen corresponsables de la miseria creciente de millones de seres humanos si no reducen los presupuestos militares. Solamente así­ podrán lograrse las bases para superar la crisis.
Pedimos a las iglesias, a las congregaciones y a todos los cristianos que se sientan provocados en su fe por esta crisis y que se esfuercen para que surja la voluntad polí­tica necesaria para solucionar esta crisis a tiempo y en forma duradera. La crisis debe ser superada y no solamente prorrogada. Solamente así­ se eliminarán las causas y consecuencias que amenazan crecientemente al Norte y al Sur de nuestro planeta.
Sabemos que somos llamados por Dios, que no se manifestó en Jesucristo como un Dios de bienestar, sino como un Dios sufriente, con los culpables, los pobres y los hambrientos.
Tomado de la Revista Parroquial de la Iglesia Evangélica del Rí­o de la Plata, junio 1987.
Hasta 1986 la deuda de los paí­ses latinoamericanos con los bancos de los paí­ses ricos ascendí­a a US$ 382.080 millones y la mayor parte de las exportaciones de América Latina estaba destinada a pagar los intereses por esa deuda. Según el Balance preliminar de la economí­a latinoamericana 1986 publicado por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), entre 1972 y 1986 América Latina recibió de los paí­ses ricos US$ 241.800 millones, pero les pagó US$ 277.300 millones por concepto de utilidades e intereses, o sea, US$ 43.600 millones en exceso de lo recibido. Sin embargo, todaví­a debí­a amortizar los US$ 382.080 del capital. ¿Quién subsidia a quién?

No hay comentarios:

Publicar un comentario